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sobre Miguelturra
Localidad colindante con la capital famosa por su Carnaval de Interés Turístico; conserva la Torre Gorda y un ambiente festivo único
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Miguelturra es como ese primo que vive en la casa de al lado: lo ves todos los días, te cae bien, pero nunca le has preguntado qué hace en su tiempo libre. Está pegado a Ciudad Real —literalmente a un paso— y mucha gente que llega de fuera ni distingue cuándo ha cambiado de municipio. Y eso que aquí vive algo más de quince mil personas, que ya da para tener vida propia.
El carnaval que se come el pueblo
La primera vez que vine en carnaval pensé que me había equivocado de fecha. Era febrero, hacía un frío que pelaba, y allí estaban los miguelturreños disfrazados de astronautas, de paquetes de salchichas, de políticos de turno. Luego me explicaron que aquí el carnaval no es cosa de un desfile y ya está: durante días el pueblo entero gira alrededor de eso.
El Mascarón y el Alhiguí aparecen por todas partes: en esculturas, en carteles, en conversaciones. Son esas figuras medio burlonas que acabas reconociendo aunque llegues sin saber muy bien de qué va la historia. Las chirigotas y las letras satíricas también forman parte del ambiente. Hablan de lo que pasa en el pueblo, de política, de cotilleos… y si te quedas un rato escuchando acabas pillando la mitad y riéndote con la otra mitad.
No es el carnaval de una gran ciudad. Aquí funciona más como una fiesta de barrio gigante: la gente participa, se conoce, y el visitante que cae por allí termina metido en el ambiente antes de darse cuenta.
El queso que aparece a la mínima
Si pasas un rato por Miguelturra es fácil que acabes hablando de queso. Estamos en pleno Campo de Calatrava y el manchego forma parte del paisaje casi tanto como los campos de cereal. En los bares suele salir en cuanto pides algo para picar: un plato de cuñas, pan y aceite, y a tirar millas.
Es de esos quesos que no necesitan mucho adorno. Pan, un poco de aceite y conversación larga.
También aparecen por aquí dulces y cosas más contundentes, como las tortas de chicharrones. Dicho así suena un poco bruto, lo sé. Pero funcionan. Son de esas recetas de pueblo que nacieron para aprovecharlo todo y que siguen circulando por las panaderías de la zona.
La Torre Gorda (que no es tan gorda)
La Torre Gorda es uno de los símbolos de Miguelturra. Está bastante despejada alrededor, así que la ves desde lejos cuando te acercas al centro. El nombre siempre hace gracia, porque cuando la tienes delante tampoco parece tan descomunal; más bien sólida, de esas torres que se construían para durar siglos.
Muy cerca está la iglesia de Santa María la Mayor, bastante anterior. Entré una tarde casi por casualidad y me encontré con esa calma que tienen algunas iglesias de pueblo cuando no hay nadie. Bancos de madera, luz suave y silencio.
Mientras estaba allí se sentó un señor mayor un par de bancos más allá y acabamos charlando un rato. Me contó que su hija se había casado allí hacía décadas. No venía mucho a cuento, pero son ese tipo de conversaciones que aparecen cuando viajas despacio.
Caminos alrededor del pueblo
Los alrededores de Miguelturra son llanos y abiertos, muy de Campo de Calatrava: caminos de tierra, parcelas de cereal y horizonte largo. Hay varios recorridos que la gente del pueblo utiliza para caminar o salir en bici.
Uno de los más habituales sigue la vega del Jabalón. No tiene complicación: terreno fácil, campos alrededor y, si vas temprano o al atardecer, con suerte ves conejos moviéndose entre las matas.
También hay caminos que conectan pequeñas ermitas repartidas por el término municipal. Algunas se ven cuidadas y otras más solitarias, pero el recorrido tiene algo interesante: te obliga a salir del casco urbano y entender cómo se organiza el territorio alrededor del pueblo.
Y luego están los restos de antiguos molinos en los alrededores. No quedan como en las postales de La Mancha, con aspas girando y todo impecable. Muchos están bastante castigados por el tiempo, pero sirven para imaginar cómo funcionaba este paisaje cuando el viento y el grano marcaban el ritmo de la vida.
Cuando baja el ritmo
Al caer la tarde, Miguelturra vuelve a su tamaño real. La gente sale a la plaza, las terrazas se llenan poco a poco, los mayores se quedan charlando y los niños van y vienen con la bici.
No hay demasiada escenografía pensada para el visitante. Más bien lo contrario: es un pueblo que sigue funcionando para quienes viven aquí.
Mi consejo: si puedes, acércate en carnaval para ver el ambiente del que todo el mundo habla en la zona. Y si no, ven un día cualquiera, da una vuelta por el centro y sal luego a caminar por los caminos de alrededor.
Miguelturra tiene algo de eso que pasa con los sitios pegados a una capital pequeña: mucha gente pasa al lado sin pararse. Y cuando lo haces, descubres que el pueblo llevaba todo el tiempo ahí, haciendo su vida a su ritmo.