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sobre Montealegre del Castillo
Villa con restos de un castillo árabe y un importante santuario; zona de vinos y arqueología
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El turismo en Montealegre del Castillo tiene algo de descubrimiento inesperado. Como cuando vas conduciendo por una carretera tranquila y, de repente, aparece algo que no te encaja con el paisaje. Me explicaron que el nombre viene de “monte alegre”, por la forma en que desde aquí se abre la llanura manchega, como un mar de trigo cuando toca temporada. Pero lo que nadie me contó es que el castillo está justo en ese punto donde el viento decide si sopla desde Levante o desde la Mancha. Un día estás en la glorieta del pueblo tomando algo en manga corta y al siguiente te entra un aire que te pone la piel de gallina.
El castillo que no esperas
Llegas por la carretera de Almansa y de repente aparece. No es uno de esos castillos que se esconden entre colinas: este se planta ahí arriba, como diciendo “aquí estoy yo”. El camino de subida es de esos que en coche te hace gracia, pero cuando miras alrededor entiendes rápido por qué levantaron la fortaleza aquí: desde arriba se ve media comarca.
Dentro hay de todo un poco: murallas, restos de dependencias y un aljibe que todavía suele recoger agua cuando llueve con ganas. Lo restauraron hace relativamente poco, aunque mantiene ese punto entre ruina y reconstrucción que ayuda a imaginar cómo fue.
Lo curioso es la relación que tiene el pueblo con el castillo. Los que venimos de fuera lo miramos como gran protagonista; muchos vecinos lo ven más bien como parte del paisaje de siempre, algo que lleva ahí toda la vida.
El cerro que cambió la historia (o eso dicen)
El Cerro de los Santos está a un par de kilómetros del pueblo. Lo notas porque el paisaje cambia un poco: la llanura se rompe y aparece ese monte bajo manchego donde el silencio pesa más que el viento.
El lugar fue un santuario ibérico importante. A finales del siglo XIX aparecieron aquí cientos de esculturas de piedra que hoy están repartidas por varios museos. La escena, si la imaginas, tiene su gracia: gente subiendo el cerro hace más de dos mil años para dejar ofrendas en piedra.
Hay una historia bastante repetida en el pueblo: una de las piezas robadas a principios del siglo XX terminó en Francia y acabó apareciendo en el entorno de artistas como Apollinaire y Picasso, lo que obligó a devolverla. No sé si todos los detalles son exactamente así, pero la anécdota circula y forma parte del folklore local.
Hoy en el cerro quedan sobre todo restos del santuario y el propio lugar. Y a veces eso basta. Te quedas un rato mirando la llanura y entiendes por qué eligieron este punto.
La comida que no suele salir en las guías
Aquí no hay esa sensación de destino turístico donde todo gira alrededor del visitante. Comes lo que se come en la zona y listo.
El gazpacho manchego aparece mucho en las mesas cuando aprieta el frío o cuando hay reunión familiar. Nada que ver con el gazpacho andaluz: esto es un guiso caliente con carne y torta cenceña. Si no lo conoces, puede engañar; parece ligero y al final sales rodando. Media ración a veces es buena idea.
Las migas también forman parte del repertorio clásico: pan del día anterior, ajos, algo de embutido y, en muchas casas, un puñado de uvas o pasas. Es uno de esos platos que parecen simples hasta que das con alguien que las hace de memoria, sin mirar cantidades.
Cuándo venir (y cuándo pensárselo)
Primavera suele ser el momento más agradecido para acercarse a Montealegre del Castillo. La llanura está verde, el aire todavía corre y el sol calienta lo justo. Por esas fechas además suele celebrarse la romería local, cuando el pueblo se anima y hay más movimiento de lo habitual.
En verano el ambiente cambia. Julio trae las fiestas de Santiago y bastante vida en la calle, pero también llega ese calor seco que convierte la piedra del castillo en algo parecido a una sartén. Si vienes en esos meses, mejor subir temprano o esperar a última hora de la tarde.
En septiembre mucha gente aprovecha para acercarse también a Caudete, que está a poca distancia, donde las fiestas de Moros y Cristianos tienen bastante tradición en la zona.
El detalle que te cambia la mirada
En la ermita del Humilladero hay un pequeño museo dedicado al mundo del pastor. Suena a visita rápida, pero dentro aparecen herramientas, zurrones, ropa de campo y todo ese equipo que durante siglos formó parte del día a día en esta zona.
Después de verlo, cuando vuelves a mirar la llanura desde el castillo, entiendes mejor de qué ha vivido este territorio. La trashumancia, el ganado, el campo abierto. No es solo paisaje; es una forma de vida que todavía asoma en algunas conversaciones del pueblo.
Mi consejo: tómate Montealegre con calma. Sube al castillo por la mañana, date una vuelta por el pueblo y guarda el Cerro de los Santos para el final del día. Cuando el sol cae y la llanura se vuelve dorada, el sitio tiene algo que engancha. Y si te entra sueño después de comer, tampoco pasa nada. Aquí la prisa no suele tener mucho sentido.