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sobre Fontanarejo
Pequeña localidad de los Montes de Toledo con una curiosa tradición de las Luminarias; entorno de bosque y caza
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Al bajar del collado, en un día claro de verano, la carretera se abre de golpe y los Montes de Toledo se estiran hasta donde alcanza la vista. Las lomas son redondeadas, cubiertas de encinas oscuras y manchas de jaras. El aire huele a tierra seca y a monte bajo calentado por el sol. En medio de ese paisaje aparece Fontanarejo, pequeño, quieto, como si llevara allí exactamente igual mucho tiempo.
A unos 650 metros de altitud y con algo más de doscientos vecinos censados, Fontanarejo es uno de esos pueblos dispersos de los Montes de Toledo donde el ritmo diario depende más del campo que del reloj. Las calles son estrechas y tranquilas, con tramos de piedra irregular y fachadas encaladas que a mediodía reflejan una luz casi blanca. En verano las contraventanas suelen permanecer medio cerradas durante las horas de más calor, y el movimiento vuelve a notarse cuando cae la tarde.
El nombre del pueblo está ligado al agua. En el término municipal brotan varias fuentes naturales que tradicionalmente se han usado para huertos y pequeños corrales. Algunas siguen manando buena parte del año y, cuando aprieta el calor, el sonido del agua corriendo en un pilón siempre atrae a quien pasa cerca.
Alrededor del núcleo empieza enseguida el monte mediterráneo: encinas, alcornoques, quejigos y un sotobosque denso de jara y romero. No hace falta alejarse mucho para sentir que el pueblo queda atrás.
Un pueblo pequeño, con arquitectura de monte
El casco urbano no tiene grandes edificios ni plazas monumentales. Lo que se ve son casas levantadas con materiales del entorno: piedra, tapial, teja curva. Muros gruesos que guardan bien el fresco en verano y el calor en invierno.
La iglesia parroquial, dedicada a San Juan Bautista, mantiene esa misma sobriedad. Es un edificio sencillo, con torre baja y campana visible desde varios puntos del pueblo. La portada es discreta, enmarcada por sillares de piedra. Nada parece buscar protagonismo; todo responde más bien a la lógica de un pueblo que ha ido arreglando lo que tenía sin grandes transformaciones.
Fuentes y monte alrededor de Fontanarejo
En los alrededores aparecen varias fuentes conocidas por los vecinos desde hace generaciones. Algunas, como la Fuente Grande o la del Chorrillo, suelen mantener agua durante buena parte del año, aunque el caudal depende mucho de cómo venga la primavera.
Los montes cercanos forman un paisaje bastante continuo de dehesa y monte bajo. Con algo de paciencia es posible ver fauna: jabalíes cruzando al anochecer, ciervos en las zonas más abiertas o bandadas de perdices levantando vuelo entre las jaras. En el cielo no es raro ver grandes rapaces planeando cuando el aire caliente empieza a subir desde el suelo.
Caminos que salen del propio pueblo
Varias pistas y caminos rurales arrancan desde las calles del propio Fontanarejo y se internan en el monte. No siempre están señalizados como rutas formales, pero se pueden recorrer sin dificultad siguiendo los caminos principales.
Conviene llevar buen calzado: hay tramos con arena suelta y pendientes suaves pero largas. En verano el calor aprieta bastante en las horas centrales del día, así que lo más sensato es salir temprano o ya por la tarde, cuando la luz empieza a bajar y el monte cambia de color.
En otoño, tras las primeras lluvias, los vecinos suelen salir a buscar setas. Níscalos y algunos boletus aparecen en determinadas zonas, aunque aquí lo habitual es que cada cual conozca bien sus rincones.
La luz de las tardes en los Montes de Toledo
Al atardecer, desde cualquier pequeña elevación cercana al pueblo, el paisaje se vuelve más amplio. El sol cae bajo y las encinas proyectan sombras largas sobre los claros del monte. En las eras antiguas y en los corrales de piedra todavía se perciben rastros del trabajo agrícola de otras épocas.
Si te gusta caminar con cámara, ese momento del día es el más agradecido: tonos ocres en los caminos, polvo suspendido en el aire y el sonido constante de chicharras en verano.
Comida de casa y reuniones del pueblo
La cocina local gira alrededor de lo que ha dado siempre el entorno: caza menor como conejo o perdiz, productos del cerdo y platos contundentes pensados para jornadas largas de trabajo. Las migas manchegas siguen apareciendo en muchas mesas cuando llega el frío.
No es un lugar con mucha oferta de restaurantes ni pensado para turismo masivo. Lo normal es que estas comidas aparezcan en casas particulares, reuniones familiares o celebraciones del pueblo.
Fiestas cuando vuelve la gente
En verano el ambiente cambia. Agosto suele traer de vuelta a muchos vecinos que viven fuera y regresan unos días al pueblo. Las noches se alargan en la plaza o en las calles más abiertas, con música y conversaciones que se oyen hasta tarde.
A finales de septiembre se celebra una romería hacia una ermita cercana. Familias enteras participan en la caminata y en la comida posterior, una tradición que se mantiene desde hace generaciones. En invierno también se organizan celebraciones pequeñas ligadas al calendario religioso, como las relacionadas con San Antón, donde todavía se bendicen animales del campo.
Fontanarejo no es un lugar de grandes monumentos ni de itinerarios muy marcados. Lo que tiene está en el paisaje que lo rodea y en la forma en que el pueblo sigue viviendo dentro de esos montes: con silencio, caminos de tierra y encinas que llevan allí mucho más tiempo que cualquiera de nosotros.