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sobre Hontanar
En pleno corazón de los Montes de Toledo y Cabañeros; naturaleza salvaje y yacimientos arqueológicos
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A primera hora, cuando el sol todavía no ha pasado las crestas redondeadas de los Montes de Toledo, Hontanar huele a tierra húmeda y a humo tenue de chimenea. La luz tarda en entrar en las calles. Rebota primero en las laderas cubiertas de encinas y luego va cayendo poco a poco sobre los muros de piedra y adobe. El pueblo es pequeño —apenas ronda el centenar largo de vecinos— y está a unos 840 metros de altitud, rodeado por un paisaje áspero de granito, monte bajo y caminos que desaparecen entre jaras.
Aquí las horas no se miden igual que en otros sitios. Se oyen hojas secas arrastradas por el aire, algún perro a lo lejos y, si el día está claro, el paso pesado de las ovejas camino del monte.
El nombre del pueblo tiene que ver con el agua. “Hontanar” se ha usado tradicionalmente para hablar de una fuente o un lugar donde brota el agua del suelo. En los alrededores todavía aparecen pequeños manantiales entre las rocas, sobre todo en zonas umbrías. La vegetación no es densa, pero sí resistente: encinas bajas, jaras pegajosas, tomillo que perfuma el aire cuando el sol aprieta. Entre ese monte se mueven ciervos, jabalíes y muchas aves rapaces que aprovechan las corrientes de aire que suben por las laderas.
La plaza y las calles donde gira la vida del pueblo
El centro de Hontanar se organiza alrededor de una plaza sencilla, abierta y tranquila incluso en verano a primera hora. Las casas combinan piedra, adobe y teja curva; muchas conservan portones grandes que recuerdan cuando las cuadras formaban parte de la vivienda.
La iglesia parroquial, dedicada a San Pedro Apóstol, se levanta en uno de los lados de la plaza. Tiene una torre sobria, cuadrada, visible desde varios puntos del pueblo. Entre semana suele encontrarse cerrada, algo habitual en pueblos tan pequeños, aunque a veces se abre en celebraciones o cuando coincide algún vecino encargado de las llaves.
Desde la plaza salen calles cortas: la Calle Real, algún camino que baja hacia antiguas huertas y otro que conduce a una de las fuentes del pueblo. El agua sigue corriendo por el caño en buena parte del año. En verano no es raro ver a algún vecino llenar garrafas mientras conversa apoyado en la piedra, pulida por décadas de uso.
Monte abierto y granito alrededor del pueblo
El entorno de Hontanar forma parte del mismo paisaje que se extiende hacia el cercano Parque Nacional de Cabañeros. No hay una frontera clara cuando caminas por los caminos rurales: el monte sigue igual, con encinas dispersas y grandes bolos de granito que aparecen de pronto entre la vegetación.
En algunas lomas cercanas —sobre todo en dirección a Malamoneda— el terreno se abre y permite ver bastante lejos. Las formaciones graníticas sobresalen como bloques redondeados, modelados por siglos de viento y agua.
Si caminas al amanecer o al caer la tarde es bastante habitual ver ciervos en los claros o escuchar su movimiento entre las jaras. Sobre el cielo planean buitres negros y leonados; a veces pasan muy bajos cuando las corrientes térmicas empiezan a levantarse.
Caminos viejos hacia Malamoneda y el valle del Estena
Desde Hontanar salen varios caminos que se usaban para comunicar fincas y pequeños núcleos hoy casi desaparecidos. Algunos de esos senderos llevan hacia la Torre de Malamoneda, una construcción defensiva medieval situada a varios kilómetros del pueblo.
El recorrido atraviesa zonas de dehesa abierta y tramos más cerrados de monte bajo. No siempre hay señalización clara, así que conviene informarse antes o llevar un mapa si se quiere llegar hasta la torre sin perder tiempo buscando el camino correcto.
En otoño el monte cambia bastante: el suelo se cubre de hojas secas y en las horas de poca luz se escucha la berrea del ciervo resonando entre las laderas. Tras las lluvias también aparecen setas —sobre todo níscalos en algunos pinares cercanos— aunque en esta zona suele haber normas para la recolección y conviene respetarlas.
Fiestas discretas, con vecinos que vuelven
La celebración principal del pueblo está ligada a San Pedro, a finales de junio. Durante esos días regresan muchas personas que tienen aquí familia o casa, y la plaza vuelve a llenarse por unas jornadas.
Hay misa, procesión y comidas compartidas entre vecinos. No es una fiesta grande ni pensada para atraer multitudes; más bien un momento del año en el que el pueblo recupera voces que el resto del año viven lejos.
En agosto también suele haber algunos encuentros y actividades sencillas aprovechando que hay más gente en el pueblo y las noches se alargan en la plaza.
Cómo llegar y qué conviene tener en cuenta
Hontanar queda a unos 90 kilómetros de Toledo y el acceso se hace por carreteras comarcales que atraviesan los Montes de Toledo. El trayecto en coche suele acercarse a la hora y media, con tramos de curvas y bastante monte alrededor.
No hay transporte público regular hasta el pueblo, así que lo habitual es llegar en vehículo propio. Las carreteras están asfaltadas, aunque son estrechas en algunos puntos y conviene conducir con calma, sobre todo después de lluvias fuertes.
Es un municipio muy pequeño y la actividad cambia mucho según la época del año. En invierno o entre semana puede haber muy poco movimiento. Si se planea caminar por los montes cercanos o pasar varias horas fuera del pueblo, merece la pena venir preparado con agua, algo de comida y consultar antes si hay restricciones de acceso en determinadas zonas del entorno de Cabañeros.
Hontanar es, sobre todo, silencio, monte y tiempo lento. Un lugar donde el paisaje pesa más que cualquier itinerario marcado. Aquí lo normal es caminar un rato, sentarse en una piedra caliente al sol y escuchar lo que pasa alrededor. A veces no pasa casi nada, y justamente de eso se trata.