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sobre Malagón
Lugar de la tercera fundación de Santa Teresa de Jesús; localidad con importante patrimonio religioso y entorno natural de lagunas
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Las campanas de la iglesia dan las ocho cuando el sol asoma por detrás de los Montes de Toledo y dora de golpe todo el pueblo. Desde la plaza, donde los bancos de piedra todavía conservan la humedad de la noche, se ve cómo la luz va bajando por las fachadas como quien riega un jardín. Primero el campanario, luego los tejados de teja árabe, después las persianas verdes de un bar que abre temprano. En Malagón el día empieza así: despacio, con olor a pan recién hecho que sale de una de las panaderías que encienden el horno antes de que amanezca.
La huerta que se resiste
Aunque estemos en plena Mancha, aquí el paisaje desconcierta un poco. No todo es secano ni olivares interminables. En las zonas más cercanas al Guadiana y a algunos arroyos aparece una franja de huerta que rompe el tono ocre de la comarca. Los vecinos a veces llaman a Malagón “el Aranjuez de La Mancha”. Lo dicen medio en broma, medio en serio.
Por los caminos de tierra que bordean las parcelas se ven frutales, pequeñas huertas familiares y acequias bajas donde el agua corre despacio. En primavera el verde se vuelve intenso y el aire huele a tierra húmeda y a hojas recién abiertas.
Una de las rutas más conocidas por aquí es la llamada Ruta de las Navas, un recorrido sencillo que sale de la zona del polideportivo y se adentra en estos campos. No es largo y suele hacerse caminando o en bici. El nombre viene de unas pequeñas depresiones del terreno que aparecen de repente entre los cultivos. No esperes grandes cráteres ni paisajes dramáticos: son hondonadas suaves donde el agua se queda más tiempo y la vegetación cambia.
Si vienes en abril o después de varios días de lluvia, trae calzado que aguante barro. Los senderos se vuelven pesados y la tierra se pega a la suela como si no quisiera soltarte.
El cerro del castillo
En uno de los altos que vigilan el pueblo quedan los restos del castillo. Hoy lo que se ve son tramos de muralla y alguna torre recortándose contra el cielo, pero el lugar sigue teniendo algo de mirador natural sobre la vega.
Se cuenta que por aquí pasó Fernando III durante las campañas de la Reconquista, cuando esta zona cambiaba de manos con frecuencia. Las piedras que quedan no permiten reconstruir del todo la escena, aunque sí dan una idea de la posición estratégica del cerro.
La subida no es larga, pero tiene su cuesta. Conviene hacerla cuando el sol baja un poco, porque en verano el calor cae de lleno sobre la ladera. Arriba, el viento suele correr más libre y los vencejos cruzan el cielo a toda velocidad.
Desde ese punto se ve bien la forma del pueblo: el campanario de San Pedro sobresaliendo entre las casas, las parcelas de huerta más cerca del río y, al fondo, la carretera que conecta con Ciudad Real. Con prismáticos, algunos vecinos dicen que todavía se distingue el trazado de antiguos caminos ganaderos que atravesaban esta parte de La Mancha.
Agosto y los fandangos
Cuando llega agosto, Malagón cambia el ritmo. Muchas familias que viven fuera vuelven esos días y el pueblo se llena de coches aparcados donde normalmente hay espacio de sobra.
En esas fechas suele celebrarse el Festival de Fandangos de Malagón, dedicado a un cante muy arraigado aquí. Las guitarras empiezan a sonar al caer la noche y en el ambiente se mezcla la voz de los cantaores con el murmullo del público, que muchas veces conoce las letras de memoria.
No es un espectáculo pensado para quien pasa una tarde y se marcha. Es más bien una reunión grande del propio pueblo: mujeres con mantilla, hombres con camisas de cuadros, vecinos que se saludan después de meses sin verse y jóvenes que, aunque escuchen otra música el resto del año, acaban siguiendo el compás.
En agosto el alojamiento suele escasear porque muchas casas se llenan de familiares. Si prefieres ver el pueblo con más calma, septiembre suele ser más tranquilo y todavía mantiene el ambiente de final de verano.
Lo que se come aquí
A primera hora de la mañana, en algunos bares del centro, todavía se ven desayunos largos: café, tostadas con aceite y conversaciones que van saltando de la cosecha al fútbol.
En las cocinas del pueblo siguen apareciendo platos muy de la zona. El gazpacho manchego, por ejemplo, que aquí no tiene nada que ver con el del sur: es un guiso caliente con torta de pan, carne de caza —cuando la hay— y un caldo espeso que se come despacio. También el pisto manchego, hecho con tomate, pimiento y aceite de oliva de cooperativas cercanas.
El queso de oveja, curado de verdad, suele comprarse en pequeñas tiendas o directamente a productores de la zona. No hay mucha ceremonia alrededor de la comida: platos de barro, pan cortado grueso y vino servido en jarra.
El consejo de las siete y media
Si vienes a Malagón en primavera, intenta salir a caminar temprano. A esas horas la vega aún tiene rocío, los tractores empiezan a moverse y el aire huele a romero y a tierra removida.
El tiempo en la meseta cambia rápido: un mediodía templado puede acabar en una noche fresca incluso en abril. Lleva siempre alguna chaqueta ligera.
Y no esperes grandes planes nocturnos. Cuando se apagan las luces de los bares, el pueblo vuelve al silencio. Queda algún coche pasando despacio, un perro que ladra en una calle lejana y el eco de las campanas marcando la hora en la torre de la iglesia. Aquí la noche cae sin prisa, igual que el resto del día.