Artículo completo
sobre Navahermosa
Importante localidad de los Montes; entorno de sierras
Ocultar artículo Leer artículo completo
Te juro que el GPS se ríe de ti. Vas por la CM-415, convencido de que el pueblo está a la vuelta de la esquina, y de repente el navegador te suelta: “En trescientos metros, gira a la izquierda… y bienvenido a Cabañeros”. Porque Navahermosa no es solo un destino; muchas veces es la antesala de otro. Mucha gente llega pensando en el parque nacional, en ver ciervos o recorrer la dehesa… y acaba parando aquí más de lo previsto. A veces por un café rápido. A veces porque el pueblo tiene ese efecto de pausa que no esperabas.
De castillos y corcho: lo que no esperas
El Castillo de Dos Hermanas parece sacado de una serie de HBO que nunca llegaron a rodar por aquí. Está bastante castigado por el tiempo, pero de esa forma que le sienta bien a las ruinas. Las piedras tienen más grietas que la cara de un conquistador después de veinte años en La Mancha, y aun así sigue en pie desde la Edad Media vigilando el paisaje.
La leyenda local cuenta que dos princesas moras bajan la noche de San Juan al arroyo Marlín a lavarse la cara con agua de juventud. Yo lo intenté. No funcionó, pero al menos el agua estaba fresca.
Lo que sí funciona es el corcho. Y no hablo de los tapones que se rompen cuando abres una botella. Aquí el corcho es industria de verdad. En el pueblo siguen trabajando varias fábricas que transforman la corteza del alcornoque en de todo: desde suelas hasta piezas de artesanía. Una tarde me encontré a un señor en la plaza enseñándome un portal de belén hecho entero de corcho, con figuritas diminutas. “Es para mi nieta”, me dijo. Yo tenía Playmobil; ella tiene esto. No sé si progreso o retroceso.
Si vienes en mayo, trae botas
La Romería de la Milagra es ese tipo de fiesta que empieza con misa y acaba con barro en los pantalones. Se celebra el tercer domingo de mayo y todo el mundo del pueblo se mueve hacia la zona de la ermita.
Los de aquí dicen que “suele” hacer buen tiempo, pero en los Montes de Toledo “suele” significa que el cielo decide lo que le da la gana. Un año llovió tanto que la imagen de la Virgen terminó viajando en un todoterreno. Nadie parecía demasiado sorprendido. “Así se ve mejor”, me dijo una señora mientras se tomaba un chupito de anís. En Navahermosa la fe, al parecer, también es resistente al agua.
En agosto llegan las fiestas de San Bartolomé, más veraniegas y de plaza llena por la noche. Hay comidas populares, orquesta y fuegos artificiales que retumban en los montes de alrededor.
Y sí, aquí la perdiz es cosa seria. Suele aparecer estofada con vino tinto y un punto de tomate. Sobre el papel parece una receta sencilla, pero cuando la pruebas bien hecha entiendes por qué en esta zona se habla tanto de ella.
Cuatro rutas y media (porque una es coña)
La ruta del Olivar es la clásica caminata corta de domingo. Un paseo fácil, con bancos de vez en cuando y terreno bastante amable. Ese tipo de vuelta que sirve para decir que has salido al campo antes de sentarte a comer.
Luego está la del Monte Telegrajo, que ya suena a western. Es circular: sube por pista entre monte bajo y baja por un sendero que parece dibujado por jabalíes con prisa. En otoño huele a tierra mojada y a setas que muchos prefieren mirar antes que recoger.
La de las Nacientes suele gustar mucho a las familias. Hay agua corriendo buena parte del año y un mirador donde, con un poco de paciencia, se pueden ver buitres leonados planeando.
La Cascada de la Hoz tiene probablemente el nombre más prometedor del grupo. El barranco es bonito, con paredes de roca y vegetación cerrada, aunque el agua a veces baja justa según la época. Aun así el paseo merece la pena, sobre todo por el silencio.
Y luego está el Camino a Guadalupe, que por aquí coincide con una antigua cañada real. Yo intenté hacerlo entero una vez. Intenté. Al final lo dejé a medias en otro pueblo de la zona porque el calor apretaba de verdad.
La plaza, la iglesia y la vida del pueblo
Navahermosa no es el típico pueblo de postal. No hay balcones llenos de geranios ni calles empedradas pensadas para Instagram. Hay una plaza amplia con un quiosco de música, bastante movimiento de vecinos y una iglesia con varias cúpulas que, vista de lejos, parece casi un pastel de boda.
Pero el pueblo funciona. Funciona porque la gente se conoce, porque en la plaza siempre hay alguien charlando y porque aquí hablar de Cabañeros es casi como hablar del tiempo. En cuanto dices que vas hacia el parque, alguien te pregunta si vas hacia el pantano o si te acercas a alguno de los accesos habituales.
Mi consejo: acércate una mañana tranquila, desayuna algo sencillo en la plaza y date una vuelta por el pueblo sin prisas. Luego coge el coche y sal hacia los montes cercanos. Cuando la dehesa se abre delante de ti y todo se vuelve verde y ondulado, entiendes rápido dónde estás.
Y también por qué mucha gente llega pensando en Cabañeros… y acaba recordando Navahermosa.