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sobre Navalpino
Pequeño municipio en el corazón de los Montes; rodeado de naturaleza virgen y zonas de baño naturales en el río Guadiana
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Hace unos años me quedé charlando con un pastor a la sombra de un alcornoque, de esos que parecen llevar ahí toda la vida. El hombre hablaba despacio, sin prisa, mientras el rebaño iba a lo suyo. Ahí entendí bastante bien cómo funciona Navalpino: nadie intenta impresionarte. Las cosas simplemente pasan a otro ritmo.
Navalpino, en los Montes de Toledo, es un municipio muy pequeño de Ciudad Real. Apenas ronda los doscientos habitantes —en realidad ni llega— y el casco urbano se recorre en un paseo corto. Es de esos sitios donde das una vuelta, vuelves a pasar por la misma esquina diez minutos después y ya te suena todo.
Las casas son sencillas, muchas encaladas y algunas con muros de tapial. Calles estrechas, pocas alturas y bastante silencio entre semana. La iglesia parroquial, dedicada a la Virgen del Consuelo, hace un poco de faro dentro del pueblo: es el punto al que acabas llegando cuando te orientas por las calles.
El paisaje que rodea Navalpino
Si vienes hasta Navalpino, la razón principal está fuera del casco urbano. El pueblo se encuentra dentro del entorno de los Montes de Toledo, una zona de lomas suaves, barrancos y dehesas donde encinas y alcornoques mandan sobre el paisaje.
Aquí la dehesa sigue siendo algo vivo, no un decorado. Se ven ovejas, vacas y, con un poco de suerte, fauna salvaje moviéndose entre los árboles. Cuando el día está tranquilo se escuchan más cencerros que coches.
En primavera el campo cambia bastante: romero, tomillo y otras plantas aromáticas empiezan a notarse en los caminos. No hace falta un gran plan de senderismo para disfrutarlo. Hay pistas rurales y antiguas vías pecuarias que se pueden recorrer andando sin demasiada dificultad.
Paseos sencillos entre dehesas
Caminar por los alrededores de Navalpino es más de paseo largo que de ruta de montaña. El terreno tiene cuestas suaves y tramos irregulares, así que conviene llevar calzado cómodo y agua, sobre todo cuando aprieta el calor.
Si madrugas un poco, el paisaje se mueve más de lo que parece a primera vista. Es relativamente habitual ver grandes aves planeando sobre las lomas, y en las horas tranquilas del amanecer no sería raro cruzarse con algún ciervo o escuchar jabalíes moviéndose entre el monte.
No hace falta ser experto en naturaleza: basta con caminar despacio y tener un poco de paciencia.
Lo que se come por aquí
En pueblos como Navalpino la cocina sigue muy ligada a lo que hay alrededor. Platos contundentes, pensados para jornadas largas en el campo.
Las gachas manchegas siguen apareciendo en muchas mesas, sobre todo cuando refresca. También es común encontrar queso curado de oveja y embutidos de la zona. Y cuando llega la temporada de caza mayor, el venado o el jabalí suelen formar parte de guisos bastante serios, de los que piden pan al lado.
No es cocina complicada ni pretende serlo. Es comida de pueblo, hecha para sentarse con calma.
Fiestas y tradiciones que aún siguen
El calendario del pueblo tiene algunos momentos que reúnen a todo el mundo. En verano suelen celebrarse las fiestas dedicadas a la Virgen del Consuelo, con procesión por las calles y actividades que cambian según el año.
En invierno todavía sobrevive la tradición de la matanza del cerdo en algunas casas, aunque hoy se hace de forma más reducida que antes. Más que un trabajo colectivo como antiguamente, queda como reunión familiar que luego llena la despensa durante meses.
También hay romerías o salidas a ermitas del entorno cuando llega la primavera. Suelen ser jornadas sencillas: misa, comida al aire libre y charla larga.
Llegar y entender el ritmo del pueblo
Llegar a Navalpino implica meterse por carreteras tranquilas de la provincia de Ciudad Real y atravesar bastante campo. No es un lugar de paso, así que quien llega suele hacerlo a propósito.
El pueblo no tiene grandes alojamientos ni infraestructuras turísticas. Lo que hay son algunas casas rurales y, sobre todo, mucho paisaje alrededor.
Navalpino no juega la carta de los monumentos ni de los museos. Lo que encuentras aquí es otra cosa: un pueblo pequeño de los Montes de Toledo donde el campo sigue marcando el ritmo. Y si vienes con la idea de caminar un rato, sentarte sin mirar el reloj y escuchar más naturaleza que tráfico, probablemente lo entiendas rápido.