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sobre Piedrabuena
Puerta de los Montes de Toledo con un castillo de origen árabe; famoso por sus cruces de mayo elaboradas con brezo y tela
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A las ocho de la mañana, el humo de los hogares baja despacio por las calles empinadas de Piedrabuena. Huele a leña de encina y a pan recién hecho. Desde una ventana que da a la plaza veo cómo un hombre cruza con una escopeta al hombro y un perro de aguas siguiéndole a pocos pasos. No es domingo de caza; es martes, y aquí esas escenas forman parte de la rutina.
La piedra que todo lo ve
Piedrabuena se apoya en un cerro de basalto oscuro, como si el pueblo hubiera salido de la misma roca volcánica. Las casas, bajas y encaladas, contrastan con ese suelo negro que a veces cruje bajo las botas cuando el terreno está seco. Caminar por los alrededores es hacerlo sobre restos de antiguas coladas volcánicas del Campo de Calatrava, un paisaje que aquí aparece de forma discreta, sin grandes cráteres ni paredes dramáticas.
A las afueras se levanta el volcán de la Arzollosa. No llama la atención desde lejos: más bien parece una loma cubierta de hierba y monte bajo. El paseo hasta la zona del cráter ronda varias horas entre ida y vuelta si se hace caminando desde el pueblo, así que conviene salir con agua y algo de sombra en mente, porque el terreno abre mucho y en verano aprieta el sol. Al atardecer, cuando la luz se aplana, se entiende mejor el paisaje: la Mancha aquí no es completamente llana, sino una sucesión de ondulaciones verdes y pardas, con dehesas y manchas de encinar donde a veces se mueve algún ciervo antes de que lo veas bien.
El río que no esperas
A unos dos kilómetros largos del casco urbano, el Bullaque atraviesa la llanura con agua clara la mayor parte del año. La Tabla de la Yedra es uno de esos lugares donde el río se ensancha y se remansa, formando una poza profunda entre piedras lisas y orillas con chopos.
En verano suele llenarse de chavales del pueblo después de comer. Saltan desde una roca plana que hace de trampolín improvisado mientras el agua amortigua el ruido. Más tarde llegan los mayores con la silla plegable y la caña. Muchos pescan solo un rato y devuelven el pez al agua; el gesto importa casi más que la captura. Si vienes en otoño, sobre todo después de las primeras lluvias, el camino hasta el río huele a tierra removida y a hongo silvestre.
El mes que huele a romero y a cordero
Cuando llega septiembre, el campo alrededor de Piedrabuena cambia de tono. Las dehesas están tostadas por el verano y en las casas empiezan a aparecer platos más contundentes. En muchas cocinas se preparan gazpachos manchegos con carne de caza cuando la temporada lo permite, cocinados despacio en la sartén grande y con torta de pan desmenuzada.
Los sábados por la mañana la plaza suele moverse más que el resto de la semana. La gente hace recados, se saluda de esquina a esquina y el olor a pan reciente sale de los hornos del pueblo. A media mañana todavía es fácil encontrar dulces sencillos con anís o canela que se comen con las manos, apoyado en cualquier banco mientras el sol ya empieza a calentar.
Las cruces que suben descalzas
Alrededor del 3 de mayo se celebra la romería de la Santa Cruz, una de las tradiciones más arraigadas de Piedrabuena. Ese día muchas personas suben caminando hasta la Sierra de la Cruz, una elevación cercana desde la que se domina todo el caserío.
Algunas mujeres hacen el recorrido descalzas como promesa. Llevan ramos de romero o flores del campo; los niños van a hombros y los grupos avanzan despacio por el sendero. No es una romería ruidosa. Hay canto, conversaciones bajas y momentos en que la subida se queda casi en silencio. Desde arriba el pueblo parece un puñado de casas blancas sobre una mancha oscura de roca volcánica.
La bajada se hace con calma. El polvo del camino se queda pegado a los pies y el romero, cuando se pisa, suelta un olor fuerte que acompaña todo el descenso.
Lo que no te dirán
Si buscas ver el pueblo tranquilo, evita el puente de mayo. Coinciden fiestas y romerías y las calles se llenan más de lo habitual.
Para caminar hacia la zona del volcán o por los caminos de dehesa, mejor salir temprano. Hay tramos sin sombra y apenas encontrarás fuentes. Y si te acercas a la Fuente Agria, cerca de la ermita de San Isidro, prueba el agua con curiosidad pero sin prisa: está cargada de hierro y deja un sabor metálico muy marcado.
Al caer la tarde, cuando los cazadores regresan con el perro cansado y las puertas de las casas quedan medio abiertas para que corra el aire, Piedrabuena huele a leña, a establo y a queso curándose en la despensa. No es un lugar que se explique rápido. Hay que quedarse un rato y mirar cómo pasa la tarde.