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sobre Puebla de Don Rodrigo
Situado en un meandro del río Guadiana; entorno de gran riqueza natural con bosques de ribera y sierras circundantes
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Llegué a Puebla de Don Rodrigo después de perderme por el cruce de Retama, ese que el GPS marca como “carretera local” y luego resulta ser un camino estrecho con asfalto. Eran cerca de las once de la mañana, el termómetro del coche rozaba los 40 y el pueblo estaba medio vacío. Y eso, en realidad, es buena señal. Los pueblos de verdad se entienden mejor a esa hora: cuando aprieta el calor y la vida se recoge un poco.
El pueblo que fundó un niño
Don Rodrigo Téllez Girón tenía ocho años cuando lo nombraron Maestre de Calatrava. Ocho. A esa edad yo todavía estaba con los cromos y este chaval ya aparecía firmando papeles importantes. A comienzos de la década de 1470 se concedió la carta de población que acabaría dando lugar a Puebla de Don Rodrigo. Durante un tiempo el nombre fue incluso más largo: “Puebla de Don Rodrigo Girón”. Como si en la Edad Media ya existiera la necesidad de dejar claro quién mandaba.
La plaza mayor tiene ese aire de sitio donde todo pasa despacio. Bancos a la sombra, gente que se sienta a charlar sin mirar el reloj y el sonido de las campanas marcando las horas. La iglesia de San Juan Bautista lleva siglos ahí, dominando la escena. No es un templo monumental, pero tiene ese peso de piedra y de historia que encuentras en muchos pueblos de Castilla‑La Mancha: sobrio, robusto y sin demasiadas florituras.
Cuando el pueblo se viste de fiesta
En Puebla de Don Rodrigo el calendario se organiza bastante alrededor de las fiestas. Los Mayos suelen empezar a finales de abril y se alargan hasta los primeros días de mayo. Las familias preparan dulces tradicionales —las tortas de los Mayos salen mucho en las conversaciones— y por las calles se oyen coplas que se repiten cada año.
En algún momento de la madrugada o a primera hora del día grande es habitual que circule limonada casera entre los vecinos. No es la limonada dulce de chiringuito: tiene un punto más serio, de esas que al primer trago te hacen fruncir un poco la cara.
Luego está Santa Quiteria, muy ligada al pueblo, que se celebra en mayo. Y más avanzado el verano llegan las fiestas de San Juan Bautista, cuando vuelve bastante gente que vive fuera durante el año. Es el momento en que el pueblo cambia de ritmo: más ruido en la plaza, más coches aparcados y conversaciones que se alargan hasta bien entrada la noche.
El Guadiana y los secretos de la frontera
El Guadiana pasa relativamente cerca y, aunque no siempre lo ves desde el propio pueblo, su presencia se nota en el paisaje. Este territorio fue zona de frontera en tiempos antiguos, entre pueblos prerromanos como oretanos y lusitanos. Todavía hay cerros y restos arqueológicos en la zona que recuerdan esa historia, aunque muchos pasan desapercibidos si no sabes dónde mirar.
Una de las rutas más comentadas por aquí es la del Estrecho de las Hoces. Caminar por esa zona en verano tiene su aquel: el sol cae fuerte y el terreno no perdona mucho. Pero el paisaje de dehesa —encinas, quejigos retorcidos, monte bajo— tiene algo muy reconocible para cualquiera que haya viajado por los Montes de Toledo.
También se habla mucho del abedular de Río Frío, un rincón bastante raro para esta latitud. Encontrarte abedules en medio de este paisaje es como ver un trozo del norte colándose en La Mancha. El acceso suele estar controlado para proteger la zona, así que conviene informarse antes de intentar acercarse.
¿Caldereta o perdiz? La discusión de siempre
La cocina de la zona tira de lo que hay alrededor: caza, aceite, pan y guisos hechos sin prisa. La caldereta aparece mucho en fiestas y reuniones grandes, mientras que la perdiz estofada es uno de esos platos que todo el mundo menciona cuando hablas de la comarca.
Hablando con vecinos sale una idea bastante repetida: la perdiz aquí es algo cotidiano. No como plato de restaurante elegante, sino como receta de casa, de las que se hacen en cazuela grande y se recalientan al día siguiente.
La limonada tradicional también forma parte del ritual festivo. Se prepara en cantidades grandes y cada familia tiene su manera de hacerla. Más que una bebida, es casi una excusa para juntarse.
El momento de la verdad
¿Merece la pena acercarse a Puebla de Don Rodrigo? Depende de lo que busques. Si vas detrás de un pueblo de postal con calles perfectas para Instagram, aquí no está el truco. El casco urbano es sencillo y bastante funcional.
Pero tiene otra cosa. Es ese tipo de sitio donde entras a la plaza a media mañana y ves a los de siempre comentando cómo viene la temporada de caza o si este año ha llovido lo suficiente para el campo. Nada preparado para el visitante. Simplemente vida de pueblo.
Mi consejo: ven sin prisa y con la idea de moverte un poco por la comarca. Los Montes de Toledo tienen muchos caminos, dehesas y riberas donde caminar o conducir despacio. Y si coincides con las fiestas del pueblo, mejor aún: ahí es cuando realmente se entiende cómo funciona el lugar.
Al final, cuando te preguntan qué has visto en Puebla de Don Rodrigo, la respuesta suele ser sencilla: un pueblo que nació por decisión de un niño poderoso en el siglo XV y que, siglos después, sigue viviendo a su propio ritmo. Y eso, hoy en día, ya dice bastante.