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sobre Retuerta del Bullaque
Municipio puerta de Cabañeros con el embalse de Torre de Abraham; naturaleza desbordante y fauna ibérica emblemática
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A las seis de la mañana, en Retuerta del Bullaque, el río huele a musgo y a piedra mojada. Corre despacio entre sauces y chopos, dibujando una curva amplia antes de perderse hacia las rañas de Cabañeros. Desde el puente de la carretera, si te asomas un poco, se ven los remolinos pequeños que forma el agua contra las ramas caídas. No suele pasar nadie a esa hora. Algún mirlo baja a la orilla y levanta el vuelo en cuanto nota movimiento.
El río que da la vuelta al pueblo
Retuerta está aquí porque el Bullaque gira. El nombre lo explica: una retuerta es un recodo, un cambio de dirección. El pueblo se arrima a la ladera y mira al agua. Casas blancas, tejados rojizos, alguna parra que trepa por la fachada.
En la plaza, bajo los soportales del ayuntamiento, a primera hora solo se oye el roce de una escoba contra el suelo y el motor de algún coche que arranca. Un vecino me dice que lleva toda la vida viendo pasar el mismo río. “Antes había más cangrejos”, comenta, mirando hacia el puente como si aún esperara verlos.
Por las calles estrechas se mezcla el olor de la leña con el del pan recién hecho. Desde aquí sale un camino hacia la ermita del Milagro, muy conocida en la zona. Mucha gente va andando. Lo habitual es seguir las veredas que acompañan a los arroyos, donde todavía quedan alisos y fresnos que dan sombra incluso en verano.
Rañas abiertas y cielo muy alto
En cuanto te alejas del río, el paisaje cambia de golpe. Desaparecen las huertas y empiezan las rañas, esas llanuras ásperas de los Montes de Toledo cubiertas de pasto, encinas dispersas y tierra rojiza que cruje bajo las botas cuando está seca.
Es territorio del Parque Nacional de Cabañeros. En el centro de visitantes de la zona suelen explicar bien qué aves se mueven por aquí. Si levantas la vista con un poco de paciencia, es fácil ver buitres planeando muy alto, aprovechando las corrientes de aire caliente del mediodía.
Hay varias rutas que siguen el curso del Bullaque o se adentran en estas llanuras. Algunas se pueden hacer por libre, pero conviene mirar antes qué caminos están abiertos: buena parte del territorio alrededor son fincas privadas y no todos los accesos están permitidos. En verano el sol cae de lleno y apenas hay sombra, así que agua y gorra no sobran.
Fiestas que cambian el ritmo del pueblo
En agosto, con las fiestas de San Bartolomé, el pueblo se vuelve más ruidoso de lo habitual. Los balcones se llenan de telas de colores y por la noche la plaza huele a leña, a ajo frito y a las comidas que se preparan en grandes sartenes.
La romería que sube hasta la ermita del Milagro suele celebrarse ya pasado el verano. Mucha gente hace el camino andando desde el pueblo o desde los parajes cercanos. Se oyen cencerros, música y conversaciones largas a la sombra. Al regresar, no faltan las migas compartidas en platos de barro, con el pan bien empapado en grasa y mucho ajo.
A pocos kilómetros está Pueblonuevo del Bullaque, levantado a mediados del siglo XX como pueblo de colonización. Las calles son rectas, las casas bajas y alineadas, muy distintas del trazado más irregular de Retuerta. En primavera celebran sus propias fiestas alrededor de San Isidro, cuando los tractores y los caballos vuelven a ocupar la plaza.
La carretera entre montes
Al salir hacia Ciudad Real por la CM‑412, el paisaje se abre poco a poco. Primero quedan atrás las choperas del río, luego las encinas sueltas y finalmente las llanuras largas que anuncian el final de los montes.
Si paras un momento en algún alto del camino, se ve bien la forma del valle: el Bullaque serpenteando abajo, Retuerta pegada a la ladera y, alrededor, las rañas extendidas como una mesa inmensa de tierra rojiza. Al atardecer la luz cae muy horizontal y las copas de los chopos se vuelven plateadas con el viento.
Cuándo ir: primavera y otoño suelen ser las estaciones más agradecidas para caminar por la zona. En verano el calor aprieta fuerte en las rañas y las horas centrales del día se hacen largas.
Qué tener en cuenta: muchos caminos de los alrededores atraviesan fincas privadas o áreas protegidas. Conviene informarse antes de meterse con el coche por pistas y respetar siempre las zonas señalizadas, sobre todo en época de cría de aves.