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sobre San Martín de Montalbán
Alberga el espectacular Castillo de Montalbán y la iglesia visigoda de Melque
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San Martín de Montalbán es como ese vecino que tiene en el garaje un BMW del 92 que solo saca los domingos. No lo presume, pero ahí está: un castillo templario enorme plantado en mitad de los Montes de Toledo, algo que no esperas encontrarte cuando vienes haciendo turismo por San Martín de Montalbán.
Llegas sin grandes anuncios, sin colas, sin autobuses. Y de pronto te das cuenta de que el sitio guarda más historia de la que aparenta.
El castillo que no esperas encontrar aquí
Llevas un rato por carreteras comarcales, entre olivares, monte bajo y alguna dehesa, cuando de repente aparece. La silueta del castillo de Montalbán se levanta sobre un cerro y te hace pensar: “¿y esto qué pinta aquí?”.
A comienzos del siglo XIII los templarios se asentaron por la zona y levantaron aquí uno de sus enclaves importantes en Castilla. Hoy queda un recinto enorme de piedra, muy arruinado pero todavía impresionante cuando te acercas.
Se puede subir caminando desde las cercanías del pueblo por un camino de tierra. No es una excursión larga, pero la cuesta se nota, sobre todo en verano. Lleva agua y gorra: las piedras guardan el calor como una sartén al sol.
Arriba no hay nada preparado ni musealizado. Solo muros, torres abiertas al cielo y un silencio bastante raro de encontrar hoy en día. Desde lo alto ves kilómetros de dehesa y monte sin apenas construcciones. De noche, dicen los vecinos, el cielo se llena de estrellas como si hubieran apagado media provincia.
La iglesia y la sombra del Greco
El pueblo se recorre rápido. Calles tranquilas, casas bajas y ese ritmo de sitio donde la tarde se mide por el sonido de las campanas.
La iglesia de San Andrés guarda una curiosidad que mucha gente pasa por alto: en las obras del siglo XVII participó Jorge Manuel Theotokópoulos, el hijo de El Greco. No es que haya cuadros colgados suyos, pero sí estuvo ligado a la construcción del templo.
La iglesia por dentro sigue esa línea bastante sobria de muchos templos manchegos. Paredes claras, nave amplia y una sensación de espacio que sorprende un poco cuando vienes de fuera y ves el edificio desde la plaza.
No es un museo ni pretende serlo. Es una iglesia de pueblo que sigue cumpliendo su función.
Los dólmenes junto al río Torcón
A unos kilómetros del núcleo urbano, cerca del río Torcón, aparecen varios dólmenes prehistóricos. No son de esos conjuntos monumentales que salen en los documentales; de hecho, si no sabes lo que estás mirando, pueden parecer simples montones de piedra.
Pero cuando te acercas y ves la estructura, entiendes que alguien levantó aquello hace miles de años para enterrar a sus muertos.
La ruta hasta ellos suele estar señalizada y se puede hacer caminando con calma. Lo normal es encontrarte a muy poca gente. Solo el río, algo de viento entre las encinas y los pájaros.
Es uno de esos lugares donde la historia está tan lejos que cuesta imaginarla.
El gazpacho que no tiene nada que ver con el del sur
Aquí conviene aclararlo porque siempre hay alguien que se lleva la sorpresa: el gazpacho manchego no se parece en nada al andaluz.
No es una sopa fría. Es un guiso contundente con torta de pan cenceño, carne de caza —a menudo conejo o perdiz— y, según la temporada, alguna seta. Se cocina despacio y se sirve muy caliente, normalmente en cazuela de barro.
Otro plato bastante habitual en la zona es el tiznao: bacalao desmigado con ajo, pimiento y aceite. Nació como muchas recetas de interior, aprovechando el bacalao en salazón que llegaba desde la costa.
Son comidas de las que entran mejor después de andar por el monte que después de una mañana de oficina.
La Fiesta del Ausente
A finales de septiembre el pueblo cambia bastante durante unos días. Se celebra la llamada Fiesta del Ausente, dedicada a los vecinos que tuvieron que marcharse a trabajar fuera y vuelven esos días.
Muchas casas que pasan buena parte del año cerradas se abren. La plaza se llena, aparecen familias que solo se ven una vez al año y el ambiente recuerda un poco a una gran reunión de antiguos vecinos.
Suele haber música, comidas populares y bastante movimiento para lo que es habitual aquí.
Cómo encajar la visita
San Martín de Montalbán no es un lugar para llenar una agenda entera. Funciona mejor como parada tranquila dentro de una ruta por los Montes de Toledo.
Puedes subir al castillo, bajar al pueblo, entrar en la iglesia y dar una vuelta sin prisa. Si te gusta caminar, añade la ruta de los dólmenes.
Mi consejo de amigo: ven sin expectativas de gran atracción turística. Ven más bien con la idea de pasar un rato curioseando historia en medio del monte.
Y si al irte piensas “oye, pues esto no me lo esperaba”, entonces el viaje habrá merecido la parada.