Artículo completo
sobre Pastrana
Villa ducal histórica; famosa por la Princesa de Éboli y su palacio
Ocultar artículo Leer artículo completo
Hay pueblos que se recorren rápido y pueblos que te frenan sin darte cuenta. Con el turismo en Pastrana pasa eso: empiezas a caminar por el casco antiguo y de pronto te descubres parado mirando una fachada, un escudo en la piedra o una ventana torcida que parece sacada de otro siglo. Me pasó la primera vez que fui: en media hora había avanzado cuatro calles… y había levantado la cabeza unas cien veces.
A 759 metros de altura, en plena Alcarria, Pastrana es un municipio pequeño —no llega al millar de vecinos— pero con un pasado que pesa. Aquí estuvieron los duques de Pastrana, y esa etapa del siglo XVI dejó iglesias, conventos y casas señoriales que siguen marcando el ritmo del pueblo. Lo curioso es que todo eso convive con la vida de siempre: ropa tendida en los balcones, vecinos cruzando la plaza con bolsas de la compra y conversaciones que se escuchan desde los portales.
La sensación no es la de un decorado histórico. Es más bien ese tipo de sitio donde la historia sigue ahí, pero la vida cotidiana nunca se fue.
Qué ver en Pastrana sin dar vueltas sin sentido
El Palacio Ducal es lo primero que llama la atención cuando llegas al centro. Un edificio renacentista del siglo XVI, grande y algo severo por fuera, como si quisiera recordar quién mandaba aquí hace quinientos años. Dentro tiene un patio bastante más amable, con columnas y galerías. Aquí vivió Ana de Mendoza, la famosa Princesa de Éboli, uno de esos personajes históricos que parecen inventados por una novela.
Muy cerca está la Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción. Por fuera puede parecer sobria, pero dentro guarda una de las cosas más curiosas del pueblo: los Tapices de Pastrana, piezas flamencas del siglo XV que cuentan episodios militares portugueses en el norte de África. No son el típico adorno religioso; más bien funcionan como crónicas gigantes tejidas en tela.
Otro lugar ligado a la historia del pueblo es el Convento del Carmen, fundado por Santa Teresa en el siglo XVI. Aún viven allí carmelitas descalzas, así que la visita depende bastante de los horarios del convento. A veces venden dulces hechos por ellas mismas, siguiendo recetas que llevan generaciones repitiéndose.
Luego está lo que no aparece en los folletos: caminar sin rumbo por el casco antiguo. Te vas encontrando casas con escudos en la fachada, portales de piedra y fuentes como la de los Cuatro Caños. Y tarde o temprano acabarás en la Plaza de la Hora, que funciona un poco como el salón del pueblo. Siempre hay alguien charlando o simplemente viendo pasar la tarde.
Pasear por la Alcarria desde Pastrana
Pastrana también funciona bien como punto de partida para moverse por la Alcarria. Hay caminos y senderos por los alrededores que se pueden recorrer a pie o en bici, atravesando campos abiertos y zonas de monte bajo típicas de esta comarca.
Si vas en verano quizá veas campos de lavanda en los alrededores de la comarca, algo que en los últimos años ha atraído bastante gente. La floración suele llegar entre junio y julio, aunque depende mucho del clima de cada temporada.
Dentro del propio pueblo hay recorridos sencillos, como la llamada ruta de los conventos, que conecta varios edificios religiosos levantados durante el auge ducal. Sirve para entender hasta qué punto la vida espiritual tenía peso aquí hace siglos.
Y si te gustan las historias, a veces se organizan visitas teatralizadas centradas en personajes como la Princesa de Éboli. No siempre están en marcha, pero cuando coinciden con tu visita ayudan a poner contexto a lo que ves.
Lo que se come por aquí (y por qué tiene sentido probarlo)
En esta parte de Guadalajara hay dos cosas que aparecen una y otra vez en cualquier mesa: cordero y miel.
La miel de La Alcarria, con denominación de origen, es probablemente el producto más conocido de la zona. Muchos viajeros se la llevan a casa porque sabe diferente a la industrial: más intensa, más oscura en algunos casos, dependiendo de las flores.
En los platos tradicionales aparecen también las migas alcarreñas, guisos contundentes y asados sencillos. Comida de campo, pensada para jornadas largas y para inviernos fríos.
Y luego están los dulces de convento, que suelen prepararse con recetas bastante antiguas: yemas, pastas y otros dulces de los de toda la vida.
Tradiciones que siguen moviendo el pueblo
Las fiestas principales giran en torno a Nuestra Señora de la Asunción, a mediados de agosto. Durante esos días el casco antiguo se llena bastante más de lo habitual y el ambiente cambia: música en las calles, procesiones y gente que vuelve al pueblo para pasar unos días.
La Semana Santa también tiene bastante presencia en las calles estrechas del centro, con procesiones que suben y bajan cuestas que ya de por sí cansan caminando.
Y en otoño suele celebrarse la Fiesta de la Miel, dedicada a uno de los productos más ligados a la Alcarria. No todos los años se organiza exactamente igual, pero suele reunir puestos, degustaciones y actividades relacionadas con la apicultura.
¿Merece la pena acercarse? Yo diría que sí, sobre todo si te interesa entender un poco mejor cómo era la Alcarria histórica. Pastrana no es un sitio enorme ni lleno de cosas que hacer todo el día. Pero tiene algo que engancha: das un paseo tranquilo, miras alrededor… y acabas imaginando cómo sería vivir aquí hace cuatro o cinco siglos. Y eso, hoy en día, no pasa tan a menudo.