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sobre Pozo de Guadalajara
Municipio en expansión cercano a la capital; conserva picota y posada histórica
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A media tarde, el viento de la Alcarria mueve las hojas del huerto detrás de una tapia baja. Son las cuatro y en Pozo de Guadalajara el aire trae olor a tierra removida y a leña. Desde la carretera que llega desde Guadalajara capital el pueblo aparece de golpe: casas bajas, tejados de teja rojiza y un campanario que sobresale sobre la llanura abierta.
Pozo de Guadalajara está a pocos kilómetros de la ciudad y, aun así, el ritmo cambia en cuanto se entra. Aquí las calles siguen el trazado antiguo y el campo empieza prácticamente detrás de las últimas casas.
La picota en mitad de la plaza
En la plaza queda una picota de piedra que suele fecharse en el siglo XVI. Está plantada en el centro, sin valla ni cartel que la explique demasiado. La superficie está gastada por la lluvia y el sol.
Los vecinos pasan al lado sin detenerse. Para muchos es simplemente el punto donde se queda o donde los niños dan vueltas con la bicicleta. Si te acercas despacio se distinguen los herrajes y las muescas de la piedra, señales de su función original como símbolo de jurisdicción.
A pocos pasos se levanta la iglesia de San Mateo. El muro tiene un tono ocre apagado que cambia con la luz de la tarde. Dentro suele oler a cera y a piedra fría. La pila bautismal, que normalmente se sitúa en época románica según las descripciones locales, tiene un color verdoso que recuerda al agua de los pozos de la comarca.
Calles donde el sonido baja
Basta girar una esquina para que el ruido de la plaza desaparezca. Las calles laterales son estrechas. Algunas conservan tramos de empedrado irregular; otras son de tierra compacta.
Hay casas cerradas durante buena parte del año y otras que siguen habitadas por familias que llevan aquí décadas. En una ventana se mueve una cortina ligera. En otra, alguien sacude un mantel. El sonido llega amortiguado: una radio encendida, el golpe seco de una puerta, un perro que levanta la cabeza al pasar.
Cerca del cementerio empiezan los olivos. Cuando sopla viento se oye el roce de las ramas antes de verlos.
Una fachada antigua en la calle de los Caños
En la calle de los Caños hay una vivienda del siglo XVIII, o al menos así la datan algunos inventarios municipales. En la fachada todavía se ve un escudo atribuido a los Mendoza.
El yeso está saltado en varias zonas y deja al descubierto el ladrillo. La puerta de madera oscura sigue en su sitio, grande y pesada, con herrajes que ya muestran óxido. A mediodía suele salir olor a comida por la ventana entreabierta. Dentro se oye una radio a volumen bajo y el golpear de una sartén.
No aparece en folletos ni paneles, pero resume bastante bien el carácter del pueblo: casas antiguas que siguen en uso, sin demasiadas explicaciones.
Cuándo acercarse
La primavera cambia mucho el aspecto de Pozo de Guadalajara. Los campos de cereal alrededor del pueblo todavía están verdes y el viento trae humedad del valle del Henares. En otoño la luz es más baja y los caminos entre parcelas se llenan de polvo fino.
En agosto conviene venir temprano por la mañana o al caer la tarde. A mediodía el calor cae de lleno sobre las calles y apenas hay sombra.
Se llega fácil por la CM‑101 desde Guadalajara. A la entrada suele haber sitio para aparcar cerca de las instalaciones deportivas municipales, desde donde se llega caminando a la plaza en pocos minutos.
Si piensas quedarte a comer, lo más habitual es organizarlo con tiempo o desplazarse a pueblos cercanos. En las casas todavía se cocina cordero al estilo alcarreño en días señalados. Y un detalle práctico: el agua del grifo tiene un sabor mineral bastante marcado, algo común en esta parte de la Alcarria, así que mucha gente prefiere llevar agua aparte.
Pozo se recorre despacio. No porque haya mucho que tachar de una lista, sino porque el pueblo se entiende mejor cuando el viento empieza a moverse entre las calles y la plaza se queda casi vacía.