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sobre Santa Cruz de la Zarza
Importante nudo de comunicaciones histórico; destaca por su patrimonio religioso y casas cueva
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El incendio de 1945 arrasó buena parte del casco urbano. El monasterio, sin embargo, quedó en pie. Ese contraste explica bastante del aspecto actual de Santa Cruz de la Zarza: un pueblo reconstruido en gran medida a mediados del siglo XX, sobre una base mucho más antigua que apenas se intuye en algunos rincones.
Santa Cruz de la Zarza aparece en la documentación medieval ligada a las repoblaciones de la Mesa de Ocaña, cuando estas tierras se organizaron en torno a órdenes militares y comunidades religiosas. El núcleo actual creció alrededor de ese primer establecimiento monástico y de las tierras de cultivo que lo sostenían.
Caminar hoy por la Plaza de España es recorrer ese momento de reconstrucción. Muchas fachadas responden a un mismo lenguaje de posguerra: ladrillo visto, balcones de hierro y edificios levantados con rapidez para sustituir lo perdido.
El monasterio que dio nombre
En los siglos XII y XIII la zona quedó bajo la órbita de la Orden de Santiago. Los monjes de Santa María de Retuerta levantaron aquí un monasterio en un cerro cercano al arroyo de la Hoz. Con el tiempo, el lugar acabaría dando nombre a la villa.
El conjunto conserva iglesia, claustro y algunos elementos de origen medieval, aunque buena parte de lo que se ve hoy corresponde a reformas del siglo XVI. Hay bóvedas de crucería tardías y un retablo mayor de traza posterior. La tradición local sostiene que Felipe II pasó una noche aquí a finales del siglo XVI, durante una jornada de caza por la zona, aunque no siempre es fácil comprobar ese tipo de episodios.
Tras la desamortización del siglo XIX el edificio tuvo usos diversos. Durante décadas funcionó como instalación militar, escuela y almacén agrícola. En la actualidad está rehabilitado con uso hotelero. El resultado ha asegurado su conservación, pero también ha cambiado la relación cotidiana con el edificio: muchos vecinos apenas cruzan ya el claustro que durante generaciones formó parte de la vida del pueblo.
La parroquia de San Miguel y las ermitas del entorno
La iglesia parroquial de San Miguel tiene origen en el siglo XV, aunque el incendio del siglo pasado obligó a rehacer parte del edificio. Su mayor interés está en el retablo atribuido a Nicolás de Vergara y en algunas tablas renacentistas conservadas en el interior.
Más allá de lo artístico, la iglesia sigue funcionando como centro simbólico del pueblo. Las campanas marcan momentos concretos de la vida local: funerales, celebraciones o el inicio de las romerías.
Alrededor del casco urbano se reparten varias ermitas vinculadas a antiguas devociones. Algunas, como la de la Virgen de la Paz o la de Santa Eufemia, siguen teniendo actividad en fechas concretas del calendario festivo. Otras quedan más apartadas, en medio del paisaje de cereal y olivares.
Durante siglos, los recorridos entre estas ermitas servían también para reconocer los límites del término municipal. Hoy esos caminos se utilizan sobre todo para caminar por el campo. El circuito completo puede ocupar unas tres horas a paso tranquilo.
Los Caños: agua bajo la calle Real
Bajo la calle Real discurre un sistema antiguo de conducción de agua conocido como los Caños. Funciona de manera similar a los qanats: galerías subterráneas con pozos de ventilación que conducen el agua desde zonas más altas hasta el depósito del pueblo.
La red estuvo en uso hasta bien entrado el siglo XX. En los últimos años se han organizado visitas guiadas en determinados momentos del año, normalmente con grupos pequeños, porque el recorrido es estrecho y la iluminación limitada.
Es uno de esos elementos que ayudan a entender cómo se gestionaba el agua en los pueblos de la meseta antes de las redes modernas.
Comida de calendario
La cocina local sigue muy ligada al calendario festivo. Durante la romería de mayo es habitual ver hornazos: panes redondos rellenos de chorizo, panceta y huevo duro que se comen fríos, muchas veces junto al arroyo.
En verano aparecen platos más contundentes en las fiestas patronales, como la caldereta de cordero preparada en cuadrillas. En otoño, cuando empiezan las setas en los pinares cercanos, los níscalos suelen acabar en guisos sencillos con patata, ajo y pimentón.
Fuera de esas fechas es más difícil encontrarlos recién hechos. En el mercado semanal todavía se ven algunas conservas caseras cuando llega la temporada.
Entre la llanura y los montes bajos
Santa Cruz de la Zarza se sitúa en el borde entre la llanura cerealista de la Mesa de Ocaña y un terreno algo más quebrado hacia el norte. Esa transición se nota enseguida al salir del pueblo.
Hacia el sur dominan los campos abiertos, con parcelas de viña y olivares. Hacia el norte el terreno baja hacia el valle del río Cigüela, entre aromáticas y pequeñas lomas.
Muchos paseos parten del antiguo lavadero. Allí aún se conserva la losa donde se separaba la colada blanca de la de color, un detalle doméstico que recuerda cómo se organizaba la vida cotidiana no hace tanto.
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más llevaderos para caminar. En verano el calor aprieta con facilidad y gran parte de la actividad se desplaza a las horas de la tarde.
Cómo llegar y orientarse
Santa Cruz de la Zarza se encuentra en el noreste de la provincia de Toledo, dentro de la comarca de la Mesa de Ocaña. Por carretera se llega desde Madrid en algo más de una hora siguiendo la autovía de Valencia y tomando después carreteras comarcales.
El tren más cercano para en una estación situada a varios kilómetros del pueblo, por lo que el coche sigue siendo la forma más sencilla de llegar.
El casco urbano se recorre sin dificultad a pie. Desde el monasterio hasta la ermita de la Virgen de la Paz hay algo menos de dos kilómetros de subida suave. Conviene llevar calzado cerrado si se piensa salir a los caminos y agua suficiente en los meses de calor. En invierno el viento que cruza la meseta se deja notar.