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sobre Ablanque
Situado en el Parque Natural del Alto Tajo; ideal para amantes de la naturaleza y el silencio
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A las ocho de la mañana, Ablanque todavía está medio dormido. La luz entra fría por la calle principal y la niebla se queda un rato más en los bajos del valle. No suele pasar nadie a esa hora. Alguna puerta que se abre, el golpe seco de una persiana, y de vez en cuando el graznido de un cuervo sobre los tejados. Con una población que apenas ronda las setenta personas, el silencio aquí no es una pose: es simplemente lo normal.
Un pueblo alto y expuesto al clima
Ablanque está en el Señorío de Molina, al este de la provincia de Guadalajara, en una zona de páramos altos donde el paisaje cambia mucho con las estaciones. La altitud ronda los 1.100 metros y eso se nota. En invierno el aire corta la cara y no es raro que la nieve aguante varios días en las laderas orientadas al norte. En verano, en cambio, el sol cae seco sobre los campos de cereal y el terreno se vuelve ocre, casi dorado al final de la tarde.
Llegar hasta aquí ya prepara un poco el ánimo. Desde Molina de Aragón la carretera atraviesa un territorio cada vez más abierto, con sabinas, pinos dispersos y barrancos que aparecen de repente a los lados. No es una zona de tráfico constante; hay tramos en los que uno conduce varios minutos sin cruzarse con nadie.
Calles cortas, piedra y viento
El casco urbano es pequeño y se recorre en poco tiempo. Casas bajas de piedra y adobe, portones anchos pensados para carros y patios interiores protegidos del viento que sopla con frecuencia en esta parte del Señorío.
En la plaza se levanta la iglesia parroquial de San Bartolomé. No es un edificio monumental, pero su volumen de piedra domina el conjunto del pueblo y sirve de referencia cuando uno entra por la carretera. Alrededor, las calles son cortas y algo irregulares. Al caminar aparecen detalles que hablan de otra época: dinteles de madera oscurecida, rejas pesadas, aperos de labranza colgados todavía en algún portal.
Cuando sopla el aire —algo bastante habitual— se oye cómo golpea en las chapas de los tejados o se cuela entre las esquinas. Ese sonido acompaña casi todo el paseo.
El paisaje alrededor: páramo y hoces cercanas
El mayor interés de Ablanque está en lo que lo rodea. El pueblo se encuentra en una zona de transición hacia el Alto Tajo, con páramos abiertos y barrancos que cortan la meseta caliza.
Los caminos que salen del pueblo son sencillos: pistas de tierra y senderos usados durante décadas por agricultores y ganaderos. En una o dos horas de paseo tranquilo se alcanzan lomas desde las que el horizonte se abre mucho, con montes bajos y campos que parecen interminables. Es habitual ver rapaces aprovechando las corrientes de aire o pequeños rebaños moviéndose despacio por los bordes de los caminos.
Por la noche el cielo se vuelve especialmente oscuro. Al estar lejos de grandes núcleos urbanos, las estrellas aparecen con bastante claridad cuando el tiempo está despejado.
Vida cotidiana en un pueblo muy pequeño
Ablanque mantiene la escala de los pueblos que han perdido población con los años. No hay comercios funcionando todos los días ni movimiento constante en las calles. Conviene llegar con lo necesario si se piensa pasar varias horas por la zona.
La cocina tradicional del entorno sigue girando en torno al cordero, las migas, las gachas y los embutidos curados en invierno, platos propios de la sierra molinesa. Muchos vecinos hacen vida diaria en Molina de Aragón, que queda a un rato en coche y concentra la mayoría de servicios.
Fiestas y momentos en que el pueblo cambia
Durante buena parte del año Ablanque es muy tranquilo, pero en verano la población aumenta. En agosto suelen celebrarse las fiestas patronales y muchos vecinos que viven fuera regresan esos días. El ambiente cambia: más gente en las calles, reuniones familiares largas y la plaza con bastante más movimiento del habitual.
También en Semana Santa se mantiene cierta tradición religiosa, aunque de forma sencilla y con participación sobre todo de los propios vecinos.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
La primavera avanzada y el otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. En mayo o junio el campo todavía conserva algo de verde y las temperaturas son suaves. En septiembre y octubre la luz cae más baja sobre los páramos y el aire vuelve a ser fresco.
En verano el mediodía puede resultar duro por el sol directo, así que merece la pena salir temprano o esperar a la tarde. En invierno conviene mirar la previsión: las heladas son frecuentes y algunas carreteras secundarias pueden amanecer con hielo.
Ablanque se recorre rápido. Una hora basta para pasear por el casco urbano con calma. Lo más sensato es entenderlo como una parada dentro de un recorrido más amplio por el Señorío de Molina, una de esas zonas de Guadalajara donde el paisaje manda y los pueblos aparecen, de vez en cuando, como pequeñas islas de piedra en medio del páramo.