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sobre Ciruelos del Pinar
Rodeado de extensos pinares; ideal para la micología y el senderismo
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El viento suele escucharse antes de ver el pueblo. En la paramera del Señorío de Molina sopla sin obstáculos y, cuando uno se acerca por la carretera estrecha que sube hasta Ciruelos del Pinar, aparecen primero los pinos y después las casas de piedra, bajas, pegadas unas a otras para protegerse del frío. A más de 1.200 metros de altura, con apenas una veintena de habitantes censados, el lugar tiene ese silencio de los pueblos muy pequeños donde cualquier coche que llega se oye desde lejos.
Ciruelos del Pinar pertenece a la comarca del Señorío de Molina, una de las zonas más despobladas de Guadalajara. El paisaje aquí es amplio y seco: parameras abiertas, manchas de pinar y sabinas viejas que crecen torcidas por el viento. Las casas siguen el mismo tono grisáceo de la piedra local y los tejados inclinados hablan de inviernos largos. No hay urbanizaciones nuevas ni calles ampliadas; más bien lo contrario, un conjunto que se ha quedado casi como estaba.
Cuando cae la tarde la luz se vuelve muy limpia. Los muros de piedra toman un color dorado y el aire huele a resina si el día ha sido cálido.
Qué ver en Ciruelos del Pinar
El pueblo es pequeño y se recorre en poco tiempo, pero conviene hacerlo despacio. Las calles son estrechas, algunas con pendiente, y todavía se ven portones de madera oscurecida, muros cubiertos de líquenes y pequeñas huertas detrás de las casas. En las eras, a las afueras, el terreno se abre y el horizonte vuelve a ser el protagonista.
La iglesia parroquial de la Asunción se levanta cerca del centro del pueblo. Es un edificio sencillo, encalado en parte, con una torre discreta que sobresale sobre los tejados. A menudo permanece cerrada, algo bastante habitual en pueblos tan pequeños, pero incluso desde fuera se percibe su papel como punto de reunión en los días señalados.
Si te gusta fijarte en los detalles, Ciruelos tiene muchos: el sonido de una puerta metálica moviéndose con el viento, los gatos cruzando una calle vacía a media tarde, el olor a leña cuando llega el frío.
Caminar por los pinares y la paramera
Desde el propio pueblo salen caminos de tierra que se internan en el monte. No están señalizados como rutas oficiales; son pistas forestales y senderos que usan los vecinos o quienes trabajan en el monte. Aun así, caminar por ellos es sencillo si se lleva mapa o GPS.
Los pinares de pino albar aparecen a pocos minutos de las últimas casas. Entre los árboles crecen sabinas y matorral bajo, y en el suelo se acumulan agujas secas que amortiguan los pasos. Al amanecer o al final del día no es raro ver rapaces planeando sobre la paramera, aprovechando las corrientes de aire.
En verano el sol cae con fuerza y apenas hay sombra fuera del pinar, así que conviene llevar agua y empezar a caminar temprano. En invierno la situación cambia por completo: el viento corta y, algunos años, la nieve cubre caminos y lomas durante días.
El otoño suele ser una de las épocas más agradables. El monte huele a humedad, aparecen setas en los pinares —siempre con prudencia y conocimiento— y la luz del atardecer se queda un rato largo sobre la llanura.
Un pueblo muy pequeño, también en servicios
Ciruelos del Pinar es uno de esos lugares donde conviene llegar con lo necesario. No hay tiendas ni servicios turísticos en el propio pueblo, y lo normal es que la vida cotidiana se organice entre unos pocos vecinos que se conocen todos.
Eso también significa noches muy oscuras. Cuando se apagan las luces de las casas, el cielo se llena de estrellas con una claridad poco común en zonas más habitadas. En verano, si el viento se calma, el silencio es casi total.
Las fiestas y la vida que queda
Como en muchos pueblos del Señorío de Molina, las fiestas suelen concentrarse en verano, cuando regresan quienes tienen aquí la casa familiar. Durante esos días el pueblo cambia de ritmo: se abren puertas que han estado cerradas todo el invierno y la plaza recupera conversación y movimiento.
El resto del año la vida es tranquila. Algún coche que pasa, humo saliendo de una chimenea en las mañanas frías y el sonido constante del viento en los pinos que rodean el pueblo. Para entender Ciruelos del Pinar hay que quedarse un rato quieto y escuchar ese paisaje. Aquí todo ocurre despacio.