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sobre Herrería
Aldea molinesa con ermita románica destacada; entorno solitario
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A las ocho de la mañana, cuando el sol todavía tarda en calentar estas alturas del Señorío de Molina, Herrería está casi en silencio. Alguna puerta cerrada, tejados oscuros todavía húmedos del relente y el sonido breve de un mirlo desde los pinos. Con apenas una docena larga de habitantes, el turismo en Herrería tiene poco que ver con rutas señalizadas o con pueblos preparados para recibir gente: aquí lo primero que se percibe es el espacio y el aire frío que baja de los montes.
El pueblo se encuentra por encima de los mil metros y eso se nota. Incluso en verano las mañanas arrancan frescas. Las casas —piedra, madera oscurecida, teja vieja— se agrupan sin mucho orden alrededor de la iglesia, que marca el centro del pequeño núcleo.
Calles cortas y piedra vieja
Herrería se recorre en unos minutos. Las calles son más bien pasillos de piedra entre casas robustas, muchas cerradas gran parte del año. En algunas fachadas la madera de los balcones está ya gris por el sol y el hielo de los inviernos, y no es raro ver grietas largas en los muros.
La iglesia parroquial, sencilla y algo apartada del ruido que podría haber en pueblos mayores, mantiene ese aire de edificio práctico de montaña: muros gruesos, pocos adornos y una puerta que suele permanecer cerrada si no hay vecinos alrededor.
A estas horas tempranas el pueblo huele a leña vieja y a tierra húmeda. Cuando sopla viento —algo bastante habitual en esta parte de la comarca— se oye cómo rozan las copas de los pinos de alrededor.
Pinares de rodeno alrededor del pueblo
En cuanto se sale del caserío empiezan los pinares. Son pinares de rodeno, con ese tono rojizo en la tierra y en algunas rocas que aparece entre las agujas secas. No hay grandes infraestructuras ni paneles interpretativos: lo que hay son caminos de toda la vida, algunos más claros y otros que se van cerrando con el monte.
Caminar por aquí es sencillo si no te alejas demasiado. El terreno alterna barrancos poco profundos, laderas de pinar y claros donde la hierba amarillea en verano. En los cielos abiertos de la zona es frecuente ver rapaces planeando, sobre todo en días tranquilos de aire.
Por la noche, cuando el cielo está limpio, la oscuridad es completa. Apenas hay luz artificial y las estrellas se ven con una nitidez que ya cuesta encontrar en otros lugares.
Caminos hacia otros pueblos del Señorío
Desde Herrería salen varios caminos tradicionales que comunican con otros pueblos del Señorío de Molina. Algunos atraviesan monte bajo, otros pasan junto a corrales caídos o antiguas construcciones de piedra seca que hoy apenas se usan.
En otoño mucha gente de la zona se acerca a estos pinares a buscar setas. Suelen aparecer níscalos y otras especies típicas del pinar cuando las lluvias acompañan. Conviene informarse antes de recoger y, como siempre, respetar el monte: no remover demasiado el suelo ni dejar basura.
Un pueblo pequeño de verdad
Con unos trece habitantes censados, Herrería funciona más como un pequeño núcleo vecinal que como un destino turístico. No hay tiendas ni bares en el pueblo. A veces alguna casa prepara comidas si se acuerda con antelación, pero lo habitual es desplazarse a otros pueblos cercanos del Señorío.
Eso también significa que aquí el silencio es real. Entre semana puede pasar bastante rato sin que circule ningún coche.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. En verano el sol aprieta a mediodía, aunque las noches refrescan bastante por la altitud. En invierno el ambiente cambia mucho: nieblas bajas, hielo en las cunetas y días muy tranquilos.
Para llegar desde Guadalajara lo habitual es subir por la A‑2 hasta la zona de Alcolea del Pinar y después continuar por carreteras secundarias hacia Molina de Aragón y el Señorío. El último tramo discurre entre pinares y pueblos pequeños, con curvas y pocos servicios, así que conviene llevar combustible y algo de comida antes de entrar en esta parte de la comarca.
Herrería no tiene grandes monumentos ni actividad constante. Lo que permanece es otra cosa: el sonido del viento en los pinos, las casas de piedra envejeciendo despacio y la sensación de estar en uno de los rincones más vacíos del Señorío de Molina. Aquí el tiempo se mide de otra manera.