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sobre Ocentejo
En el Parque Natural del Alto Tajo; famoso por el Hundido de Armallones cercano
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Al amanecer, cuando la luz todavía no ha llegado a calentar las pendientes de pizarra, un silencio denso envuelve las pocas casas del pueblo. La primera claridad revela tejados oscuros, de pizarra cortada a mano, y el valle del Tajo al fondo, todavía medio en sombra. La tranquilidad aquí es tanta que sólo el canto de los mirlos y el crujir de alguna rama seca rompen el aire frío de la mañana.
Ocentejo, en el corazón del Señorío de Molina, es uno de esos pueblos mínimos del Parque Natural del Alto Tajo. Apenas una quincena de vecinos viven aquí todo el año. El paisaje que lo rodea no tiene nada que ver con la imagen verde que muchos imaginan cuando piensan en Guadalajara: aquí mandan los cortados de roca, los barrancos y las sabinas que crecen despacio sobre un suelo duro y seco.
La carretera llega hasta el pueblo tras varios kilómetros de curvas entre monte bajo. No es difícil conducir, pero conviene venir sin prisa: hay tramos estrechos y es fácil encontrarse con corzos cruzando al atardecer.
Casas de pizarra y una iglesia sencilla
El caserío se agrupa alrededor de la iglesia parroquial, en una pequeña elevación desde la que se intuye el valle. Las viviendas están hechas en buena parte con lajas de pizarra y piedra oscura, materiales que aquí siempre han tenido a mano. Algunas casas muestran tejados nuevos o carpinterías recientes: muchas se usan sobre todo en verano o durante los fines de semana largos.
Otras conservan un aspecto más áspero, con muros irregulares y puertas de madera ya plateadas por el sol y el hielo. En invierno el frío aprieta bastante en esta zona, y se nota en la forma compacta de las construcciones.
La iglesia, de origen antiguo aunque muy transformada con el tiempo, mantiene una silueta sencilla: muros de piedra, una espadaña con las campanas y poco más. Cuando se abre en verano, dentro suele oler a cera vieja y a madera húmeda, ese olor típico de los templos pequeños donde el tiempo pasa despacio.
En la plaza cercana suele haber algo de sombra cuando el sol cae de lleno. Es uno de los pocos lugares donde sentarse un rato a escuchar el viento bajar desde los cortados.
Senderos hacia el Alto Tajo
A poca distancia del pueblo empiezan varios caminos que bajan hacia el río o recorren los barrancos cercanos. Son trazados antiguos, algunos usados durante siglos para mover ganado entre los pastos del valle y los páramos.
El paisaje es áspero y muy abierto. Las paredes rocosas caen casi verticales en algunos puntos y, si uno se acerca con cuidado al borde de ciertos miradores naturales, se ve el Tajo encajonado muchos metros más abajo. En días despejados el cielo parece enorme.
Las sabinas, retorcidas por el viento y los inviernos duros, dominan buena parte del terreno. Entre ellas crecen aliagas, tomillos y otros arbustos bajos que en primavera perfuman el aire cuando empieza a calentar el sol.
Sobre los cortados es fácil ver buitres leonados planeando durante horas sin apenas mover las alas. A veces aparece también algún alimoche cuando vuelve el buen tiempo.
Conviene llevar agua y algo de comida si se sale a caminar. En el pueblo no hay tiendas ni servicios permanentes, y en varios kilómetros a la redonda el paisaje es prácticamente el mismo: monte, roca y silencio.
Un pueblo que se llena unos días al año
Durante buena parte del año Ocentejo permanece muy tranquilo. En verano cambia un poco: regresan familias que tienen aquí casa y el pueblo recupera voces en las calles al caer la tarde.
Suelen celebrarse entonces las fiestas patronales, con procesiones pequeñas, música y mesas largas en la plaza o en alguna era cercana. Son días en los que el pueblo parece multiplicar su tamaño durante un rato.
El resto del año la vida es mucho más discreta. Algún vecino trabajando en el campo, coches que pasan de vez en cuando camino de otros pueblos del Alto Tajo y poco más.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradecidos para recorrer la zona a pie. En verano el sol pega fuerte a mediodía y conviene salir temprano o esperar a la tarde.
En invierno no es raro que hiele durante días seguidos y algunas carreteras secundarias pueden ponerse delicadas si ha nevado.
Si vienes en coche, merece la pena llegar con el depósito lleno y algo de provisiones. En esta parte del Señorío de Molina las distancias engañan: los pueblos están cerca en el mapa, pero entre barrancos y carreteras lentas los trayectos se alargan.
Ocentejo no es un lugar de grandes planes ni de agendas llenas. Es más bien un punto pequeño en el mapa del Alto Tajo donde parar un rato, escuchar el viento entre las sabinas y ver cómo cambia la luz sobre los cortados cuando cae la tarde.