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sobre Peralejos de las Truchas
Corazón turístico del Alto Tajo; paisajes de cañones y aguas cristalinas
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A primera hora, cuando el sol todavía tarda en superar las lomas, Peralejos de las Truchas suena sobre todo a agua. El Tajo baja aquí joven, estrecho, con un murmullo constante que se cuela entre los pinares. El aire huele a resina y a tierra fría, incluso en verano. A 1.181 metros de altitud y con apenas 148 habitantes, el pueblo vive pegado a ese paisaje de barrancos, rocas rojizas y monte alto que forma parte del Señorío de Molina.
Las casas aparecen sin prisa a lo largo de la carretera y de unas cuantas calles cortas. Piedra clara, madera oscura en algunas balconadas, corrales que todavía recuerdan el peso de la ganadería. No es un lugar de grandes paseos urbanos: en una hora puedes haberlo recorrido casi entero. Lo interesante está alrededor, donde empiezan los pinares y los caminos de tierra.
El pueblo: piedra, silencio y vida diaria
La iglesia parroquial marca el centro del pueblo, con muros gruesos de mampostería y una presencia tranquila que lleva ahí generaciones. La plaza suele estar en calma la mayor parte del día; alguna conversación, un coche que pasa despacio, poco más.
Al caminar por las calles aparecen detalles pequeños: un banco de madera al sol, un montón de leña preparado para el invierno, macetas en una ventana que mira al monte. En invierno el frío aprieta —la altitud se nota— y muchas casas pasan temporadas cerradas. En verano el pueblo recupera más movimiento, sobre todo al caer la tarde.
Si vienes en coche, conviene tener en cuenta que el entorno es amplio y las distancias entre pueblos son largas. Aquí no se llega de paso: normalmente se viene porque se quiere estar en esta parte alta del Alto Tajo.
El Tajo alto y los pinares que rodean Peralejos
El río Tajo discurre muy cerca del pueblo. En este tramo todavía es un río de montaña: agua clara, corriente rápida y orillas con pino silvestre, sabina y roquedos que toman un tono rojizo cuando la luz cae baja.
Hay caminos y senderos que salen desde los alrededores y se internan en el monte. Algunos siguen antiguos pasos ganaderos. Caminar por aquí significa escuchar crujir las agujas de pino bajo las botas y notar cómo cambia la temperatura cuando entras en zonas más sombrías del barranco.
Las pozas del río aparecen entre curvas del cauce y pequeñas presas naturales de roca. En días tranquilos se ve a pescadores probando suerte con la trucha, una tradición muy ligada al nombre del pueblo. Para pescar hace falta licencia y respetar la normativa del parque natural, que suele ser estricta con vedas y cupos.
El terreno engaña: parece suave desde lejos, pero las pendientes se hacen notar. Si vas a caminar, mejor calcular tiempos con margen y llevar agua, especialmente en verano.
Setas, caza y cocina de sierra
Cuando llegan las primeras lluvias de otoño, los pinares de alrededor empiezan a oler a hoja húmeda. Es la época en que muchos vecinos salen a buscar setas. Níscalos y boletus suelen aparecer entre los claros del pinar, aunque cada temporada es distinta y conviene conocer bien el terreno antes de recoger nada.
La cocina de la zona sigue ligada a lo que da el monte y la ganadería. Son platos de cuchara y de sartén: migas serranas, guisos de cordero, carne de caza menor cuando la temporada lo permite. También es habitual encontrar trucha preparada de forma sencilla, muchas veces a la plancha o guisada.
Después de caminar por los barrancos del Alto Tajo, estos platos tienen bastante sentido: aquí el clima cambia rápido y al caer la tarde la temperatura baja incluso en agosto.
Fiestas y momentos del año en el pueblo
Las fiestas patronales suelen celebrarse alrededor de mediados de agosto, cuando muchas familias regresan al pueblo durante unos días. Las calles se llenan más de lo habitual y hay procesiones y encuentros entre vecinos que no se ven durante el resto del año.
En invierno se mantienen algunas celebraciones tradicionales vinculadas a santos del calendario local, a menudo con hogueras y reuniones sencillas en las que participa buena parte del pueblo.
El resto del año el ritmo es otro: ganadería, monte, temporadas de setas y los cambios de estación que aquí se notan mucho. El Señorío de Molina es una tierra amplia y poco poblada, y Peralejos de las Truchas forma parte de ese paisaje abierto donde el silencio, más que una rareza, es lo habitual.