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sobre Setiles
Pueblo minero histórico (hierro); casonas molinesas y clima frío
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El arroyo que cruza Setiles lleva agua solo parte del año. Cuando lo hace, su sonido bajo las piedras es lo primero que rompe el silencio de la carretera. Este pueblo del Señorío de Molina, en Guadalajara, está construido con una piedra rojiza que al atardecer parece encenderse desde dentro. A 1.200 metros, el aire huele a tomillo seco y tierra.
Es común no cruzarse con nadie. Las casas tienen portones de madera agrietada por el sol y balcones de hierro oxidado. No son una postal; son viviendas con corrales vacíos y bodegas excavadas en la roca, restos de un modo de vida que ya no está. La gente que queda son mayores, o familias que vuelven en julio y agosto. El resto del año, las calles de tierra son solo para los perros y el viento.
Desde cualquier salida del pueblo se ven los páramos. Un paisaje de caliza blanca, sabinas retorcidas y barrancos secos. La carretera a Molina de Aragón tarda unos cuarenta minutos; es donde se va a comprar pan o a la farmacia.
Una iglesia, muchas puertas
La iglesia parroquial es el edificio más alto. Dentro, el frío permanece incluso en agosto, y la luz entra por vidrieras sencillas. Pero lo que cuenta la historia no es el templo, sino las puertas de las casas: herrajes forjados a mano, cerraduras grandes como un puño, umbrales desgastados por las pezuñas del ganado. No hay museo. La arquitectura es la que servía para guardar el carro, las ovejas o la leña.
Los alrededores son caminos de tierra. Antiguas vías pecuarias que se pierden entre los pinos. Si caminas pronto, verás los rastros de jabalíes en el barro y escucharás el graznido lejano de los buitres que anidan en los cortados. La luz de la mañana es blanca y plana; la de la tarde, larga y dorada, alarga las sombras de las sabinas.
Silencio y cielo
Por la noche no hay farolas que lo estropeen. En septiembre, con la luna nueva, la Vía Láctea se ve como una mancha borrosa sobre los tejados. En invierno, el frío corta y las estrellas titilan con más fuerza.
La comida aquí es la de siempre: guisos de cordero, migas con uvas, embutido de la matanza. No hay cartas ni terrazas; lo que se encuentra es lo que haya preparado en casa quien te reciba.
Si vienes a andar, lleva botas. El terreno es pedregoso y las lluvias repentinas pueden convertir un camino en un reguero de barro. Incluso en pleno agosto, mete un jersey para cuando caiga el sol.
Fechas en el calendario
El pueblo despierta en agosto para las fiestas patronales. Es cuando suena música en la plaza y huele a carne asada. En enero, para San Antón, aún se encienden hogueras junto a las eras; el humo azul se eleva sobre los tejados helados. El resto del tiempo, las fechas pasan con poca ceremonia.
Llegar y quedarse
Se llega por carreteras comarcales desde Molina o desde Teruel. Son trazados sinuosos, vacíos, donde es más probable toparse con un rebaño que con otro coche. Si vienes desde Madrid, calcula bien la gasolina; no hay estación de servicio cerca.
En Setiles no hay horarios comerciales. Si necesitas algo, traelo contigo. La cobertura del móvil va y viene según la esquina en la que te pares.
Aquí el tiempo se mide por otras cosas: por la hora a la que da el sol en la fachada de la iglesia, por el canto del gallo en la granja de abajo, por el sonido del viento al colarse entre dos muros de piedra. No es nostalgia. Es lo que hay cuando se apagan los ruidos de fuera.