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sobre Tordesilos
Pueblo de la sexma del Pedregal; entorno de paramera y clima frío
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Llegas a Tordesilos después de ver más pinos que coches. Es uno de esos pueblos del Señorío de Molina donde el GPS se queda sin cosas que anunciar. Con setenta y pocos vecinos, aquí no hay tienda ni bar abierto todo el año. Lo que hay es silencio, el tipo de silencio que notas al cerrar la puerta del coche.
Si buscas animación, has equivocado el desvío. Si te va eso de caminar sin cruzarte con nadie, empieza a cuadrar.
Un paseo por sus calles
Lo ves rápido, en un cuarto de hora. Pero luego das otra vuelta, más despacio.
Las calles son estrechas, con mucha piedra y algunas fachadas de entramado de madera. Hay portones grandes, de cuando el ganado entraba y salía. No es un decorado; es lo que ha quedado. La iglesia de San Pedro es del XVI, un bloque sólido con muros gruesos, hecha para aguantar inviernos duros. En la plaza hay una fuente de piedra donde se lavaba la ropa cuando hacía buen tiempo.
Nada te va a dejar boquiabierto. Todo es bastante normal, y ahí está el punto.
El monte manda
Entiendes al momento por qué estos pueblos son así. El entorno lo explica todo.
Pinares, sabinas y ese monte bajo típico del Sistema Ibérico. En primavera brota algo de verde entre las rocas. En otoño todo se vuelve ocre y seco. Y en invierno, cuando nieva, el blanco puede durar semanas.
Del pueblo salen caminos que usan los vecinos. Algunos están claros, otros no tanto. Si quieres andar mucho rato, pregunta a alguien o lleva un mapa bueno; la señalización no es perfecta. Es terreno tranquilo para ver fauna si vas atento: corzos al amanecer, huellas de zorro en el barro y por la noche el grito de las rapaces.
Noches negras
Lo que flipas es con la noche.
Casi no hay contaminación lumínica. Cuando se va el sol, las estrellas salen como si alguien hubiera apagado una luz. Eso sí: aunque sea agosto, por la noche cae el fresco. A mil trescientos metros se nota.
Comer por aquí
La comida va acorde con el lugar: platos contundentes y sin complicaciones.
Migas, cordero asado o embutidos de la zona son lo habitual. En temporada hay setas en el monte (muy típico en todo el Señorío), pero si no controlas mejor no te lances a cogerlas tú solo.
No esperes cartas largas ni cocina creativa. Es la comida de siempre, la que pide cuerpo después de una mañana caminando.
Fiestas de vecinos
El calendario festivo es pequeño, como es lógico.
Las fiestas por San Pedro son a finales de junio: procesión, gente en la plaza y ese ambiente donde todos se conocen. En verano a veces hacen alguna comida popular o jornada al aire libre que junta a gente del pueblo y de otros sitios cercanos.
Todo muy local y sencillo.
Mejor época para ir
Primavera y otoño funcionan bien.
En primavera hace bueno para caminar y hay algo más de verde. El otoño tiene esa luz dorada y seca tan propia de esta Guadalajara. El verano es más llevadero que en el llano, aunque al mediodía el sol pega fuerte. El invierno puede ser duro: frío serio, nieve posible y carreteras que conviene consultar antes.
¿Vale la pena?
Depende totalmente de lo que busques.
Tordesilos no es un pueblo para poner en una lista de “los más bonitos”. Es un sitio al que vienes a andar un rato, a escuchar poco ruido y a ver cómo viven los pueblos pequeños del Señorío.
Mi resumen: no vengas solo por él. Pero si ya estás por la comarca y te desvías unos kilómetros, pillas rápido por qué este tipo de lugares tienen su público fiel. Aquí nada intenta impresionarte. Y quizá por eso funciona