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sobre Villanueva de Alcorón
Importante pueblo maderero del Alto Tajo; famoso por la Sima de Alcorón
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A unos 1.250 metros de altura, cuando el aire todavía baja frío de los páramos al amanecer, Villanueva de Alcorón aparece entre tonos de piedra gris y tejados apagados. A esa hora apenas se oye nada: alguna puerta que se abre, el eco de un coche que atraviesa la calle principal y el viento, constante, moviendo las ramas de los pinos que rodean el pueblo.
Aquí viven alrededor de 140 personas. No es un lugar que se transforme mucho con el paso de las estaciones, aunque la luz sí cambia: en verano cae seca y muy blanca sobre los campos; en invierno el paisaje se vuelve más duro, con heladas que duran toda la mañana y días en los que el hielo se queda pegado a las cunetas.
La carretera que llega hasta aquí atraviesa la meseta molinesa entre lomas suaves y pinares dispersos. No hay grandes núcleos cerca, y se nota. Conviene venir con el depósito del coche medio lleno y sin prisa: en esta parte del Señorío de Molina las distancias parecen más largas de lo que indican los kilómetros.
Calles cortas, piedra y silencio
El núcleo urbano es pequeño y compacto. En pocos minutos se recorre casi entero, pero merece la pena hacerlo despacio, fijándose en los detalles: portones de madera oscurecida por los años, muros de mampostería irregular, algún banco al sol donde se sientan los vecinos cuando el viento da tregua.
La iglesia de San Pedro Apóstol se levanta en el centro, con una fachada de piedra sobria que encaja bien con el paisaje austero del Señorío de Molina. No hay grandes adornos. Los muros gruesos y las ventanas pequeñas hablan más del clima que de la estética.
Muchas casas mantienen huertos o pequeños corrales en la parte trasera. En primavera se ven hileras de cebollas, patatas o alguna parra que empieza a brotar. Ese tipo de escenas aparecen de repente al doblar una esquina.
Si vienes en pleno invierno, lo más probable es que encuentres el pueblo muy tranquilo, incluso vacío a ciertas horas. El movimiento suele concentrarse a media mañana y al final de la tarde.
El páramo y las hoces del Alto Tajo
Lo que rodea a Villanueva de Alcorón pesa casi tanto como el propio pueblo. A pocos kilómetros empiezan los barrancos y cañones que anuncian la cercanía del Parque Natural del Alto Tajo.
El terreno alterna páramos abiertos con pinares donde el suelo se cubre de agujas secas que crujen al caminar. Desde algunos bordes del relieve se abren vistas largas hacia las hoces excavadas en la roca caliza. No siempre hay miradores señalizados: muchas veces basta con seguir un camino agrícola y caminar unos minutos para encontrar un borde desde el que el paisaje se despliega de golpe.
Conviene llevar agua y protección contra el sol si se sale a caminar en verano. En esta altitud la sombra escasea en los tramos de páramo y el viento engaña: refresca la sensación térmica pero el sol sigue cayendo fuerte.
Caminos, setas y aves sobre los cortados
Alrededor del pueblo salen pistas de tierra y senderos que utilizan agricultores, ganaderos o vecinos que se acercan al monte. Algunos recorridos son cortos y se hacen en menos de una hora; otros se alargan hacia zonas más abruptas cerca del Alto Tajo.
En otoño, cuando las lluvias acompañan, los pinares cercanos suelen atraer a quienes buscan setas. Es una actividad muy presente en la comarca, pero conviene ser prudente: muchas especies se parecen entre sí y no todas son seguras para el consumo.
Sobre los cortados del parque natural no es raro ver buitres leonados aprovechando las corrientes de aire. A veces aparecen también águilas, planeando despacio sobre el valle. No hace falta equipo especial, aunque unos prismáticos ayudan mucho a seguir el vuelo cuando ganan altura.
Invierno largo, veranos tranquilos
El clima marca bastante la vida aquí. Los inviernos son largos y fríos, con heladas frecuentes y episodios de nieve algunos años. Cuando eso ocurre, el paisaje queda cubierto de blanco y el silencio se vuelve aún más profundo.
En verano el pueblo revive algo más: regresan familias que tienen casa aquí y las calles recuperan conversación al caer la tarde, cuando el sol baja y la temperatura se vuelve más llevadera.
Las fiestas patronales suelen celebrarse a finales de junio, un momento en que muchos vecinos que viven fuera regresan durante unos días. Son celebraciones sencillas, muy de pueblo: procesión, reuniones familiares y mesas largas donde se alarga la sobremesa.
Al caer la noche, lejos de cualquier ciudad grande, el cielo se abre con una claridad poco habitual. Basta caminar unos metros fuera del casco urbano para ver la franja blanquecina de la Vía Láctea cruzando el páramo en silencio. Aquí la oscuridad todavía es de verdad.