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sobre Lagunaseca
Una de las localidades más altas; acceso al Monumento Natural de las Torcas
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A primera hora, cuando el sol apenas supera la línea de pinos, Lagunaseca todavía está medio en sombra. El aire baja frío desde el pinar y huele a resina húmeda. Alguna puerta de madera se abre, se oye un coche arrancar y poco más. En Lagunaseca, un pueblo pequeño de la Serranía Alta de Cuenca, el silencio no es una idea romántica: es simplemente lo que hay la mayor parte del tiempo.
El caserío aparece en una ladera abierta, con casas de piedra clara y tejados inclinados pensados para que la nieve no se quede demasiado tiempo encima. Muchas viviendas están cerradas buena parte del año. Aun así, el trazado del pueblo sigue contando su historia: corrales adosados, pequeños huertos cercados con piedra y muros gruesos que guardan el calor cuando llegan los inviernos largos.
El nombre del pueblo parece venir de las lagunas estacionales que antiguamente se formaban en las depresiones cercanas. Hoy muchas apenas se distinguen entre matorral y pinar, pero el terreno sigue teniendo ese aspecto irregular de la caliza trabajada por el agua.
Calles cortas y una iglesia sobria
El centro del pueblo se resume en una pequeña plaza desde la que salen unas pocas calles. Los nombres —Calle del Molino, Camino de la Peña— recuerdan oficios y lugares que durante años marcaron el ritmo de la vida aquí.
La iglesia, levantada probablemente en el siglo XVIII, es sencilla: muros gruesos, piedra clara y una campana pequeña que se oye bien cuando todo alrededor está en calma. Desde la puerta, si el día está limpio, el horizonte se abre hacia las parameras de la Serranía Alta. El paisaje parece plano desde lejos, pero al caminarlo aparecen barrancos, dolinas y pequeñas elevaciones que rompen la línea del páramo.
Caminar por los pinares de alrededor
El territorio que rodea Lagunaseca está cubierto en buena parte por pino albar. Entre los árboles aparecen jaras, brezos y claros donde el suelo se vuelve pedregoso y blanco. Hay senderos, algunos marcados y otros que simplemente existen porque alguien los ha usado durante años: pastores, cazadores, vecinos que se mueven entre fincas.
En estas rutas conviene ir atento. La señalización no siempre es clara y a veces el camino se reconoce más por detalles pequeños que por carteles: un mojón de piedra, marcas de pintura en un tronco, una trocha que baja hacia una vaguada.
En las zonas de roca caliza aparecen depresiones conocidas localmente como las Lagunas, torcas que se llenan de agua cuando las lluvias son generosas. No siempre están visibles; en años secos quedan cubiertas por vegetación baja.
Al amanecer o al final de la tarde no es raro ver movimiento entre los pinos: zorros cruzando rápido el camino o cabras montesas en las laderas más abruptas.
Cuando llega el invierno
En invierno el paisaje cambia mucho. La nieve suele cubrir las parameras y el pueblo queda todavía más silencioso. Las casas cerradas y los tejados blancos hacen que todo parezca detenido.
No hay infraestructuras para deportes de nieve, pero quien esté acostumbrado a caminar en invierno puede recorrer los pinares con raquetas o buenas botas. Conviene informarse antes del estado de las carreteras de la zona: cuando nieva, algunos tramos de acceso pueden complicarse.
Por la noche el cielo se ve limpio, con muy poca contaminación lumínica. Si el frío lo permite, basta salir unos metros del pueblo para notar la diferencia.
Fiestas y vecinos que vuelven en agosto
La población estable es pequeña, pero a mediados de agosto el ambiente cambia. Muchos vecinos que viven fuera regresan esos días y el pueblo recupera movimiento: puertas abiertas, conversaciones en la calle y actos ligados a la iglesia.
Durante esas jornadas las calles se llenan de gente que mantiene alguna relación con Lagunaseca, aunque ya no viva aquí todo el año. El resto del calendario vuelve a su ritmo habitual, tranquilo y bastante solitario.
Comer y dormir cerca
En Lagunaseca no hay bares ni restaurantes abiertos de forma permanente. Para comer o alojarse lo habitual es desplazarse a localidades cercanas de la Serranía, donde sí hay servicios durante buena parte del año.
Conviene llevar algo de comida o agua si se piensa caminar por los alrededores, sobre todo fuera del verano.
Cómo llegar y cuándo venir
La forma más directa de llegar suele ser desde Cuenca en dirección a la Serranía Alta, pasando por la zona de Tragacete. Son alrededor de setenta kilómetros por carreteras de montaña entre pinares. La mayor parte está asfaltada, aunque hay curvas y algunos tramos donde conviene conducir con calma.
No existe transporte público regular hasta el pueblo, así que el coche resulta prácticamente necesario.
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para recorrer la zona. En mayo el monte se llena de flores y el pinar huele con más intensidad tras las lluvias. En otoño el suelo se cubre de agujas secas y hojas doradas.
El verano aquí es más suave que en el llano, aunque en agosto hay algo más de movimiento. El invierno, en cambio, exige venir preparado: frío, posibles nevadas y carreteras que a veces obligan a tomarse el viaje con paciencia.
Lagunaseca funciona mejor cuando se visita sin prisa. No hay mucho que “hacer” en el sentido habitual. Lo que hay es paisaje, silencio y caminos que salen del pueblo en varias direcciones, perdiéndose entre pinos y piedra clara. Aquí el tiempo se mide más por la luz del día que por el reloj.