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sobre Valdemeca
Pueblo de alta montaña famoso por su paisaje escultórico al aire libre
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Hay pueblos que parecen un error del GPS. Llegas a Valdemeca, miras el móvil y piensas: “aquí no puede haber gran cosa”. Luego levantas la vista y empiezan a aparecer esculturas entre las casas, en una esquina, junto al lavadero, al lado de un muro. Y de repente el sitio cambia.
Valdemeca tiene poco más de ochenta vecinos. Para entender la escala: algo así como una clase de instituto llena. Está en la Serranía Alta de Cuenca y llegar hasta aquí ya te avisa de por dónde van los tiros. Carretera con curvas, subidas, bajadas y algún momento en el que dudas si te has pasado el desvío.
Y sin embargo aquí hay más de veinte esculturas repartidas por el pueblo.
Las esculturas que cambiaron el ambiente del pueblo
Hace un tiempo Valdemeca estaba en esa situación que se repite por media España rural. Casas cerradas, cada vez menos gente viviendo todo el año y el bar abriendo cuando podía.
Entonces empezó el proyecto de las esculturas. Hierro, piedra y escenas de la vida de aquí. Pastores, mujeres lavando, gente trabajando. No están en un parque ni en un recinto. Están mezcladas con el pueblo, como si siempre hubieran estado ahí.
La del estiragarrotes suele llamar la atención. El juego era una especie de pulso con un palo largo entre dos personas sentadas en el suelo. Fuerza, equilibrio y bastante orgullo. Algo así como el gimnasio del pueblo antes de que existieran los gimnasios.
Lo curioso es ver cómo reacciona la gente que llega. Algunos recorren el pueblo entero buscando esculturas como si fuera una gincana. Otros se quedan charlando con quien encuentran por la calle. Y al final todo pasa delante del bar, que sigue siendo el verdadero punto de reunión.
La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción
La iglesia está en el centro del pueblo, como suele pasar en sitios así. No es enorme ni busca impresionar. Es la típica iglesia que forma parte del paisaje desde hace generaciones.
Dentro hay ese silencio muy de pueblo pequeño. Si vienes de ciudad se nota enseguida. Al principio incluso resulta raro. Luego te acostumbras y te quedas un rato más del que pensabas.
Al salir vuelves a encontrarte con las esculturas. Una junto a una pared de piedra, otra mirando hacia la calle. Funcionan casi como pequeñas escenas congeladas de la vida de antes.
La Hoz de Valdemeca
A pocos kilómetros del pueblo el paisaje cambia de golpe. La Hoz de Valdemeca abre un corte profundo entre las montañas por donde corre el Júcar. Es de esos lugares donde el terreno manda y el camino se adapta.
Hay senderos que bajan hacia el fondo del valle. La bajada se hace fácil. La vuelta ya es otra conversación, sobre todo en verano. Conviene ir con calma y llevar agua.
Abajo el sonido del río lo llena todo. Cuando no pasa nadie, lo único que se oye es el agua y algún pájaro. Es uno de esos rincones donde el móvil deja de tener mucha utilidad.
Cuando llega el verano
En agosto el pueblo cambia de ritmo. Regresan familias que tienen casa aquí y las calles se llenan más de lo habitual. No es una avalancha, pero se nota.
Por la noche el cielo se ve limpio, con muchas más estrellas de las que uno está acostumbrado a ver en ciudad. La conversación suele alargarse en la plaza o a la puerta de casa, que es una costumbre que en estos pueblos todavía se mantiene.
En invierno todo vuelve a la calma. A veces nieva y el paisaje queda completamente blanco. Las esculturas aparecen cubiertas de nieve y el pueblo recupera ese silencio que tienen los sitios pequeños cuando se quedan solo con sus vecinos de siempre.
Algunas cosas que conviene tener en cuenta
Valdemeca no es un decorado ni un parque temático. La gente vive aquí todo el año, así que lo normal es recorrer el pueblo con calma y sin tratar las esculturas como si fueran un atrezzo para fotos rápidas.
Si el bar está lleno, toca esperar un poco. Aquí las cosas van a otro ritmo y nadie tiene prisa. Forma parte del ambiente del pueblo.
Y si decides bajar a la hoz, mejor hacerlo con cabeza. El terreno es de montaña y el camino exige algo de atención, sobre todo en la subida de vuelta.
Valdemeca tiene lo que tiene: un pueblo pequeño, una carretera que se toma su tiempo y cobertura irregular. Pero también tiene algo que no aparece en los folletos. La sensación de que aquí las ideas nacen porque alguien del pueblo decide intentarlo, no porque venga un plan desde fuera.
Las esculturas son un buen ejemplo. No convierten a Valdemeca en una ciudad del arte. Pero sí han conseguido que la gente llegue, mire alrededor y se quede un rato más de lo previsto. A veces eso ya es suficiente.