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sobre Vega del Codorno
Lugar del Nacimiento del Río Cuervo; disperso en barrios en un valle precioso
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¿Sabes cuando alguien te dice “vamos a dar una vuelta” y acabas en un sitio donde parece que el reloj se ha quedado un poco atrás? Algo así me pasó la primera vez que llegué a Vega del Codorno. Veníamos desde Cuenca por una de esas carreteras que se van estrechando poco a poco, con pinos a los lados y la sensación de que cada curva te aleja un poco más del ruido.
El pueblo es pequeño —apenas un puñado de calles y poco más de un centenar de vecinos— y está en un rincón tranquilo de la Serranía Alta. Aquí el silencio no es dramático ni solemne. Es más bien como cuando apagas la tele en casa y de repente te das cuenta de que todo estaba sonando demasiado alto.
Qué hay en el pueblo
Si vienes buscando monumentos grandes o museos, mejor ajustar expectativas desde el principio. Vega del Codorno juega otra liga.
El casco urbano es breve: casas de piedra, tejados inclinados y calles que se recorren en un paseo corto. Todo tiene ese aire de pueblo de sierra donde las cosas se han ido arreglando con los años sin cambiar demasiado la forma original.
La referencia más clara es la iglesia parroquial, también de piedra y con un campanario bastante sencillo. Desde algunos puntos de los alrededores —sobre todo cuando te alejas un poco por los caminos— es lo primero que sobresale entre los tejados.
No es un sitio para ir tachando lugares en un mapa. Es más bien de caminar sin prisa y mirar alrededor.
Caminar por la Serranía
Lo fuerte de Vega del Codorno está fuera del casco urbano. En cuanto sales del pueblo empiezan los pinares de pino albar, praderas abiertas y pistas forestales que se pierden entre lomas.
Hay varios caminos señalizados y otros que usan sobre todo los vecinos: antiguos pasos de ganado, sendas que conectaban aldeas o pistas que suben hacia zonas más altas de la sierra. Desde algunos puntos se abren vistas amplias de estas montañas redondeadas que caracterizan la zona.
Con un poco de suerte es fácil ver movimiento en el monte. Corzos cruzando algún claro, aves rapaces planeando o rastros de fauna cerca de los arroyos. Esta parte de la Serranía de Cuenca lleva años bajo distintas figuras de protección, así que el paisaje se mantiene bastante salvaje.
Caminar por aquí tiene algo curioso: no da la sensación de estar en un parque preparado para visitantes. Más bien parece el mismo monte que han usado pastores y ganaderos durante generaciones.
Invierno, nieve y otras estaciones
Cuando nieva, el paisaje cambia bastante. Los pinares se cubren y los caminos se vuelven más silenciosos todavía. Hay gente que sale con raquetas cuando la nieve aguanta, aunque conviene ir con cabeza porque muchas rutas no están señalizadas como en estaciones de montaña.
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradables para andar. En los pinares también hay tradición micológica cuando llega la temporada buena, aunque aquí los vecinos son bastante discretos con los sitios donde aparecen.
El verano tiene dos caras: de día puede apretar el sol, pero por la noche refresca bastante. De esas noches en las que acabas buscando una chaqueta aunque estés en julio.
Un sitio pequeño (y eso está bien)
Conviene decirlo claro: Vega del Codorno se recorre rápido. En una hora puedes caminar por las calles principales sin problema.
Pero ese no es realmente el plan. Este es el tipo de sitio al que vienes para estirar las piernas por la sierra, pasar unas horas en el monte y luego volver al pueblo con esa sensación de haber estado en un lugar donde la vida sigue otro ritmo.
A veces te llevas fotos que se parecen a muchas otras de la Serranía: pinos, piedra, cielo limpio. Y aun así, cuando vuelves a casa, recuerdas el silencio del camino y ese momento en el que miras alrededor y no hay absolutamente nada más que monte. Y oye, eso también cuenta.