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sobre Mira
Pueblo con casco urbano escalonado y cerámica tradicional; entorno de sierra y río
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A las ocho de la mañana, la plaza todavía está medio vacía. La luz entra por las rendijas de las ventanas de la iglesia de Santa María la Mayor y cae en franjas pálidas sobre la piedra. Alguna persiana empieza a levantarse y se oye el golpe seco de una puerta en una calle cercana. El turismo en Mira empieza así, casi siempre en silencio, con el olor de los pinares que rodean el pueblo bajando con el aire fresco de primera hora.
Mira está en la Serranía Baja de Cuenca, cerca del límite con la provincia de Teruel. El paisaje cambia a medida que uno se acerca: primero campos abiertos, luego pinares cada vez más densos y, al final, el pueblo recogido entre laderas suaves y barrancos. Aquí viven menos de mil personas y el ritmo se parece bastante al de hace décadas: coches que pasan despacio, vecinos que se saludan desde las puertas, herramientas apoyadas en las paredes de los corrales.
La iglesia y las calles del casco antiguo
La iglesia de Santa María la Mayor marca el centro del pueblo. Su torre cuadrada se ve desde varios puntos cuando vas subiendo por las calles. El edificio tiene origen antiguo —de finales de la Edad Media, según suele contarse— y ha ido cambiando con reformas posteriores. Dentro, la luz es tenue y el olor a madera vieja se queda un rato en la ropa cuando sales.
Alrededor de la iglesia salen calles estrechas donde las casas mezclan piedra, yeso y balcones de madera oscurecida por los años. En algunas fachadas aún se ven escudos o fechas grabadas en la piedra. Otras tienen portones grandes que dan a patios interiores donde aparecen macetas, herramientas y, a veces, gallinas sueltas.
Caminar por aquí no tiene mucho misterio: basta con dejarse llevar por las cuestas. En pocos minutos cambian las vistas del valle y de los montes cercanos.
Pinares, barrancos y caminos de tierra
El entorno natural empieza prácticamente en la última casa. Los pinares rodean Mira por casi todos los lados y el olor a resina se nota sobre todo cuando el sol calienta a media mañana. Entre los árboles salen caminos forestales y senderos que llevan hacia barrancos estrechos y pequeñas fuentes que los vecinos siguen usando en verano.
La hoz del río Mira abre algunos tramos más abruptos del paisaje. Desde ciertos puntos altos se ven los bancales antiguos dibujando líneas rectas en la ladera, muchos ya cubiertos por matorral y pino joven.
Quien venga a caminar encontrará bastante pista de tierra y sendas sencillas. Conviene traer agua si hace calor: en verano el sol cae fuerte a partir del mediodía y hay tramos sin sombra.
Setas, campo y cocina de casa
El calendario aquí sigue teniendo mucho que ver con el campo. Cuando llega el otoño, los pinares se llenan de gente buscando níscalos y otras setas. No es raro ver coches aparcados en los márgenes de los caminos los fines de semana de temporada.
Eso sí: si no se conocen bien las especies, lo prudente es no recoger nada. Cada año se recuerdan historias de confusiones que no acaban bien.
En la mesa aparecen platos muy ligados a ese mundo rural. El morteruelo —una pasta espesa hecha con carnes de caza o matanza— sigue preparándose en muchas casas cuando aprieta el frío. También las migas ruleras, hechas con pan asentado, ajo, chorizo y pimientos, que suelen comerse en grupo, directamente de la sartén grande.
Aves y silencio en los alrededores
A primera hora del día es fácil ver rapaces planeando sobre los pinares. Ratoneros, aguiluchos y otras aves aprovechan las corrientes de aire que suben desde los barrancos. Si caminas despacio por los caminos de tierra, también aparecen jilgueros o grajillas moviéndose entre los matorrales.
El sonido dominante sigue siendo el del viento entre los pinos. A veces se mezcla con algún perro ladrando en una casa lejana o con el motor de un tractor que vuelve del campo.
Fiestas que reúnen al pueblo
Las fiestas patronales suelen celebrarse en agosto y giran alrededor de San Bartolomé. Durante esos días el pueblo cambia: llegan familiares que viven fuera, se montan actos en la plaza y las procesiones recorren las calles principales.
En enero, alrededor de San Antón, todavía se encienden hogueras en algunas zonas del pueblo, una costumbre muy extendida en Castilla-La Mancha cuando aprieta el invierno. Y en Semana Santa las procesiones son más recogidas, con recorridos cortos por el centro.
Si se busca tranquilidad, conviene evitar los días grandes de agosto. El ambiente es animado, pero el pueblo se llena bastante más de lo habitual.
Llegar y moverse por Mira
La carretera que llega a Mira atraviesa pinares y curvas suaves antes de entrar en el pueblo. Lo habitual es aparcar cerca del centro y moverse a pie: las distancias son cortas, aunque algunas calles tienen bastante pendiente.
Lo mejor es recorrerlo sin prisa. En Mira los detalles aparecen poco a poco: una ventana con geranios rojos, una acequia que corre junto a la calle, el sonido de una radio antigua saliendo por una puerta entreabierta. Son cosas pequeñas, pero terminan dibujando el carácter del lugar.