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sobre Moya
Municipio que alberga la impresionante villa medieval en ruinas de Moya; conjunto histórico-artístico
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La primera vez que oí hablar de turismo en Moya alguien me dijo algo así como: “ve, pero no esperes un pueblo lleno de tiendas y terrazas”. Y tenía razón. Moya, en la Serranía Baja de Cuenca, juega en otra liga. Aquí viven poco más de un centenar de personas y la sensación es parecida a cuando entras en una casa vieja que lleva años en la familia: todo está un poco gastado, pero tiene sentido.
El pueblo se levanta sobre un promontorio rocoso. Desde abajo ya se ve que el sitio se eligió con cabeza. Controla el paisaje y obliga a subir por una cuesta que, en otros tiempos, tenía más lógica defensiva que turística.
Un recinto que recuerda lo que fue
Moya fue una plaza importante durante siglos, y eso todavía se nota al caminar por el recinto histórico. No hace falta ser experto en historia para darse cuenta de que aquí hubo más movimiento del que hay hoy.
Quedan tramos de muralla, puertas antiguas y edificios que recuerdan que este lugar llegó a tener peso en la zona. El conjunto no está pulido ni convertido en parque temático. Algunas partes están restauradas y otras muestran el desgaste de los años. Personalmente, prefiero que sea así. Te obliga a imaginar cómo era la vida aquí cuando la villa estaba llena.
Calles tranquilas y casas de piedra
Dentro del casco urbano las calles son estrechas y con desniveles. A ratos parece que el pueblo se hubiera construido adaptándose a la roca más que al revés.
Las casas mantienen bastante piedra vista, vigas de madera y tejados inclinados. También hay portones grandes, de los que sugieren cuadras o almacenes de otro tiempo. No todo está habitado. Varias viviendas permanecen cerradas gran parte del año, algo bastante común en pueblos pequeños de esta sierra.
La iglesia parroquial dedicada a Nuestra Señora del Rosario sigue siendo el punto más reconocible del pueblo. Desde fuera es sobria. Dentro conserva un retablo de madera con imágenes religiosas que llaman más la atención que la fachada.
El paisaje alrededor de Moya
Si algo explica Moya es lo que tiene alrededor. Pinares extensos, sabinas y barrancos que se abren de repente cuando menos te lo esperas.
Desde algunos bordes del pueblo se ven laderas largas cubiertas de bosque. En verano el paisaje tira a verde oscuro. En invierno el tono cambia y el viento se nota más. A veces nieva y todo queda bastante silencioso durante unos días.
Es el tipo de entorno donde el coche deja de ser útil en cuanto te alejas del pueblo. Tarde o temprano toca caminar.
Caminos que salen sin avisar
Desde varias calles arrancan pistas y senderos que se internan en el monte. Algunos siguen antiguos caminos ganaderos. Otros parecen simples accesos forestales.
No esperes demasiada señalización. Lo habitual es llevar mapa o preguntar a algún vecino antes de salir. El terreno alterna zonas suaves con cuestas que se hacen notar, sobre todo si llevas rato andando.
Si caminas temprano o al atardecer es fácil ver movimiento entre el matorral. En la zona viven jabalíes, zorros y bastantes aves rapaces. En lo alto de los cortados a veces se ven buitres planeando con calma.
Agosto, cuando el pueblo se llena
Durante buena parte del año Moya es un lugar tranquilo. Muy tranquilo. Pero en agosto cambia el ambiente.
Muchos vecinos que viven fuera regresan unos días y el pueblo recupera ruido y conversaciones en la calle. Las fiestas en honor a la Virgen del Rosario suelen concentrar esos encuentros. Procesiones, reuniones familiares y charlas largas en la puerta de casa. Cosas sencillas que aquí siguen teniendo peso.
Moya no intenta competir con destinos más famosos de la provincia. Es más bien ese tipo de sitio al que vas con calma, das un paseo largo por las murallas, miras el paisaje y entiendes por qué algunos pueblos prefieren seguir a su ritmo. Y la verdad, no es mala forma de pasar una tarde.