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sobre Paracuellos
Pueblo con castillo en ruinas y entorno serrano; tranquilo y pintoresco
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A última hora de la tarde, cuando el sol ya cae hacia la sierra, las paredes de piedra de Paracuellos cambian de color. No es un efecto rápido. Primero se apagan los tonos grises y luego aparece un dorado mate en las tejas y en los muros. Si te quedas un rato en el borde del pueblo, lo único que se oye es algún pájaro y el viento moviendo las ramas bajas de los pinos.
El turismo en Paracuellos tiene que ver más con ese ritmo que con otra cosa. El pueblo está en la Serranía Baja de Cuenca, cerca de los mil metros de altitud, y apenas supera el centenar de habitantes. Desde la carretera apenas se distingue. Solo al entrar aparecen las calles estrechas que siguen la pendiente del terreno, con casas de piedra y mampostería que se han ido arreglando sin cambiar demasiado la forma original.
En el centro está la iglesia parroquial. Es un edificio sencillo, de los que hablan más del trabajo de los vecinos que de grandes proyectos arquitectónicos. Las paredes muestran reparaciones de distintas épocas y el interior suele estar en silencio. A veces la puerta queda abierta durante el día, y dentro se nota el cambio de temperatura respecto a la calle.
Las calles bajan y suben sin un trazado claro. Hay pequeños corrales, portones de madera y alguna pared donde todavía se ven marcas antiguas en la piedra. El pueblo no tiene una plaza grande ni un espacio que concentre todo. La vida se reparte en varios rincones y en los caminos que salen hacia el campo.
Alrededor empiezan los pinares y el monte bajo. Encinas dispersas, romero, aliagas y tierra clara entre los árboles. Después de la lluvia es fácil ver huellas en los caminos: jabalí, algún zorro, perros de las casas cercanas. Los animales casi nunca se dejan ver, pero las señales quedan ahí, marcadas en el barro o en la arena fina de los senderos.
Los caminos que salen del pueblo no están pensados como rutas señalizadas. Son pistas de tierra que usan los vecinos para llegar a campos y montes. Algunos tienen pendiente suave; otros suben un poco más hacia los cerros cercanos. Conviene llevar agua en verano y evitar las horas centrales del día, porque la sombra no siempre es continua.
La luz cambia bastante a lo largo del día. Por la mañana el aire suele estar más claro y los pinares se ven oscuros contra el cielo. Al atardecer los cerros toman tonos ocres y el pueblo queda medio en sombra. Cuando anochece del todo, la falta de farolas fuera del núcleo deja un cielo muy limpio. En noches despejadas se distinguen bien las constelaciones.
En las casas del pueblo la cocina sigue siendo la de la zona. En invierno es habitual preparar platos contundentes de la tradición manchega, pensados para jornadas largas en el campo. No es raro que aparezcan setas de los pinares cercanos cuando llega la temporada.
El calendario festivo se concentra sobre todo en verano, cuando regresan vecinos que viven fuera durante el resto del año. Las calles se llenan más de lo habitual y hay actos religiosos y reuniones en torno a la iglesia y las casas familiares. Durante el resto del año el ambiente vuelve a ser tranquilo.
Desde Cuenca capital el trayecto suele llevar algo más de una hora por carreteras comarcales con bastantes curvas. Conviene tomárselo con calma, sobre todo al amanecer o al caer la tarde, cuando es más fácil encontrar fauna cerca del asfalto.
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. El verano trae calor fuerte al mediodía, aunque las noches refrescan con rapidez debido a la altitud.
Paracuellos no tiene grandes reclamos ni infraestructuras pensadas para recibir mucha gente. Es un pueblo pequeño de la Serranía Baja donde lo más interesante ocurre despacio: la luz cambiando sobre la piedra, los caminos de tierra que salen hacia el monte y el silencio que queda cuando cae la tarde.