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sobre San Martín de Boniches
Pequeña aldea rodeada de formaciones rocosas y bosques; gran belleza paisajística
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El primer olor, al bajar del coche, es a tierra mojada y a pino. Es un olor que se queda en la ropa. Las calles están vacías a mediodía de un martes; solo se oye el rumor del viento en los cables y, más lejos, en las copas de los árboles. Un gato cruza sin prisa. Este es el ritmo de un pueblo de cuarenta y tres personas, donde la vida ocurre dentro de las casas de mampostería oscura, con sus tejados de teja árabe a dos aguas.
San Martín de Boniches está en la Serranía Baja conquense. Es uno más de esos pueblos que se agarran a la ladera, rodeados por un mar de pinos. La arquitectura no es decorativa; es funcional. Los muros son gruesos, las ventanas no demasiado grandes. Todo habla de inviernos duros y de un sol de verano que calienta la piedra.
La plaza y la iglesia: el punto quieto
La plaza es una losa irregular de cemento, con un banco y una farola. No es monumental, pero cumple su función: es donde se para la gente a hablar. La luz del atardecer le da un tono dorado a la fachada de la iglesia, que está justo al lado.
La iglesia de San Martín Obispo es un volumen compacto. Si das una vuelta a su alrededor, ves cómo el terreno cae hacia el barranco. Desde ahí se entiende la posición del pueblo, encajado entre dos lomas. No hay vallas ni carteles explicativos; solo la piedra, el musgo en las juntas y la vista hacia el bosque.
Los caminos del monte
De los últimos edificios salen pistas de tierra. No están señalizadas como rutas de senderismo; son caminos de siempre. Uno conduce a una antigua era, otro se pierde entre los árboles siguiendo el curso de un arroyo seco.
El suelo es pedregoso y hay raíces. Conviene llevar botas con buen agarre. En otoño, es común cruzarse con gente que lleva una navaja y una cesta de mimbre. Recolectan níscalos y senderuelas. Si no sabes, no toques; limítate a observar el color óxido de las agujas caídas sobre el mantillo.
A veces, el bosque se abre en un claro natural. Desde ahí se ve la sucesión de lomas, todas cubiertas del mismo verde oscuro. No hay mirador construido; solo un trozo de tierra desde donde el paisaje se muestra sin intermediarios.
El color del año
La primavera huele a tomillo y a hierba recién cortada en los huertos. Los verdes son líquidos, casi brillantes. En junio ya aprieta el sol y el aire se carga con el aroma resinoso que desprenden los pinos al calor.
El otoño trae otro sonido: el crujido de la hojarasca bajo las botas. Las mañanas tienen ese frío que cala hasta los huesos y obliga a salir con jersey. En invierno, cuando nieva, todo se cubre de un blanco denso que amortigua cualquier ruido. Las carreteras comarcales pueden tener placas de hielo; si vienes entonces, revisa el tiempo y lleva cadenas.
Vida concentrada
Aquí no hay tienda ni bar abierto todo el día. La vida social se reduce a la plaza y a las puertas de las casas. En agosto, con las fiestas patronales, el pueblo duplica su población temporalmente. Se oye música, hay gente en la calle hasta tarde.
El resto del año, el silencio es lo que más llama la atención al forastero. Un silencio activo, lleno de pequeños sonidos: una puerta que se cierra, una conversación lejana, el viento constante. No vengas buscando animación o servicios turísticos. Vienes por esto: por caminar por una pista forestal donde no te cruzas con nadie, por sentarte en esa plaza vacía y dejar que el día pase lentamente. Por ver cómo un pueblo pequeño sigue aquí, sostenido por el monte y por quienes decidieron quedarse.