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sobre Villar del Humo
Patrimonio de la Humanidad por sus pinturas rupestres; paisaje espectacular de arenisca
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A primera hora de la mañana, cuando el aire todavía baja frío desde los barrancos, Villar del Humo se despierta despacio. Huele a resina de pino y a tierra seca. Desde el borde del pueblo la vista cae de golpe hacia un paisaje áspero, de rocas y laderas quebradas donde el viento corre sin encontrar apenas obstáculos.
El turismo en Villar del Humo tiene más que ver con caminar y observar que con tachar monumentos. Es un municipio pequeño de la Serranía Baja conquense, con algo menos de doscientos habitantes, donde las casas de piedra se agrupan sin demasiado orden alrededor de unas pocas calles. Muchas conservan muros gruesos y tejados de teja curva que han ido oscureciendo con los años.
En la plaza se levanta la iglesia parroquial, dedicada a San Pedro. Es un edificio sobrio, de piedra clara, que parece hecho para aguantar inviernos largos y veranos secos. No hay grandes adornos: muros gruesos, volumen compacto y una torre que se ve desde varios puntos del pueblo.
Las pinturas rupestres en los barrancos cercanos
Lo más antiguo de Villar del Humo no está en sus calles sino en los abrigos de roca que se esconden en los barrancos de alrededor. Allí aparecen figuras humanas, animales y escenas de caza pintadas hace miles de años. Forman parte del conjunto de arte rupestre del arco mediterráneo reconocido por la UNESCO a finales de los noventa.
Los abrigos no están junto a la carretera ni señalizados de forma evidente. Normalmente se visitan con guía, porque muchos se encuentran en zonas de acceso complicado y las pinturas, pequeñas y frágiles, pasan desapercibidas si nadie te indica dónde mirar. Cuando por fin distingues las figuras rojizas sobre la piedra, cuesta pensar que llevan ahí tanto tiempo resistiendo al sol, al viento y a los inviernos de la sierra.
Caminar por las hoces y los pinares
Alrededor del pueblo el terreno se rompe en barrancos profundos. Los senderos bajan entre pinos carrascos, sabinas y alguna encina aislada. En verano el suelo cruje bajo las botas; en otoño, después de varios días de lluvia, la tierra se vuelve oscura y huele con más fuerza.
No todo está asfaltado. Muchos caminos son pistas de tierra donde conviene conducir despacio, sobre todo si ha llovido. También es buena idea llevar agua incluso en rutas cortas: la sombra aparece y desaparece rápido entre los cortados.
Si uno se detiene en silencio, el paisaje se llena de movimiento. Buitres leonados giran sobre las corrientes de aire que suben por las paredes de roca. A veces aparece algún halcón peregrino, más rápido, cruzando el barranco como una flecha.
Un pueblo pequeño que sigue su ritmo
El casco urbano es sencillo y se recorre en poco tiempo. Calles cortas, algunas en cuesta, donde todavía se ven portones de madera gastada y muros remendados varias veces. Aquí la vida diaria pesa más que cualquier discurso turístico.
Villar del Humo suele estar tranquilo incluso en verano, aunque los fines de semana pueden llegar visitantes que se acercan a ver las pinturas rupestres o a caminar por la sierra. Si buscas silencio de verdad, lo mejor es venir entre semana o fuera de agosto.
Cuando cae la tarde, el sol golpea de lado las fachadas de piedra y el pueblo vuelve a quedarse casi en silencio. Desde las afueras se ven las últimas luces encendidas y, detrás, el perfil oscuro de los barrancos. En esta parte de la Serranía Baja el paisaje manda, y el pueblo simplemente se adapta a él.