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sobre Albaladejo del Cuende
Pueblo situado en la ribera del río Júcar; entorno ideal para disfrutar de la naturaleza ribereña
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Albaladejo del Cuende es como cuando te sales de la autovía para repostar y acabas en un pueblo donde todo va a otro ritmo. No porque pase algo extraordinario, sino porque nadie parece tener prisa. Este municipio de la Serranía Media, en la provincia de Cuenca, ronda los 200 vecinos. Y se nota. El silencio aquí pesa un poco más que en otros sitios, como cuando entras en una iglesia a media tarde y te quedas un segundo quieto sin saber muy bien por qué.
Las calles principales —Calle Mayor, el Callejón del Toril y algunas más que se cruzan sin demasiada lógica— tienen ese trazado irregular que recuerda a los pueblos que crecieron poco a poco, sin plano previo. Casas de mampostería, tejados de teja árabe y muros que han visto pasar varias generaciones. La iglesia parroquial de San Pedro Apóstol se reconoce rápido porque sobresale sobre el resto de tejados. Tiene esa presencia de edificio que siempre ha estado ahí, como la plaza del pueblo en la que todos hemos quedado alguna vez. Su origen se sitúa en torno al siglo XVI y el campanario todavía marca ciertos momentos del día.
Pasear por el casco urbano va sacando detalles pequeños. Algunas bodegas excavadas en roca, corrales antiguos, portones de madera que pesan como las puertas de un granero. Muchos elementos parecen venir del siglo XVIII o de épocas parecidas, aunque en estos pueblos las fechas a veces se mezclan con la memoria de los vecinos. La agricultura y la ganadería siguen formando parte del paisaje cotidiano. No es raro ver remolques con paja o alguien moviendo leña, como quien está haciendo lo mismo que hacía su abuelo.
El entorno natural cambia bastante en cuanto sales del núcleo. Alrededor aparecen pinares que bajan hacia las laderas del río Cuco. Caminar por allí tiene algo de paseo largo de domingo: caminos de tierra, olor a resina y tramos donde solo se oye el viento moviendo las copas. En primavera y otoño la luz cambia mucho el paisaje. Las encinas y sabinas aparecen entre rocas claras, y algunos árboles aislados —moreras, por ejemplo— rompen la monotonía del pinar.
Los caminos se recorren mejor sin demasiada planificación. Aquí no hay rutas diseñadas como si fueran un parque temático. Son más bien pistas agrícolas o senderos que los vecinos han usado siempre. A veces aparecen marcas en piedras o montones de cantos señalando por dónde continuar. Algunos tramos pican cuesta arriba, nada dramático, pero lo suficiente para que recuerdes que estás en la Serranía. Con buen calzado se camina sin problema.
En silencio se pueden ver rastros de fauna. Jabalíes sobre todo, y aves esteparias en los campos abiertos. No es un safari, claro. Es más bien como cuando sales temprano al campo y notas que algo se ha movido por allí antes que tú.
Cuando termina el verano, los pinares atraen a quienes buscan setas. Es una costumbre bastante extendida en la zona, aunque aquí todo el mundo insiste en lo mismo: saber lo que se recoge. El monte no es un supermercado. Conviene ir con alguien que conozca bien las especies o informarse antes.
La cocina local tiene esa lógica de campo que se entiende rápido después de caminar unas horas. Platos contundentes: cordero asado, migas con uvas cuando toca temporada, embutidos caseros que suelen aparecer en reuniones familiares o fiestas. Son comidas que recuerdan a las de casa de los abuelos, de esas que te dejan lleno y con ganas de sentarte un rato al sol.
Al caer la noche el pueblo se queda muy oscuro. Literalmente. Basta alejarse unos metros de las farolas para que el cielo se llene de estrellas. Si alguna vez has salido de una ciudad grande y has mirado arriba en mitad del campo, ya sabes la sensación: de repente aparecen muchas más de las que creías que existían.
Las fiestas principales suelen celebrarse en agosto, cuando regresan muchos vecinos que viven fuera durante el año. También se mantiene la romería dedicada a la Virgen de Gracia, una de esas tradiciones que siguen reuniendo a familias enteras. Entre música popular, dulces caseros y charlas largas, el ambiente recuerda más a una reunión grande que a un evento organizado.
Albaladejo del Cuende no es un lugar de grandes reclamos. Es más bien ese tipo de pueblo donde das una vuelta en media hora… y aun así te quedas un rato más sentado en un banco. Como cuando entras en casa de alguien a tomar un café rápido y al final se te va la mañana charlando. Aquí pasa algo parecido, pero con el paisaje alrededor.