Artículo completo
sobre Belmontejo
Pequeño municipio situado en la ribera del embalse de Alarcón; paisaje de contrastes
Ocultar artículo Leer artículo completo
A media mañana, cuando el sol ya cae recto sobre los campos, Belmontejo aparece de golpe tras una curva de la carretera. Un grupo pequeño de casas blancas, tejados rojizos y algún corral todavía en uso. El turismo en Belmontejo no tiene mucho que ver con planes organizados ni carteles que indiquen qué hacer. Es más bien una parada breve en mitad de la Serranía Media, entre cultivos de cereal y olivares que cambian de color según la estación.
Está a unos 90 kilómetros de Cuenca. El acceso se hace por carreteras secundarias que atraviesan una llanura ondulada. En verano el paisaje se vuelve amarillo pálido; en invierno predominan los tonos ocres y el barro en los caminos.
Un caserío pequeño junto al valle del Júcar
El pueblo reúne poco más de un centenar de habitantes. El casco urbano es compacto. Calles estrechas, algunas con bastante pendiente, y esquinas donde el yeso de las fachadas se ha ido cuarteando con los años.
La iglesia parroquial de la Asunción se levanta en una de las zonas algo más altas del caserío. Es un edificio sobrio, levantado en el siglo XVI, con muros encalados y una torre que sobresale por encima de los tejados cercanos. Dentro se conservan retablos sencillos y una imagen de la Virgen que todavía sale en procesión cuando llegan las fiestas de agosto.
A ciertas horas se oye el sonido metálico de las campanas mezclado con ladridos lejanos o el paso de algún coche que atraviesa el pueblo despacio.
Casas con corrales y restos de vida agrícola
Muchas viviendas mantienen la estructura tradicional. Muros gruesos, puertas de madera oscurecida por el sol y balcones de hierro. En varios patios aún quedan parras que dan sombra en verano.
Los corrales adosados a las casas recuerdan para qué servía cada espacio. Allí se guardaba el ganado o se almacenaban aperos. En algunas fachadas todavía se distinguen pajares en la parte superior, con pequeñas aberturas para ventilar el grano.
Hoy varias de esas construcciones se utilizan como almacén o se han adaptado como vivienda, pero la forma original sigue bastante reconocible.
Caminos entre cereal y matorral bajo
Alrededor de Belmontejo salen pistas agrícolas que los vecinos utilizan para llegar a las fincas. Son caminos anchos de tierra, fáciles de seguir, que avanzan entre campos abiertos.
Si se camina un rato aparecen pequeños barrancos secos y manchas de matorral. Hacia el norte el terreno empieza a ondularse en dirección al Alto Tajo. En días despejados se ven rapaces planeando sobre las lomas; los buitres suelen aprovechar las corrientes térmicas del mediodía.
Después de una lluvia el aire cambia mucho. La tierra desprende un olor oscuro, húmedo, que se queda pegado a la ropa si el paseo se alarga.
Por la noche el cielo suele verse muy limpio. Apenas hay iluminación artificial en los alrededores.
Un lugar sin infraestructura turística
Belmontejo no funciona como destino turístico al uso. Los servicios son escasos y conviene llegar con lo necesario si se piensa pasar varias horas. En pueblos cercanos sí es más fácil encontrar dónde comer o comprar algo.
Lo práctico aquí es venir con coche, aparcar en una de las calles de la entrada y recorrer el pueblo a pie. En poco tiempo se camina entero.
Si vienes en pleno agosto, el calor aprieta desde media mañana. Mejor moverse temprano o esperar a la tarde, cuando las sombras empiezan a alargarse sobre las fachadas blancas.
Las fiestas que reúnen a los que vuelven
En verano el pueblo cambia algo. Las fiestas vinculadas a la Virgen de la Asunción suelen concentrar a muchos vecinos que viven fuera y regresan esos días. Hay procesiones, música y encuentros entre familias.
Durante el resto del año la actividad es tranquila. Algunas celebraciones del calendario religioso —San Isidro o La Candelaria— todavía se mantienen, aunque con un carácter más local que festivo.
Belmontejo no es un lugar al que se llega buscando atracciones. Es un alto en el camino en mitad del campo manchego, donde todavía se percibe cómo han funcionado estos pueblos durante generaciones. Basta caminar un rato por sus calles y salir luego a los caminos que rodean el caserío. El paisaje empieza justo al terminar la última casa.