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sobre Cuenca
Ciudad Patrimonio de la Humanidad colgada sobre las hoces; impresionante casco antiguo medieval y naturaleza
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Desde el puente de San Pablo, Cuenca parece un error de perspectiva. Las casas se pegan al cantil como pueden, algunas sobresalen en el vacío, y debajo el Huécar dibuja una línea verde entre los riscos calizos. No es un efecto buscado: la ciudad creció en un espolón de roca entre dos hoces profundas. Si hubiera habido una llanura cómoda cerca, probablemente la historia habría sido otra.
La ocupación organizada del cerro suele situarse en época andalusí. Las fuentes árabes mencionan Kunka, un nombre que suele relacionarse con la roca sobre la que se asienta la ciudad. Allí levantaron una fortaleza que controlaba el paso natural entre la Meseta y Levante. Cuando Alfonso VIII tomó la plaza en 1177, el valor estratégico seguía siendo el mismo. A partir de entonces llegaron las murallas cristianas y, pocos años después, la catedral. La de Santa María y San Julián empezó a levantarse a finales del siglo XII, en un momento en que el gótico comenzaba a abrirse paso en Castilla.
La ciudad que se escapa
Caminar por Cuenca obliga a aceptar la pendiente. Las calles suben o bajan; casi nunca se mantienen en el mismo nivel. En la parte alta, el entorno del antiguo castillo conserva algo del trazado heredado de época andalusí: callejones estrechos, quiebros inesperados y pequeñas plazas que aparecen de pronto. Más abajo, la ciudad contemporánea ha resuelto algunos desniveles con escaleras mecánicas que conectan distintos barrios.
Entre ambos niveles discurre la columna vertebral del casco antiguo. La calle Alfonso VIII, larga y estrecha, funciona como eje desde la plaza Mayor hacia el barrio del castillo. Las casas, muy altas y estrechas, responden a la falta de espacio sobre la roca. Muchas se apoyan directamente en el borde de la hoz.
Las Casas Colgadas que hoy se ven son tres. Hubo más, pero el paso del tiempo —incendios, reformas, derribos— redujo el conjunto. Las actuales se sitúan sobre el borde de la hoz del Huécar y suelen fecharse en torno a los siglos XV y XVI, aunque muy transformadas después. Desde mediados del siglo XX albergan el Museo de Arte Abstracto Español, una colección ligada a nombres como Zóbel, Torner o Saura. El contraste entre pintura contemporánea y arquitectura medieval funciona mejor de lo que cabría esperar.
Una catedral temprana
La catedral de Cuenca no es una de las mayores de España, pero sí una de las primeras claramente góticas del reino de Castilla. Su construcción comenzó a finales del siglo XII, poco después de la conquista cristiana, en un momento de fuerte influencia francesa en la arquitectura religiosa.
El edificio que se ve hoy es el resultado de muchas capas. En algunos puntos sobreviven capiteles románicos de las fases iniciales; en otros aparecen ampliaciones góticas posteriores, intervenciones renacentistas o reformas barrocas. La fachada actual, por ejemplo, responde a una reconstrucción del siglo XX tras el derrumbe de la anterior a comienzos del siglo pasado.
En el claustro se aprecia bien cómo se buscaba la luz en edificios pensados originalmente con muros muy gruesos. Los grandes ventanales abocinados del siglo XVI muestran esa transición hacia espacios más abiertos.
Desde los alrededores de la catedral se entiende la posición de la ciudad: la muralla que seguía la línea del precipicio, el cerro del castillo al fondo y las hoces del Júcar y del Huécar cerrando el paisaje. En la plaza Mayor, el ayuntamiento barroco —con su fachada curva y los soportales— equilibra el conjunto urbano.
El sabor de la caza
La cocina tradicional de Cuenca está muy ligada a la caza menor y a una despensa de interior. El morteruelo, una pasta espesa elaborada con carne de caza y cerdo, surgió como forma de aprovechar y conservar esas carnes durante más tiempo. Se sirve sobre pan y tiene una textura densa, casi de paté caliente.
Los zarajos, preparados con tripa de cordero enrollada y asada, son una de esas recetas que nacen del aprovechamiento completo del animal. En muchos bares del centro aparecen en las parrillas, sobre todo los fines de semana.
También siguen presentes platos de tradición manchega como el pisto con huevo o el ajoarriero de bacalao y patata, vinculado históricamente a los arrieros que cruzaban la provincia por antiguas cañadas y caminos de comercio.
Cuando la ciudad se vacía
Cuenca cambia bastante según el momento del año. En Semana Santa la ciudad se llena: las procesiones recorren las cuestas del casco antiguo y marcan el ritmo de varios días. En septiembre llegan las fiestas de San Mateo, muy arraigadas entre los vecinos y con bastante movimiento en el casco histórico.
Fuera de esas fechas, entre semana y en meses tranquilos, el ritmo es otro. Entonces se percibe mejor la escala real de la ciudad antigua: vecinos en los bancos de la plaza, estudiantes que cruzan el puente de San Pablo hacia los edificios universitarios, y calles que recuperan cierta calma al caer la tarde.
Los miradores ayudan a entender la geografía que condicionó todo. Desde el entorno de San Miguel se obtiene una buena vista frontal de la catedral. En la hoz del Huécar, las Casas Colgadas se ven casi de perfil, apoyadas sobre el vacío. Y desde el cerro del castillo se aprecia el conjunto completo: tejados escalonados, huertos en terrazas y las dos hoces que cierran la ciudad por ambos lados.
Cómo llegar y dónde aparcar: Cuenca está conectada con Madrid por la A‑40. El casco histórico tiene acceso restringido al tráfico y conviene dejar el coche en las zonas habilitadas antes de subir a la parte antigua. Desde el entorno del castillo o los aparcamientos de la zona baja se llega caminando en pocos minutos.
Tiempo justo: En un día se puede recorrer el núcleo histórico —catedral, Casas Colgadas, calle Alfonso VIII y varios miradores—. Con algo más de tiempo merece la pena bajar a las hoces o acercarse a otros pueblos de la Serranía. La geografía que rodea la ciudad explica bastante bien por qué Cuenca terminó creciendo exactamente aquí.