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sobre Fuentenava de Jábaga
Municipio compuesto cercano a Cuenca; destaca por su fábrica de chocolates y entorno forestal
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A primera hora, cuando el sol todavía entra bajo entre los pinos, Fuentenava de Jábaga huele a tierra húmeda y a resina. El silencio dura poco. Algún coche pasa despacio, una puerta metálica se abre, y el eco de los pasos rebota en las fachadas claras. El turismo en Fuentenava de Jábaga empieza así, sin anuncios ni miradores señalizados: con la sensación de que el pueblo sigue funcionando antes de que llegue nadie.
El municipio ronda los seiscientos treinta habitantes y se asienta en la Serranía Media de Cuenca, a una altitud que ronda los 900 metros. Está a pocos kilómetros de la capital, lo suficiente para que el paisaje cambie rápido: carreteras entre pinares, alguna loma pelada y campos que se abren de repente.
El centro del pueblo, a ritmo lento
La iglesia parroquial de San Pedro marca el centro. No es grande ni especialmente ornamentada. Piedra clara, líneas sobrias y un campanario que se ve desde casi cualquier calle. Alrededor se agrupan las casas más antiguas, muchas con muros gruesos y portones de madera oscurecida por los años.
Las calles son cortas y algo irregulares. Algunas conservan tramos sin asfaltar. En invierno el frío se queda aquí más tiempo del que uno espera; en verano, en cambio, la sombra de las casas y los pinos cercanos suaviza las horas de calor.
A media mañana suele oírse más movimiento: coches que salen hacia Cuenca, vecinos hablando en la acera, algún perro que cruza la calle sin prisa.
Pinares y caminos alrededor
En cuanto se sale del núcleo urbano, el terreno cambia rápido. Pinares densos, suelo arenoso y caminos forestales que suben y bajan con suavidad. No son montañas abruptas, pero el relieve tiene suficientes ondulaciones como para que el paisaje nunca sea completamente plano.
Caminar por aquí tiene algo muy concreto: el olor de la resina calentándose al sol y el crujido seco de las agujas de pino bajo las botas. En primavera aparecen flores pequeñas entre las jaras. En otoño el suelo se cubre de tonos ocres y empiezan a verse cestas de mimbre en manos de quienes buscan setas, siempre con cuidado y siguiendo la normativa local.
Algunos caminos permiten recorrer varios kilómetros sin cruzarse con casi nadie, algo que en fines de semana de otoño o primavera se agradece si uno busca andar sin ruido.
El sonido del campo
El paisaje sonoro del entorno lo marcan sobre todo las aves. En días claros es fácil ver rapaces planeando sobre las lomas, aprovechando corrientes térmicas que se forman al mediodía. Más cerca del suelo se oyen carboneros, colirrojos o el golpeteo breve de algún pájaro carpintero en los troncos.
Entre los claros aparecen huertos, corrales y pequeñas parcelas de cereal. Todavía se ven rebaños de ovejas o cabras moviéndose por los márgenes del monte. No es una imagen preparada: es el trabajo de cada día.
Comida y costumbres del pueblo
La cocina local sigue ligada al campo. Guisos de caza menor, cordero asado lentamente y platos de cuchara cuando el frío aprieta. Las migas aparecen a menudo en reuniones familiares o en días de trabajo colectivo. En muchas casas todavía se curan embutidos durante los meses fríos.
Agosto suele concentrar las fiestas patronales dedicadas a San Pedro. Durante esos días regresan vecinos que viven fuera y el pueblo cambia de ritmo. Hay más ruido en la plaza y las noches se alargan. El resto del año la vida vuelve a su cadencia habitual, marcada por el campo, los huertos y las estaciones.
Cuándo acercarse
La primavera suele ser el momento más agradecido para caminar por los alrededores. Abril y mayo traen temperaturas suaves y días largos. A principios de otoño el monte cambia de color y el aire se vuelve más limpio después del verano.
En cambio, algunos días de julio y agosto pueden resultar secos y calurosos en las horas centrales. Si vienes entonces, conviene salir temprano o esperar a la tarde, cuando la luz cae sobre los pinares y el pueblo vuelve a quedarse en silencio.