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sobre La Frontera
Pueblo situado en la ladera de un cerro; tradición mimbrera y entorno natural
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A primera hora de la mañana, la luz atraviesa los pinos que rodean el pueblo y se filtra entre las ramas, dejando manchas irregulares sobre la tierra clara de las calles. En La Frontera, cuando el día todavía está frío, apenas se oye nada más que algún coche que arranca y los pájaros en los tejados. En el centro aparece la iglesia de San Pedro, levantada en mampostería, con una torre cuadrada que se ve desde casi cualquier punto. Es el edificio que ordena el pequeño núcleo; la campana, que suele sonar en días señalados, todavía marca el ritmo de las celebraciones del pueblo.
Con unos 155 habitantes, este municipio de la Serranía Media, en la vertiente occidental de la sierra de Cuenca, queda bastante recogido entre pinos. Las casas mantienen muros de piedra gruesa, ventanas pequeñas y algunos balcones de madera oscurecida por los inviernos. No abundan las reformas recientes. Lo que domina son los tejados a dos aguas y paredes encaladas que en verano devuelven la luz con fuerza, sobre todo a mediodía.
El caserío y lo que se ve al caminar despacio
La mejor forma de entender el pueblo es caminar sin rumbo claro. Las calles son cortas y a veces se convierten en simples caminos de tierra. En algunas fachadas todavía quedan puertas anchas de madera, pensadas para guardar aperos o animales. También aparecen rejas de forja, muchas ya con el hierro algo mate.
No hay tiendas abiertas de manera continua. A veces algún vecino vende miel, embutidos o queso cuando hay producción, normalmente de forma informal. Conviene no contar con hacer compras allí y llevar lo necesario si se piensa pasar el día.
Caminos entre pinos y encinas
Alrededor de La Frontera se extiende un paisaje bastante uniforme de pinar, mezclado en algunos tramos con encinas y matorral bajo. Los caminos que salen del pueblo son antiguos pasos de uso ganadero o agrícola. Algunos se reconocen bien; otros se pierden entre agujas de pino y ramas caídas.
No todos están señalizados. Si se quiere caminar por la zona, suele ser buena idea preguntar antes a algún vecino por el estado de los caminos o por dónde merece la pena salir. En otoño, después de las primeras lluvias, mucha gente se acerca a buscar níscalos o setas de cardo. También es fácil ver rapaces planeando sobre los claros del bosque si se camina con calma y se mira hacia arriba de vez en cuando.
Fiestas y momentos en que el pueblo cambia
Durante buena parte del año La Frontera es tranquila, incluso silenciosa. Esa calma cambia en verano, cuando regresan familias que tienen aquí casa. Las fiestas de San Pedro suelen celebrarse en agosto y concentran casi toda la actividad: procesión, música en la plaza y cenas largas en la calle cuando cae la noche y el aire ya refresca.
En invierno todavía se mantienen costumbres rurales como la matanza del cerdo en algunas casas. También hay años en que el ayuntamiento o los vecinos organizan algún encuentro comunitario, con juegos o comidas compartidas, algo que reúne tanto a quienes viven allí todo el año como a los que vuelven solo en vacaciones.
Comer y organizar la visita
Las opciones para comer fuera son muy limitadas y no siempre abiertas. Lo habitual es que la cocina tradicional —gazpacho manchego, guisos de caza cuando la hay, sopas hechas con pan asentado— se prepare en las casas. Si se piensa pasar el día por la zona, lo más prudente es llevar comida o haber organizado antes dónde parar.
Cómo llegar y cuándo ir
Desde Cuenca capital el trayecto ronda algo más de una hora por carreteras comarcales y tramos secundarios. Los últimos kilómetros suelen ser tranquilos de tráfico, pero el asfalto puede variar según el invierno o las lluvias.
Primavera y otoño suelen ser las estaciones más agradables para caminar por los alrededores. En verano el sol cae fuerte a mediodía, aunque las tardes, cuando baja la luz entre los pinos, vuelven a ser frescas y silenciosas.
La Frontera no tiene infraestructura turística ni demasiadas concesiones al visitante. Es, más bien, un pequeño pueblo serrano donde el tiempo se mide por las estaciones, el sonido de la campana y el viento moviendo las copas de los pinos. Aquí lo que hay es eso: monte alrededor, pocas calles y una vida que todavía transcurre despacio.