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sobre La Parra de las Vegas
Aldea situada en la ribera del Júcar; destaca por su tranquilidad y huertas
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El asfalto de la carretera CM-2105 termina de repente en una pista de tierra. La Parra de las Vegas no se ve hasta que estás encima: un grupo compacto de tejados a dos aguas, con tejas árabes desgastadas por el viento. Lo primero que llama la atención es el sonido, o más bien la falta de él; solo el crujido de la grava bajo las ruedas y, a veces, el graznido lejano de una urraca.
Este pueblo de la Serranía Media de Cuenca tiene censados a treinta y seis vecinos. En invierno, son menos. Se nota en las persianas echadas, en los postigos cerrados con tranca y en la hierba que crece alta junto a los muros de mampostería. El aire huele a tomillo seco y a tierra caliente, incluso en octubre.
La plaza y la iglesia
La iglesia de la Asunción tiene una torre cuadrada, baja y maciza, como si se hubiera encogido con los años. La puerta de madera suele estar cerrada con un candado oxidado. No hay horario fijo; si quieres verla por dentro, preguntar es la única opción.
La plaza es un rectángulo irregular de tierra apisonada, con un par de bancos de cemento. Aquí es donde se juntan las tres o cuatro calles. En agosto, durante las fiestas patronales, este espacio vacío se llena de sillas plegables y el eco de la música choca contra las fachadas de piedra. El resto del año, es un buen sitio para orientarse y ver cómo la luz de la tarde alarga las sombras de los aleros.
Caminos entre pinares y encinas
A cincuenta metros de la última casa empiezan los carriles. Son anchos, con surcos profundos dejados por tractores, que se adentran entre pinos resineros. La corteza de estos árboles muestra las cicatrices diagonales del antiguo oficio de resinero. Más allá, aparecen las encinas, retorcidas y de un verde oscuro y polvoriento.
No hay señalización. Puedes seguir cualquier camino, pero conviene fijarse en las referencias: una roca con forma peculiar, un corral derruido a la izquierda. El terreno sube y baja suavemente, pero no tiene pérdida si mantienes el pueblo a la espalda. En verano, el calor se acumula entre los troncos; mejor caminar a primera hora o cuando el sol ya está bajo.
Desde alguna loma, si la bruma no lo impide, se distingue al norte el perfil dentado de la serranía, una línea gris azulada sobre el marrón de los campos.
Animales que aparecen cuando el pueblo aún duerme
Amanece temprano en el monte. Si sales con el primer claror, es probable que te encuentres con rastros frescos en los charcos secos: pezuñas estrechas de corzo, la huella más ancha del jabalí. Los buitres leonados son puntuales; sobre las nueve, empiezan a subir en círculos aprovechando las térmicas que se forman en los barrancos.
No hacen ruido. El sonido viene de abajo: el rumor del viento en los pinos, el crepitar de las piñas al caer. A veces, un movimiento rápido entre los arbustos de aliaga: un zorro cruzando el camino sin prisa, antes de perderse en el matorral.
Un paisaje que todavía habla de trabajo
La tierra alrededor está marcada por lo que ya no es. Aquí una pared derrumbada que fue un redil; más allá, un pilón tallado en una sola piedra para que bebiera el ganado. Los bancales están invadidos por romero y lastón. En primavera florecen las amapolas entre los surcos abandonados, manchando de rojo los márgenes.
En otoño, después de las primeras lluvias, el suelo del pinar se ablanda y aparecen setas. Níscalos principalmente, bajo los pinos jóvenes. En esta zona mucha gente sale a buscarlos; si no sabes, limítate a observar. El paisaje es lo suficientemente interesante sin necesidad de llenar una cesta.
Lo que conviene saber antes de llegar
No hay bar ni tienda. Ni siquiera una máquina expendedora. Si piensas pasar el día caminando, lleva todo lo necesario desde Cuenca o desde Villalba de la Sierra: agua, comida y protección solar. La sombra es escasa.
El momento más vivo del día suele ser al atardecer, cuando los pocos vecinos que hay salen a dar una vuelta o a regar alguna maceta. Es un buen momento para llegar si quieres sentir algo más que el vacío.
Cuando anochece del todo, las únicas luces son las farolas solares del pueblo y alguna ventana iluminada. El cielo se oscurece lentamente y aparecen primero las constelaciones más claras. Luego, miles de puntos más tenues. No es magia; es simplemente lo que se ve cuando no hay otra luz compitiendo. Aquí la noche es negra y profunda, como debe ser.