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sobre Piqueras del Castillo
Aldea dominada por las ruinas de un castillo árabe; vistas panorámicas
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A primera hora, cuando el sol todavía entra bajo entre las encinas, Piqueras del Castillo aparece casi sin anunciarse. La carretera se estrecha, el asfalto se vuelve irregular y, de pronto, unas pocas casas de teja roja asoman entre tierra clara y muros de piedra. A esa hora apenas se oye nada: algún pájaro en los pinos, el viento rozando las ramas y, si hay suerte, el sonido seco de una puerta de madera al abrirse.
El pueblo está a unos 900 metros de altitud, y ese detalle se nota en el aire, más fresco incluso en días de calor. Las casas, muchas de mampostería y adobe, muestran arreglos hechos con lo que había a mano: parches de cemento, vigas oscuras, portones gruesos que han visto muchos inviernos.
El cerro donde estuvo el castillo
El nombre de Piqueras del Castillo apunta a una fortificación medieval de la que hoy apenas quedan rastros visibles. Los documentos antiguos mencionan el castillo y el cerro donde se levantaba, una altura desde la que se domina buena parte del paisaje de la Serranía Media.
Subiendo hacia ese cerro —hoy más bien una loma cubierta de monte bajo— se entiende por qué el asentamiento se colocó aquí. El terreno abre vistas largas sobre barrancos y manchas de pinar. No esperes murallas en pie; lo que queda es sobre todo la memoria del lugar y algún resto disperso entre la vegetación.
Calles de tierra y muros que aguantan
El núcleo es pequeño y se recorre en pocos minutos. Hay calles de tierra o con asfalto muy gastado, corrales cerrados por tapias de piedra y patios donde todavía se apilan leña y aperos.
La iglesia parroquial —que suele estar dedicada a San Bartolomé— sigue la misma lógica que el resto del pueblo: una construcción sobria, de una sola nave, con techumbre de madera y un campanario modesto. En días tranquilos, cuando suena la campana, el eco se queda flotando unos segundos sobre los tejados.
Conviene llegar sin prisas y aparcar a la entrada si ves las calles muy estrechas. En pueblos tan pequeños cualquier coche mal colocado bloquea el paso.
Caminar por los alrededores
El paisaje alrededor de Piqueras del Castillo mezcla pinares con manchas de sabina y enebro que crecen entre rocas graníticas. En primavera el suelo se llena de plantas bajas y flores discretas; en verano, en cambio, domina el olor seco de la resina y el polvo del camino.
Hay caminos rurales que salen del propio pueblo y se pierden entre lomas. No siempre están señalizados, pero muchos son sendas antiguas de pastores. Caminar por ellos tiene algo de exploración tranquila: un giro del sendero, un claro donde aparece un rebaño, el sonido lejano de un cencerro.
Mirando al cielo es habitual ver buitres leonados aprovechando las corrientes de aire. También aparecen cernícalos o águilas calzadas planeando sobre los barrancos. Al amanecer o al caer la tarde no es raro cruzarse con corzos o ver rastros de jabalí en los caminos.
Si vienes a caminar, primavera y otoño suelen ser las estaciones más agradecidas. En verano el sol cae con fuerza en las zonas abiertas y apenas hay sombra fuera de los pinares.
Lo que se come en esta parte de la sierra
La cocina de la zona sigue muy ligada al campo. En los pueblos de alrededor es habitual encontrar platos como las migas hechas con pan seco y aceite, el cordero criado en la sierra o el gazpacho manchego —también llamado galianos— preparado con carne de caza o de corral.
No hace falta buscar nada sofisticado: lo normal es que los menús se parezcan bastante a lo que se ha cocinado aquí durante generaciones.
Un pueblo que funciona a otro ritmo
En agosto, cuando se celebran las fiestas de San Bartolomé, el pueblo suele animarse algo más. Vuelven vecinos que viven fuera y la plaza se llena de conversaciones largas al caer la noche. El resto del año, Piqueras del Castillo se mueve despacio.
No es un sitio de monumentos ni de recorridos largos. Se entiende mejor caminando sin rumbo fijo, parándose en un muro caliente al sol o escuchando el viento en los pinares de alrededor. Aquí lo que marca el paso del tiempo no son los horarios, sino la luz cambiando sobre la sierra.