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sobre Villar de Olalla
Municipio residencial cercano a Cuenca; campo de golf y naturaleza
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A primera hora, cuando la carretera aún viene medio vacía desde Cuenca, Villar de Olalla aparece entre campos abiertos de cereal. La luz cae horizontal sobre las parcelas y las fachadas blancas del pueblo. A esa hora se oye poco más que algún coche que arranca, una persiana metálica que sube y el sonido seco de una puerta de garaje.
Está en la Serranía Media, muy cerca de la capital conquense. Esa cercanía se nota: mucha gente vive aquí y trabaja en Cuenca. Aun así, el pueblo mantiene un ritmo tranquilo entre semana, sobre todo en las calles que se alejan de la carretera principal.
La plaza y la iglesia
El centro se organiza alrededor de la plaza. No es grande, pero funciona como punto de paso constante. Hay una fuente de piedra y varios bancos donde siempre acaba sentándose alguien, sobre todo cuando cae la tarde y el calor afloja.
La iglesia parroquial de San Pedro Apóstol ocupa uno de los lados. Es un edificio sólido, de líneas sobrias, con una torre que se ve desde distintos puntos del casco urbano. El conjunto tiene ese aire de las iglesias levantadas con paciencia, piedra sobre piedra, cuando el pueblo era bastante más pequeño.
Calles que aún conservan el trazado antiguo
Al alejarse un poco de la plaza aparecen calles más estrechas. El trazado no sigue un dibujo demasiado ordenado; simplemente fue creciendo con los años. Algunas casas conservan muros de mampostería y rejas antiguas. Otras han ido renovando fachadas, pero sin romper del todo la escala del pueblo.
Hay detalles pequeños que llaman la atención si se camina despacio: macetas alineadas bajo una ventana, una puerta de madera gastada por el sol, el sonido de una televisión que se escapa por un balcón abierto en verano.
Conviene recorrer esta parte a pie. En coche las calles se hacen más incómodas y además se pierde ese ritmo pausado que todavía tiene el centro.
Campos abiertos alrededor del pueblo
Al salir hacia las afueras el paisaje cambia rápido. Empiezan los campos de cereal y los olivares, muy abiertos, con caminos agrícolas que dibujan líneas rectas entre parcelas. En primavera el verde es intenso; en verano todo vira hacia el dorado y el polvo fino que levanta cualquier coche al pasar.
Desde algunos altos suaves del terreno, mirando hacia el este, se intuyen las hoces que rodean Cuenca. No siempre se ven con claridad, pero el relieve empieza a insinuar que la sierra está cerca.
Caminos para andar o ir en bici
Los alrededores tienen varios caminos rurales que se usan para pasear, correr o salir en bicicleta. No todos están señalizados, pero muchos vecinos los conocen bien porque comunican fincas y pueblos cercanos.
Son recorridos sencillos, sin grandes desniveles. En días de viento el campo se llena del sonido del cereal moviéndose a la vez, como si el terreno respirara.
Si vas en verano, merece la pena salir temprano o al final de la tarde. A mediodía el sol cae con fuerza y apenas hay sombra.
Fiestas y momentos del año
Las fiestas patronales suelen celebrarse en agosto, en torno a la Virgen de las Nieves. Durante esos días el pueblo cambia bastante: más gente en la calle, balcones con telas o banderas y actividades que se reparten entre la plaza y las zonas deportivas.
En invierno todavía se mantienen reuniones familiares ligadas a la matanza del cerdo. No siempre son públicas, pero siguen siendo un momento importante para muchas casas: trabajo compartido, ollas grandes al fuego y largas sobremesas.
La Semana Santa se vive con un tono más contenido. Las procesiones recorren el centro con paso lento, entre calles donde el sonido de los tambores rebota contra las fachadas.
Cómo llegar y cuándo pasar
Desde Cuenca capital hay apenas unos diez kilómetros por carretera. El trayecto es corto y bastante directo, así que mucha gente llega en menos de quince minutos.
Entre semana el ambiente es más tranquilo, sobre todo por la mañana. Los fines de semana, y especialmente en verano, el movimiento aumenta bastante porque se mezcla la vida del pueblo con quienes vienen desde la ciudad cercana.
Villar de Olalla no necesita grandes desvíos para visitarlo. A veces basta con parar el coche, caminar un rato por la plaza y dejar que el tiempo del pueblo marque el ritmo. Aquí las horas se notan en la luz que cambia sobre los campos y en cómo las calles se van llenando poco a poco cuando cae la tarde.