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sobre Villarejo de la Peñuela
Una de las aldeas más pequeñas; situada en zona elevada con vistas
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Un domingo cualquiera, si cruzas la Alcarria con atención, puedes terminar en un pueblo que parece olvidado por el tiempo. Villarejo de la Peñuela no tiene más de 23 habitantes y se asienta a unos 900 metros de altura, rodeado de campos de cereal y pequeñas formaciones rocosas. No hay multitudes, ni carteles anunciando visitas; hay un silencio pesado y el eco de pasos viejos recorriendo caminos que parecen haber sido usados durante siglos.
Este pequeño núcleo rural refleja lo que queda cuando las gentes tradicionales dejan atrás sus parcelas para buscar trabajo en otros sitios. La arquitectura suele ser sencilla: muros de piedra caliza encalada, techumbres de teja árabe y puertas de madera desgastada. La iglesia parroquial, dedicada a la Asunción, ocupa una posición central en la plaza del pueblo. Construida en el siglo XVI, conserva un interior sobrio pero con cierta majestuosidad por su sencillez; las celebraciones religiosas mantienen una presencia discreta en el calendario local.
El paisaje que rodea Villarejo es uno más de los ejemplos del mosaico alcarreño: lomas suaves salpicadas por pequeños bosques de encinas y quejigos. Las rocas que dan nombre al pueblo aparecen aquí como pequeños afloramientos dispersos, usados tradicionalmente como miradores improvisados desde donde comprender la extensión del territorio. Poco más allá, los caminos rurales conectan con sendas menos transitadas, ideales para quienes disfrutan seguir el rastro antiguo sin mapas ni señalizaciones.
En estos senderos no hay marcas pero sí huellas: restos de corrales que todavía mantienen algunas piedras en pie o fuentes naturales habitualmente secas en verano. La vegetación mediterránea oculta especies interesantes como perdices o colirrojos moqueando entre matorrales bajos; si tienes paciencia y buen ojo, puede que divises algún águila culebrera planeando a gran altura.
Por su carácter aislado, Villarejo no ofrece una gastronomía llamativa ni restaurantes concurridos. Sus recetas tradicionales se resumen en algunos platos básicos: cordero asado en horno de leña —que suelen cocinar vecinos con vaquillas propias— y quesos artesanos elaborados en las pocas queserías diseminadas por la zona. También es fácil encontrar miel de la Alcarria, caracterizada por su textura cremosa y sabor intenso.
Visitar este rincón implica aceptar que las actividades sociales son escasas. En verano suelen celebrarse fiestas patronales dedicadas a la Virgen del Rosario o San Isidro; eventos pequeños pero relevantes para quienes desean entender cómo convivían estas comunidades hace apenas unas décadas. La misa campestre o alguna comida compartida conforman los momentos principales del calendario festivo local.
En invierno, la nieve puede cubrir las tierras cercanas y convertirlas en un escenario diferente; en primavera las calles vuelven a llenarse de vida con el verdor nuevo que surge tras los meses fríos. El otoño aquí deshace las campañas agrícolas con tonalidades ocres y dorados, ideales para quien busque capturar ese contraste entre roca dura y tierra fértil.
Para conocer Villarejo no hacen falta excursiones largas ni planificación excesiva: basta con recorrer sus caminos antiguos sin prisa y respirar lo que todavía queda del campo manchego menos transitado. Los observadores de aves apreciarán la oportunidad de ver especies raras o poco comunes en zonas menos humanas —como perdices o gavilanes— mientras disfrutan del silencio roto solo por el canto ocasional del pinzón vulgar o alguna chicharras escondida bajo las encinas.
Desde luego, si buscas incomodar tus expectativas turísticas habituales este es un sitio donde perderse solo requiere cerrar los ojos un rato sobre alguna piedra caliente o abrir un mapa para seguir el itinerario hacia lugares próximos como Casas de Benítez o Albalate de Zorita. Aquí todo sucede al ritmo del campo: lento pero firme —y con garantías contra la masificación urbana— porque hay pueblos así todavía: discretos e irremediablemente auténticos.