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sobre Casas de Lázaro
Pequeña localidad conocida por su artesanía textil tradicional y telares; situada en un valle fluvial
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A media mañana, el sol cae de lleno sobre las fachadas encaladas de Casas de Lázaro, y la luz rebota en la piedra clara hasta obligarte a entrecerrar los ojos. El pueblo se levanta en un pequeño alto de la Sierra de Alcaraz, a unos 900 metros de altitud, y a esa hora apenas se oye nada más que alguna puerta que se abre y el viento moviendo las hojas de las encinas cercanas. No es un silencio total; es más bien un ritmo lento, de los que no tienen prisa.
Aquí viven algo menos de trescientas personas. Durante el invierno el movimiento es discreto, y muchas casas permanecen cerradas hasta que llega el verano, cuando regresan familiares que pasaron años fuera. La vida diaria sigue muy ligada al campo: pequeñas explotaciones agrícolas, algo de ganadería y las tareas que marcan las estaciones.
Calles cortas y arquitectura sencilla
El casco urbano se recorre en poco tiempo. Las calles son estrechas y en varios tramos aún conservan tramos de piedra o tierra. No hay grandes plazas ni avenidas: todo queda cerca, y en media hora se puede atravesar el pueblo sin dificultad.
En calles como la Mayor o la Real aparecen casas de dos plantas, encaladas, con balcones de hierro o madera oscura. Algunas puertas conservan tablas gruesas y herrajes antiguos que han pasado décadas abriéndose y cerrándose cada día. Entre las fachadas aparecen detalles pequeños: hornacinas con imágenes religiosas, pilas de piedra junto a fuentes antiguas o lavaderos donde antes se reunían las vecinas.
La iglesia parroquial, dedicada a San Juan Bautista, es uno de los edificios más visibles. Es sobria, sin grandes adornos, y ha pasado por varias reformas con el tiempo.
Los caminos que rodean el pueblo
Basta salir unos minutos del casco urbano para encontrarse con caminos de tierra que se internan en el monte bajo. El paisaje aquí mezcla encinas, pinos dispersos y algunos robles en las zonas más frescas. Entre las laderas aparecen grandes bloques de granito que rompen la línea del terreno y crean pequeñas sombras donde se nota el cambio de temperatura.
En otoño el suelo se cubre de hojas secas y, cuando las lluvias acompañan, aparecen setas entre la hierba. El olor a tierra mojada y a resina se queda en el aire durante días.
Los caminos no suelen estar señalizados con carteles ni paneles. Son sendas usadas por vecinos, cazadores o ganaderos. Conviene llevar mapa o seguir rutas conocidas, porque algunos desvíos se pierden entre matorrales y fincas.
En varios altos cercanos se abren vistas amplias hacia los valles de la Sierra de Alcaraz. En días claros se distingue bien cómo el terreno va ondulándose hacia el sur.
Fauna y estaciones
Caminar por estos montes obliga a ir atento al suelo y al silencio. Es frecuente ver perdices levantando vuelo entre los arbustos o rastros de jabalí en zonas removidas. También se dejan ver zorros, sobre todo al amanecer o al caer la tarde.
En primavera el aire se llena del olor de romero y tomillo silvestre. En otoño los aromas cambian: tierra húmeda, hojas descompuestas y humo lejano de alguna chimenea.
Quien tenga paciencia puede observar aves rapaces planeando sobre los barrancos. En ciertos pasos migratorios —sobre todo en primavera y a comienzos del otoño— el movimiento en el cielo es mayor.
Setas y monte bajo
La recogida de setas es una actividad bastante extendida por la zona cuando el otoño viene lluvioso. Los vecinos conocen bien los rodales donde suelen salir níscalos y otras especies comestibles. Aun así, conviene informarse antes de recoger nada y respetar las normas que pueda haber en cada temporada.
No todos los años son buenos: en la sierra todo depende de cómo venga el agua.
Fiestas y momentos del año
Agosto suele concentrar buena parte del ambiente festivo del pueblo. Durante esos días regresan muchos vecinos que viven fuera y las calles recuperan movimiento por las noches. Las celebraciones giran en torno a San Juan Bautista y suelen incluir procesiones y verbenas sencillas en las plazas.
La Semana Santa aquí es más recogida que espectacular: procesiones cortas por calles estrechas, acompañadas por vecinos del propio pueblo.
Cuándo acercarse
La primavera y el otoño suelen ser las épocas más agradecidas para caminar por los alrededores de Casas de Lázaro. El campo está verde y las temperaturas permiten moverse sin demasiado esfuerzo.
En verano el calor aprieta a partir del mediodía. Si vas a salir a los caminos, merece la pena madrugar y dejar las horas centrales para la sombra. El invierno, en cambio, puede traer heladas frecuentes y algún episodio de nieve que cambia por completo el paisaje: encinas cubiertas de blanco y el suelo rojizo asomando entre los claros.
Son momentos distintos de un mismo lugar, pequeño y tranquilo, donde el paso del tiempo todavía se mide más por las estaciones que por el reloj.