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sobre La Herrera
Pequeño núcleo rural en la llanura cerca de la sierra; conserva la arquitectura popular manchega
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Hay pueblos que son como esas casas de campo de un abuelo: nada está colocado para impresionar a nadie. La Herrera es así. No vengas buscando la foto perfecta para Instagram; vienes, si vienes, a ver cómo se vive en un sitio donde el día avanza al compás del trabajo en el campo.
Este municipio de unos 300 habitantes está a unos 710 metros, entre las llanuras de cultivo y el comienzo de la Sierra de Alcaraz. La sensación es la de salir de la autopista y meterte por una carretera comarcal: el paisaje se aplana, las prisas desaparecen y lo que importa es lo que hay fuera del coche.
Las calles son sencillas. Casas encaladas, portones de madera desgastados por el uso y ventanas pequeñas. La iglesia parroquial del Pilar sobresale un poco, pero más como punto de referencia que como monumento. Es el edificio que siempre ha estado ahí, sin llamar demasiado la atención.
Rodeando el pueblo, el campo se abre enseguida. Son extensiones amplias, como esos manteles grandes que cambian de color según la temporada. En primavera domina el verde de los olivares y los almendros. En verano se vuelve todo dorado con el cereal. Y en otoño aparecen los ocres y ese olor a tierra mojada después de la primera lluvia.
Los caminos rurales son pistas agrícolas, las de toda la vida. Caminar por ellas es tranquilo; solo escuchas el viento y, a lo lejos, el motor de algún tractor. De vez en cuando aparece un cortijo solitario en medio de la nada, como un mueble viejo en un almacén grande.
La comida aquí es la lógica del que trabaja fuera. Gazpacho manchego con pan duro, guisos con liebre o perdiz, gachas o migras bien cargadas de ajo. Son platos que llenan y calientan, pensados para recuperar fuerzas.
Si llueve en otoño, en algunos rincones del monte pueden salir níscalos o champiñones silvestres. Pero esto no es un supermercado: si no vas con alguien que conozca el terreno y sepa lo que hace, mejor ni te molestes. Es como buscar una aguja en un pajar sin saber cómo es una aguja.
Las fiestas giran alrededor del calendario tradicional. En verano suelen ser las dedicadas a la Virgen del Pilar, cuando vuelven los que se fueron a vivir fuera y las calles se llenan de conversaciones largas. En enero hacen hogueras para San Antón para combatir el frío, y en Semana Santa hay procesiones sobrias, sin demasiada pompa.
Llegar desde Albacete te lleva algo más de una hora por carreteras secundarias. Es un trayecto monótono pero relajante, donde ves cómo cambia poco a poco el paisaje hasta que aparece la silueta de la sierra al fondo.
Si vas a venir, la primavera y el otoño son los mejores momentos: temperaturas llevaderas y el campo en su punto. El invierno aquí es frío de verdad, y en verano al mediodía pega fuerte el sol.
La Herrera no vive del turismo ni tiene pinta de querer hacerlo. Es un pueblo agrícola y ganadero donde las cosas funcionan como han funcionado siempre. Visitar este rincón de la Sierra de Alcaraz es asomarte a esa rutina sin filtros ni decorados