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sobre Cazalegas
Situado junto al embalse de Cazalegas; popular zona de recreo y deportes náuticos
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Las campanas de la iglesia de San Bartolomé dan las ocho cuando el sol todavía no ha terminado de salir. En la plaza, alguien arrastra un par de sillas hasta la puerta del bar que abre primero. El café huele a tostado y se mezcla con el olor húmedo de la tierra que llega desde los olivares de alrededor. Cazalegas amanece así casi todos los días: despacio, con pocas voces y el sonido lejano de algún coche que atraviesa la carretera hacia Talavera.
Donde pasó una noche un emperador
En el siglo XVI, cuando Carlos V viajaba por estas tierras camino de Extremadura, hizo parada en Cazalegas. Venía desde Talavera y necesitaba descanso antes de continuar. La tradición local dice que durmió en el antiguo palacio de los Condes de Aguilafuente.
Hoy el edificio ya no existe. Quedan referencias en documentos municipales y la vaga memoria de algunos vecinos que señalan una zona del casco antiguo donde, dicen, estuvo la casa. Cuesta imaginarlo, pero si uno se queda un momento mirando el paisaje alrededor del pueblo —los olivos viejos, los caminos de tierra rojiza, el horizonte muy abierto— entiende que lo que vio aquel séquito no sería tan distinto de lo que hay ahora.
El agua que cambió el paisaje
A unos dos kilómetros del casco urbano está el embalse de Cazalegas. Desde la carretera aparece de golpe, ancho y quieto, con la superficie moviéndose apenas cuando sopla algo de viento.
En invierno, cuando el nivel del agua suele bajar, asoman restos del antiguo terreno: tocones de árboles y bordes de tierra que recuerdan que antes aquí corría el Alberche con otra forma. Es buena época para caminar por los caminos que rodean la orilla. Hay menos gente y el silencio se rompe solo con los patos o con alguna caña de pescar golpeando el agua.
En primavera el aspecto cambia. El embalse se llena y los fines de semana llegan coches desde Talavera o desde Madrid. Aun así, si vienes temprano por la mañana o entre semana, todavía se encuentran tramos tranquilos.
Cerca de la carretera que lleva hacia el pantano hay un abrevadero público decorado con cerámica azul y blanca de Talavera. Sigue funcionando. Los domingos, después de misa, es habitual ver a los niños correteando alrededor mientras los mayores comentan si lloverá o no esa semana.
Cuando vuelve la gente que se fue
En enero, alrededor de San Vicente, el pueblo cambia de ritmo. Muchos de los que trabajan fuera regresan esos días a casa de sus padres o de los abuelos. Se nota enseguida: más coches aparcados, luces en viviendas que el resto del año están cerradas, conversaciones largas en la plaza aunque haga frío.
Suele montarse una caseta donde se reparte caldo caliente con pan y por la noche hay música y baile. No es una fiesta pensada para visitantes, sino más bien un reencuentro entre gente que se conoce desde siempre.
Unas semanas después llega la Candelaria. Es más tranquila. Dentro de la iglesia se ven las velas encendidas junto al altar y, si el día acompaña, muchas mujeres se quedan fuera charlando un rato al sol con una manta sobre las piernas. A principios de febrero ya se nota que la tarde dura un poco más.
El duende del que aún se habla
A finales del siglo XIX circulaba por Cazalegas la historia del llamado Duende de Cazalegas. Se decía que aparecía en los cruces de caminos y que hacía perderse a los viajeros de noche. También que los perros empezaban a aullar cuando estaba cerca.
Hoy la historia se cuenta medio en broma, normalmente en conversaciones de bar. Pero si sales a caminar hacia el embalse cuando ya no queda casi nadie en la carretera y el viento pasa entre los olivos, el silencio se vuelve raro. Con el cielo limpio, lleno de estrellas, uno entiende por qué antes cualquier sombra podía convertirse en un duende.
Una subida sencilla con buenas vistas
Detrás del cementerio hay un cerro bajo al que algunos vecinos suben a caminar. No hay un sendero señalizado, pero preguntando te indican por dónde empezar. La subida es corta y el terreno es de tierra suelta, así que conviene llevar calzado cómodo.
Arriba no hay mucho: unas piedras donde sentarse, un olivo retorcido y una vista amplia del valle. En los días claros se llega a distinguir la línea de la sierra de Gredos al fondo.
Lleva agua, sobre todo si vienes cuando empieza el calor. Aquí el sol cae sin obstáculos.
Cuándo venir (y cuándo pensarlo dos veces)
Agosto puede hacerse pesado. El calor aprieta a mediodía y el olor de los tratamientos en los olivares se queda suspendido en el aire algunos días. Si puedes elegir, Cazalegas se disfruta más en primavera o a comienzos del otoño.
En primavera los campos de cereal empiezan a dorarse y las noches todavía refrescan. En octubre, al amanecer, es fácil cruzarse con gente que sale al pinar con cestas buscando setas cuando ha llovido lo suficiente.
Cazalegas no vive del turismo. No verás calles llenas de tiendas ni grandes alojamientos. Lo que hay es lo cotidiano de un pueblo: la gente que se conoce por el nombre, la plaza donde se alargan las conversaciones al caer la tarde y un ritmo que no cambia demasiado de un año para otro.
Cuando el sol se esconde detrás de la torre de la iglesia y las sombras se estiran sobre el suelo de la plaza, el pueblo queda en silencio unos minutos. Ese momento, breve y tranquilo, dice bastante de cómo se vive aquí.