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sobre Navamorcuende
Pueblo serrano con arquitectura noble; situado en la ladera del Piélago con grandes vistas
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A primera hora, cuando aún no se oye ningún coche, Navamorcuende tiene un sonido muy concreto: agua corriendo en algún arroyo cercano y el crujido de la grava bajo los pasos. El aire suele oler a madera húmeda y a hojas viejas. En este rincón de la Sierra de San Vicente, con algo más de quinientos habitantes, el pueblo se adapta al relieve sin demasiada ceremonia. Calles que suben, otras que se doblan de pronto, casas de piedra y granito que cambian de color según la hora del día.
Navamorcuende no funciona como un destino preparado. Se parece más a un pueblo que sigue con su ritmo mientras uno pasa unos días por allí.
Bosques y arroyos alrededor del pueblo
Al salir del casco urbano empiezan enseguida los castaños, las encinas y algunos robles. En otoño el suelo queda cubierto de hojas oscuras y húmedas. Al caminar, las botas levantan ese olor terroso que aparece después de la lluvia.
Cerca discurren pequeños cursos de agua como el arroyo de La Higuera o el de la Corella. No forman grandes cascadas. Más bien crean pozas tranquilas entre rocas redondeadas. En primavera el agua corre con más fuerza y se oye desde el sendero. En verano algunos tramos se reducen a charcos y corrientes muy finas, aunque todavía queda sombra suficiente para parar un rato.
Conviene traer calzado con buena suela. Los caminos pueden embarrarse después de varios días de lluvia.
La iglesia y las calles del centro
La iglesia parroquial de San Andrés se levanta en el centro del pueblo. Tiene un pórtico de ladrillo y una torre cuadrada que asoma por encima de los tejados. Desde algunas esquinas se ve la campana recortada contra el cielo de la sierra.
Alrededor, las calles principales conservan casas de mampostería con puertas pesadas de madera y rejas antiguas. Algunas fachadas muestran escudos de piedra o piezas de hierro forjado bastante gastadas. A media tarde, cuando el sol baja por detrás de las lomas, la luz entra rasante y marca bien la textura de las paredes.
No es un casco urbano grande. En media hora se recorre despacio.
Rastros del trabajo antiguo
Detrás de las últimas casas aparecen construcciones que hablan del pasado agrícola. Hay bodegas excavadas en la roca y antiguos lagares, aunque muchos quedan ocultos si no se sabe dónde mirar. A veces algún vecino señala el lugar exacto.
También se ven muros de piedra seca que delimitaban pequeños bancales. Algunos ya están medio vencidos. Entre ellos crecen olivos dispersos y parcelas que hoy se usan poco o nada.
Ese paisaje explica bastante bien cómo se vivía aquí no hace tanto.
Caminos entre castaños y rocas
Desde el propio pueblo salen varios caminos usados para senderismo. Uno de los recorridos más conocidos atraviesa zonas de castañar y robledal. El terreno alterna pistas de tierra con tramos pedregosos. Hay raíces que sobresalen y obligan a caminar con calma.
Entre los árboles aparecen grandes bloques de granito. Algunos aficionados los utilizan para escalar o practicar boulder de forma bastante informal. No hay instalaciones ni señalización específica, así que conviene ir con experiencia y prudencia.
Si buscas silencio, el mejor momento suele ser entre semana y por la mañana. Los fines de semana el monte recibe más visitas de gente de los pueblos cercanos.
Comida de temporada y fiestas del pueblo
La cocina local sigue muy ligada al campo. En otoño circulan cestas con setas recogidas en el monte, siempre por gente que sabe distinguirlas bien. En invierno son comunes los guisos contundentes y las migas hechas en casa. También aparece la caza menor en algunas mesas familiares.
Las fiestas patronales dedicadas a San Andrés suelen celebrarse a comienzos de noviembre. Hay procesiones, música y reuniones en la calle cuando el tiempo lo permite. En verano, hacia agosto, se organizan encuentros y celebraciones que recuerdan antiguas ferias ganaderas.
Navamorcuende no tiene grandes eventos ni infraestructuras turísticas llamativas. Lo que sí mantiene es algo más difícil de encontrar: el ritmo lento de un pueblo de sierra donde todavía se oye el viento entre los castaños al caer la tarde.