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sobre Molinicos
Pueblo serrano famoso por ser escenario de la película 'Amanece que no es poco'; arquitectura popular y naturaleza
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A primera hora de la mañana, en la Plaza Mayor de Molinicos, las calles aún están casi vacías. La luz entra baja entre los pinos que rodean el pueblo y rebota en las fachadas encaladas, algunas con carpinterías de madera ya oscurecidas por los años. Todavía no han abierto muchas puertas y el silencio se rompe con el ruido de alguna persiana y el canto insistente de los jilgueros. En este rincón de la Sierra de Segura, el día empieza despacio.
Molinicos, con algo más de setecientos habitantes, se asienta sobre una ladera irregular que obliga a caminar siempre entre cuestas. El pueblo se organiza alrededor de la iglesia y de unas pocas calles que se van retorciendo hacia las huertas y bancales de alrededor. La parroquia de San Sebastián ocupa el centro. Su origen suele situarse en el siglo XVI, aunque el edificio ha pasado por distintas reformas. Por fuera es sobrio, piedra y cal; por dentro, un espacio sencillo donde todavía se nota que sigue siendo una iglesia de pueblo, usada a diario.
Caminar por el entorno de Molinicos
En cuanto sales del casco urbano empiezan los pinares. Pino carrasco y laricio cubren buena parte de las laderas, y el aire cambia rápido: huele a resina y a tierra seca, sobre todo cuando aprieta el sol del mediodía. Desde algunos altos cercanos se abren vistas largas hacia los cordales de la sierra, con barrancos que cortan el relieve en líneas profundas.
Hay varios senderos señalizados que parten cerca del pueblo o desde pistas forestales próximas. No todos son paseos llanos: en la Sierra de Segura es habitual encontrarse con tramos de subida sostenida o caminos pedregosos. Conviene llevar agua y evitar las horas centrales en verano, cuando el calor se queda atrapado entre las laderas.
Agua, fuentes y el río Endrinales
El río Endrinales pasa cerca del núcleo urbano. No es un gran cauce, pero en algunos tramos el agua corre clara entre las piedras y mantiene pequeños rincones frescos incluso en julio y agosto. A su alrededor aparecen fuentes y antiguos abrevaderos de piedra que durante décadas sirvieron para el ganado y para las casas que aún no tenían agua corriente.
Son lugares tranquilos donde la gente del pueblo suele parar un momento a la sombra. El sonido del agua cayendo en las pilas de piedra acompaña bastante bien un paseo sin rumbo por la parte baja del municipio.
La ruta de los antiguos molinos
Uno de los recorridos más conocidos en los alrededores es la llamada Ruta de los Molinos. El camino sigue vaguadas y zonas de monte bajo hasta llegar a varios molinos hidráulicos que hoy ya no funcionan, aunque todavía se distinguen bien las estructuras de piedra y los canales por donde se conducía el agua.
El tramo inicial suele ser accesible para quien camina con calma, pero si se continúa hacia las partes más alejadas el terreno se vuelve más irregular. No es raro cruzarse con jaras, madroños o pequeñas encinas entre el pinar, sobre todo en las zonas donde el bosque se abre un poco.
Otoño de setas en la sierra
Cuando llegan las primeras lluvias de otoño, muchos vecinos salen al monte con cesta. En los pinares de la zona suelen aparecer níscalos y, algunos años, también boletus. No todo lo que sale del suelo es comestible, así que si no se conoce bien conviene informarse antes o preguntar a alguien del pueblo que lleve tiempo en esto.
También es habitual ver a gente madrugar para ir al monte temprano. A media mañana, los caminos forestales ya empiezan a tener movimiento.
Platos de la sierra
La cocina de la zona tiene mucho que ver con el clima y con la vida de campo. El gazpacho manchego aquí suele prepararse con carne de caza o de cordero y torta de pan ácimo troceada. Las gachasmigas aparecen en días fríos, hechas con harina o pan y acompañadas según la temporada.
En muchas casas siguen curándose embutidos durante el invierno, una costumbre bastante extendida en los pueblos de la sierra.
Cuándo se anima más el pueblo
Las celebraciones de San Sebastián, en enero, siguen teniendo peso entre los vecinos. Son días de reuniones en torno a la iglesia y la plaza. En verano, especialmente en agosto, el ambiente cambia bastante: regresan familias que viven fuera y las noches se alargan en la calle.
Si prefieres ver Molinicos con más calma, lo mejor es acercarse en primavera o en otoño. Entre semana el pueblo recupera ese ritmo lento de la sierra: alguna conversación en la puerta de casa, coches que pasan de vez en cuando y el sonido del viento moviendo los pinos que rodean el valle.