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sobre Nerpio
El municipio más meridional y montañoso; famoso por sus nueces y el arte rupestre Patrimonio de la Humanidad
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Llegar a Nerpio es un poco como cuando te sales de la autovía “un momento” y acabas media hora después encadenando curvas sin ver apenas un pueblo. Piensas que te has perdido… y entonces aparece. Casas agarradas a la ladera, montañas alrededor y esa sensación clara de que aquí el tiempo corre a otra velocidad.
Esto no es un sitio al que se llegue de paso. Está en el extremo sureste de Albacete, pegado ya a Murcia y Jaén, y para llegar tienes que querer venir. La carretera lo deja claro: tramos serpenteantes donde lo único que tienes que hacer es bajar la ventanilla y olvidarte del reloj. El paisaje manda más que cualquier otra cosa.
Un núcleo pequeño, sin postureo
El centro de Nerpio se recorre rápido. La referencia principal es la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, con esa torre cuadrada que sirve de brújula cuando te despistas entre las calles.
A mí me gusta más fijarme en lo demás: casas con portones grandes para meter el carro, fachadas sencillas y ese aire práctico de los pueblos donde se ha vivido del campo. No es un casco histórico restaurado; es más bien el tipo de lugar donde ves a alguien sacando las sillas a la puerta por la tarde. La vida cotidiana sigue pasando aquí.
Cuando el verdadero atractivo está fuera
Pero vamos a ser claros: si vienes a Nerpio es por lo que hay alrededor. Gran parte del término municipal está dentro del Parque Natural de los Calares del Mundo y de la Sima.
Si no has oído la palabra “calar”, imagina una meseta alta de roca caliza, llena de grietas y agujeros como un queso gruyère gigante. El agua ha estado trabajando aquí durante miles de años, creando un relieve áspero y lleno de cavidades subterráneas. El Calar de la Sima es el ejemplo más conocido: pinos agarrados a la roca, silencio absoluto y ese aspecto casi lunar en las zonas despejadas.
Aquí también nace el río Taibilla. No esperes una cascada espectacular; es más bien un conjunto discreto de manantiales y filtraciones entre la piedra. Tiene ese encanto tranquilo de las cosas que no necesitan hacerse notar.
Para caminantes (no para paseantes)
Si te gusta andar, aquí hay terreno. Hay caminos señalizados y otros que son simplemente las veredas que se han usado toda la vida para ir al monte.
Algunos recorridos llevan hacia puntos como la Sima de la Higuera, una cavidad profunda muy conocida entre los espeleólogos. Ojo: esto no es una cueva turística. Si no sabes lo que haces, mejor quedarse mirando desde arriba.
Por los calares hay rutas que atraviesan pinares densos y luego salen a claros rocosos con vistas larguísimas. Desde algunos altos, como el Puntal de la Virgen, se ven sierras de tres provincias distintas en días claros.
Eso sí: ven preparado. Esto no es un parque temático con barritas energéticas cada dos kilómetros. En invierno puede haber nieve cerrando los puertos, en verano hace calor serio para caminar al mediodía y si se levanta niebla, te puedes desorientar fácilmente. Es monte de verdad.
Temporada baja: cuando llegan las setas
El otoño cambia el ritmo por aquí. Con las primeras llavias, mucha gente se echa al monte con sus cestas. Buscar níscalos es casi un deporte local en estas sierras.
La cocina tira por lo contundente, como corresponde a un pueblo donde hasta hace poco se trabajaba a cuerpo limpio en el campo: guisos potentes, carne segureña o platos como las gachasmigas. Todavía se nota la tradición alrededor de la matanza en muchas casas.
¿Merece la pena el viaje? Depende totalmente del plan. Si buscas un fin de semana para caminar sin cruzarte con nadie, conducir por carreteras vacías y dormir en un silencio que casi pesa, entonces sí. Si lo tuyo son los pueblos monumentales llenos de tiendas o una oferta turística organizada hora por hora… probablemente te quedes corto.
Nerpio funciona cuando asumes su regla básica: aquí el plan lo pone la montaña