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sobre Paterna del Madera
Corazón senderista de la provincia con una extensa red de senderos señalizados; paisajes de alta montaña
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Hay pueblos a los que llegas por casualidad. Vas subiendo curvas, el móvil pierde cobertura y de pronto aparece un puñado de casas agarradas a la ladera. Eso pasa con el turismo en Paterna del Madera: no es un sitio al que se llegue por impulso de fin de semana rápido. Normalmente estás recorriendo la Sierra de Segura y alguien te dice: “súbete hasta Paterna, verás”.
El pueblo es pequeño. Muy pequeño. De esos donde en diez minutos ya sabes por dónde pasan las dos o tres calles principales. Pero también tiene algo que engancha si te gustan los sitios de montaña donde la vida va a otro ritmo.
Cómo es el pueblo por dentro
Paterna del Madera está metido entre montes, bastante arriba en la sierra. Se nota en cuanto aparcas el coche y empiezas a caminar: cuestas, aire fresco y pinos por todas partes.
Las calles son estrechas y algo irregulares, más pensadas para la pendiente que para la estética. Casas sencillas, muchas encaladas, algunas con piedra vista. Nada de grandes plazas ni edificios que quieran llamar la atención. Es más bien un pueblo hecho para vivir, no para posar en fotos.
La iglesia de San Bartolomé queda en una zona algo más alta. Desde alrededor se entiende bien cómo está colocado el pueblo, encajado entre montes. Cuando miras alrededor solo ves laderas cubiertas de pinar.
El monte empieza en cuanto sales de las casas
Aquí el paisaje manda. Paterna del Madera está dentro del entorno del Parque Natural de los Calares del Mundo y de la Sima, así que basta caminar unos minutos para meterte en monte serio.
Pinos, barrancos y caminos forestales que suben y bajan sin pedir permiso. En verano el terreno se vuelve seco y ocre. En primavera cambia bastante: aparecen arroyos temporales y el verde gana terreno.
Por la zona se habla mucho de la Cueva de los Chorros, que está en el mismo sistema de calares. Es uno de esos lugares donde el agua sale de la roca cuando el acuífero va cargado. No está pegado al casco urbano, pero forma parte del paisaje que define toda esta sierra.
Caminar por aquí: lo más lógico
Si vienes, lo normal es caminar. No porque lo diga una guía, sino porque el terreno casi te obliga.
Hay caminos antiguos y senderos señalizados que se meten entre pinares densos. Algunos siguen trazados tradicionales que conectaban cortijos y zonas de trabajo en el monte. Andando despacio escuchas lo típico de estos sitios: viento entre los pinos, alguna rama que cruje, y de vez en cuando buitres planeando bastante arriba.
También hay pistas forestales largas donde es habitual ver bicicletas de montaña. Eso sí, conviene venir con algo de forma. Las pendientes aquí no son de paseo urbano.
Miradores improvisados y noches muy oscuras
Una cosa curiosa de Paterna del Madera es que los miradores no siempre están señalizados. A veces son simplemente un ensanchamiento del camino o una curva donde el monte se abre.
Desde varios puntos se ve el valle y las sierras que lo rodean. Al atardecer la luz cae de lado y las montañas parecen recortadas a cuchillo.
Y por la noche pasa algo que en ciudad ya casi no recordamos: oscuridad de verdad. Si el cielo está despejado, las estrellas aparecen a lo bestia. Basta alejarse un poco de las farolas del pueblo.
Lo que se come y las fiestas
La cocina de la zona es la que cabe esperar en un pueblo de sierra: platos contundentes y sin demasiadas vueltas. Guisos calientes, carne de cordero, embutidos curados en la zona y miel de colmenas cercanas. Comida de montaña, vamos.
En verano el pueblo se anima bastante más. Mucha gente que tiene raíces aquí vuelve unos días y el ambiente cambia: más movimiento en las calles, música por la noche y actos alrededor de las fiestas patronales.
El resto del año Paterna del Madera vuelve a su tamaño real. Tranquilo, silencioso y rodeado de monte. Ese tipo de sitio donde no pasa gran cosa… y precisamente por eso apetece parar un rato.