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sobre Socovos
Pueblo con un impresionante castillo almohade y pinturas rupestres; rodeado de pantanos y naturaleza
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Hay pueblos a los que llegas porque alguien te los ha vendido muy bien. Y luego están los otros: los que aparecen cuando miras el mapa con calma y piensas “¿y esto qué será?”. A mí Socovos me dio esa sensación la primera vez. Está en la Sierra de Segura, en la provincia de Albacete, y no juega a impresionar a nadie. Más bien funciona como esos sitios donde la vida sigue su ritmo aunque no haya focos apuntando.
Con algo más de 1.600 vecinos, Socovos vive entre monte mediterráneo, olivares, almendros y pequeños espacios de huerta. El paisaje cambia bastante según la época: en verano el verde de los cultivos contrasta con los pinares de las laderas; cuando llega el frío aparecen los tonos más apagados del barro, las ramas desnudas y el campo en reposo.
Cómo es el pueblo
El núcleo tiene calles estrechas y pendientes cortas, de esas que subes casi sin darte cuenta. Las casas encaladas y las fachadas con rejas hablan bastante claro de su pasado agrícola. No es decoración: muchas de esas viviendas se pensaron para trabajar y guardar herramientas, animales o cosechas.
Paseando por el centro ves puertas grandes, patios interiores y muros gruesos que ayudan a llevar mejor el calor del verano. Es un tipo de arquitectura muy funcional, sin demasiados adornos. Lo que ves responde a una lógica sencilla: aquí se construía para durar.
Las ramblas y los paseos por el entorno
A las afueras el terreno cambia rápido. Empiezan a aparecer formaciones de roca caliza, barrancos suaves y zonas donde el monte se vuelve más espeso. Las ramblas —la Rambla Mayor o la Rambla Chica— son bastante conocidas entre la gente del pueblo para salir a caminar.
Cuando ha llovido, el paisaje se transforma bastante. El agua ha ido tallando esas paredes de roca durante siglos y deja rincones curiosos para pasear sin prisa. No son rutas espectaculares en el sentido de las grandes montañas, pero sí el tipo de terreno donde entiendes cómo funciona esta parte de la sierra.
Hay senderos que recorren el término municipal y conectan con caminos antiguos que usaban agricultores y pastores. Caminar por ellos es más una forma de leer el territorio que de hacer una gran excursión.
Lo que se come aquí
La cocina local tira de lo que ha habido siempre a mano. Gachas hechas con harina de trigo, migas acompañadas con embutido de la zona y bastante aceite de oliva. Son platos pensados para jornadas largas en el campo.
En temporada de caza también aparecen guisos de carne de monte, preparados a fuego lento como se ha hecho durante generaciones. Y si te gusta el queso curado, en la zona se sigue elaborando de manera bastante tradicional.
No es un lugar de platos creativos ni de cartas interminables. Aquí la lógica es otra: comida contundente y sabores conocidos.
Fiestas que siguen marcando el calendario
En agosto se celebran las fiestas en honor a la Virgen de la Consolación. Durante varios días el pueblo cambia bastante de ambiente: procesiones, actividades en la plaza y competiciones populares que suelen reunir a medio municipio.
La Semana Santa también mantiene su peso. Las procesiones recorren las calles principales con ese ritmo lento típico de los pueblos de interior, donde casi todo el mundo conoce a alguien que va bajo el paso.
También hay romerías que llevan a los vecinos a parajes cercanos al pueblo. Son días de campo, comida compartida y reuniones familiares que mezclan devoción con algo tan sencillo como pasar el día juntos.
Llegar a Socovos
Desde Albacete capital el viaje se hace por carreteras comarcales que poco a poco van dejando atrás la llanura y entrando en terrenos más movidos de la Sierra de Segura. Es el típico trayecto en el que el paisaje cambia sin que te des demasiada cuenta hasta que empiezan a aparecer montes y barrancos.
Socovos no vive pendiente del turismo, y quizá por eso conserva una sensación bastante clara de pueblo habitado de verdad. No hay grandes reclamos ni promesas espectaculares. Lo que hay es un municipio que sigue funcionando con sus ritmos, sus campos alrededor y esa forma tranquila de estar en el mundo que todavía aguanta en muchas zonas del interior de Albacete.