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sobre Fuencaliente
Pueblo termal en plena Sierra Madrona con pinturas rupestres; paisaje de montaña exuberante y aguas medicinales
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La primera pista de que Fuencaliente no es un pueblo cualquiera llega por la nariz. Estás en la plaza, mirando alrededor como en cualquier otro pueblo de la sierra, y de pronto notas ese olor a agua con azufre. No es fuerte, pero está ahí. Entonces caes en la cuenta: aquí el agua sale caliente de verdad, directamente de la tierra.
El pueblo que se sentó sobre una olla a presión
Fuencaliente, en Sierra Morena, tiene poco más de mil vecinos y un aire de pueblo de montaña que va a su ritmo. Casas blancas, cuestas cortas, silencio cuando cae la tarde. Pero lo curioso no está solo en la superficie.
Bajo la iglesia de Nuestra Señora de los Baños hay un manantial termal. El templo actual se levantó en el siglo XVIII sobre construcciones anteriores, y el agua caliente sigue brotando justo ahí debajo. Dicho así suena raro: una iglesia encima de un manantial. Pero aquí es parte del paisaje cotidiano. Los vecinos lo cuentan con naturalidad, como quien habla del clima.
La primera vez que pasé por Fuencaliente venía de recorrer varios pueblos de la zona con la idea de parar poco rato. Un paseo, unas fotos y seguir. Al final me quedé más de lo previsto. No por monumentos enormes ni por una lista interminable de cosas que ver, sino por esa sensación de lugar un poco peculiar. Entre el olor del agua y la calma del pueblo, te das cuenta de que estás en un sitio distinto.
Las pinturas que cambiaron la historia (y que casi nadie visita)
A unos cuatro kilómetros del casco urbano está Peña Escrita. Allí aparecen varios abrigos con pinturas rupestres que se conocen desde el siglo XVIII, cuando un clérigo de la zona dejó constancia del hallazgo. Con el tiempo se reconocieron como uno de los primeros descubrimientos documentados de arte rupestre.
La subida hasta el conjunto arqueológico es sencilla. Camino de tierra, algo de pendiente y bastante monte alrededor. No es una excursión dura; más bien un paseo largo que te recuerda que estás en plena Sierra Morena.
Arriba están las pinturas. Figuras humanas, animales, símbolos. No son enormes ni espectaculares como las de algunos museos, pero tienen algo que engancha. Quizá sea pensar que llevan ahí miles de años, en la misma roca, viendo pasar estaciones y generaciones.
Y lo curioso es el ambiente. Muchas veces hay poca gente. Puedes quedarte mirando las paredes con calma, sin colas ni ruido alrededor.
El baño que no te esperas
Las aguas termales siguen siendo parte importante de Fuencaliente. Hay un balneario histórico que utiliza el manantial y que funciona desde hace mucho tiempo, aunque el edificio ha ido cambiando con los años.
El agua sale caliente, alrededor de los treinta y muchos grados según suele contarse en el pueblo, y con ese olor mineral que notas ya en la plaza. La gente de la zona siempre ha asociado estas aguas con alivio para dolores y problemas de piel. No hace falta ponerse místico: después de caminar por la sierra, meterse un rato en agua caliente sienta bastante bien.
En la plaza me contaron una historia que todavía circula entre vecinos. Si llegas en fiestas y te ven muy forastero, a veces bromean con tirarte al llamado Pilar de los Burros, una fuente tradicional donde antiguamente bebían los animales. Nadie me supo explicar exactamente cuándo empezó la costumbre. Pero todos lo contaban riéndose.
La comida que te hace olvidar la dieta
Después de caminar por la zona, el cuerpo pide algo serio de comer. Aquí aparecen los clásicos de la parte manchega de Sierra Morena.
El gazpacho manchego no tiene nada que ver con el andaluz. Es un guiso contundente con carne de caza o ave y tortas de pan. Plato de los que te dejan tranquilo unas cuantas horas.
También son habituales las migas con uvas o el queso manchego bien curado. Cocina sencilla, de la que se ha hecho siempre en los pueblos de la sierra. En los bares del pueblo lo sirven sin demasiadas vueltas: raciones generosas, conversación en la barra y mantel de los de toda la vida.
La subida a La Bañuela
Si te gusta caminar en serio, la Sierra Madrona tiene rutas largas. La subida a La Bañuela, uno de los picos más altos de Sierra Morena con algo más de 1.300 metros, es la clásica de la zona.
No es un paseo corto. Hay desnivel y tramos donde el monte aprieta. Pero cuando llegas arriba entiendes por qué tanta gente repite. La sierra se abre alrededor en todas direcciones: monte bajo, encinas, manchas de bosque y kilómetros de paisaje sin urbanizar.
Al bajar, con las botas llenas de polvo y las piernas cansadas, Fuencaliente vuelve a aparecer como punto de partida y de descanso.
No es un pueblo de grandes titulares ni de calles llenas de tiendas. Es más bien ese tipo de sitio donde todo gira alrededor de la sierra, del agua caliente que brota del suelo y de una historia que está ahí desde mucho antes de que alguien pensara en rutas turísticas.
Si vas en primavera, cuando el monte está verde, el conjunto se disfruta más. Un paseo por Peña Escrita, un rato en las aguas termales y una comida tranquila en el pueblo. Con eso te haces una buena idea de lo que es Fuencaliente. Y si alguien menciona el Pilar de los Burros… mejor mantente cerca del borde, por si acaso.