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sobre Angón
Enclave remoto en la sierra; destaca por su tranquilidad absoluta y paisajes de robles
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A primera hora de la mañana, cuando el sol todavía no supera del todo las lomas de la Sierra Norte, Angón queda casi en silencio. Solo se oye el viento pasando entre las ramas de los robles y, a veces, el golpe seco de alguna puerta de madera que se mueve con la brisa. El aire es fresco y huele a piedra húmeda. Desde una de las casas de mampostería, con vigas oscuras asomando bajo el tejado, se recorta la silueta del Cerro de la Muela al fondo. En Angón viven muy pocas personas —el padrón ronda las ocho— y esa ausencia de movimiento se nota enseguida.
Situado cerca de los 1.000 metros de altitud, en la Serranía de Guadalajara, Angón es uno de esos núcleos mínimos que aún resisten en la Sierra Norte. Las calles son cortas y estrechas, algunas más bien parecen antiguos caminos que se fueron cerrando entre casas con el paso de los años. El recorrido acaba casi siempre en la iglesia de San Pedro, un edificio sobrio de muros gruesos y campanario sencillo que suele atribuirse al siglo XVI. No es grande, pero sí robusta, como tantas iglesias levantadas en pueblos donde el invierno aprieta.
Calles de piedra y casas que aún guardan su forma
Caminar por Angón es fijarse en detalles pequeños. Portones de madera con herrajes viejos, tejados de teja curva donde crece algo de musgo en las zonas de sombra, cuadras con la entrada ligeramente ensanchada para que pasaran los animales. Algunas fachadas muestran capas de cal antigua que el tiempo ha ido desgastando, dejando ver la piedra irregular debajo.
No hay carteles ni recorridos señalizados. En diez o quince minutos se recorre el núcleo entero, aunque lo interesante es ir despacio, mirando patios, corrales y esquinas donde todavía quedan pajareras de madera o chimeneas grandes, de esas que calentaban una casa entera durante el invierno.
Robledales alrededor del pueblo
Al salir del caserío, el paisaje cambia enseguida. Alrededor de Angón predominan los robles melojos y praderas abiertas que en primavera se llenan de hierba alta. En otoño el color del monte se vuelve rojizo y el suelo queda cubierto de hojas secas que crujen al caminar.
Hay caminos de tierra que salen en varias direcciones, algunos utilizados antiguamente para comunicar con otros pueblos de la sierra. No están señalizados y en el monte es fácil desorientarse si uno se aleja demasiado, así que conviene llevar mapa o GPS si se quiere explorar con calma.
Desde algunos altos cercanos se ven bien las ondulaciones del terreno hacia el norte, con formaciones rocosas que sobresalen entre el bosque.
La iglesia de San Pedro
La iglesia es uno de los pocos edificios comunitarios del pueblo. Por fuera domina la piedra gris y una torre pequeña que apenas sobresale sobre los tejados cercanos. El interior es sencillo. Cuando la puerta está abierta, la luz entra por ventanas estrechas y cae directamente sobre los muros rugosos, dejando un ambiente algo frío incluso en días templados.
A primera hora de la mañana o al final de la tarde la luz cambia bastante dentro: entra más baja y resalta la textura irregular de la piedra.
Fauna y silencio en el monte
En los robledales cercanos no es raro ver rapaces planeando sobre las laderas. Ratoneros y, a veces, águilas de tamaño medio aprovechan las corrientes de aire de estas sierras. Entre los arbustos se mueven currucas y otros pájaros pequeños que se escuchan más de lo que se ven.
En otoño, si el viento está en calma, puede oírse la berrea de los ciervos desde las zonas de monte más cerrado, sobre todo al amanecer o cuando cae la tarde. También hay corzos y zorros, aunque normalmente se dejan ver poco.
Un pueblo sin servicios
Angón no tiene tiendas ni bares abiertos de manera continua. Para comprar algo o comer hay que desplazarse a otros pueblos de la zona, donde sí suelen encontrarse productos de la sierra: miel, cordero o setas cuando llega el otoño.
Las reuniones más animadas del año suelen concentrarse a finales de agosto, cuando regresan antiguos vecinos o familiares vinculados al pueblo. El resto del año la vida aquí es muy tranquila.
Cuándo acercarse
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. En primavera el robledal brota con fuerza y los prados se llenan de flores pequeñas. En otoño el monte cambia de color y las mañanas suelen arrancar con algo de niebla en los fondos del valle.
El invierno puede traer nieve y hielo en las carreteras de la sierra. Si ocurre, conviene venir con calma y revisar antes el estado de los accesos, porque algunas carreteras locales pueden complicarse cuando hiela.