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sobre Campillo de Ranas
Icono de la Arquitectura Negra; pueblo muy turístico y pintoresco con pizarra
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Hay pueblos que has visto mil veces en fotos y aun así, cuando llegas, te sorprenden igual. El turismo en Campillo de Ranas funciona un poco así. Vas pensando en “otro pueblo de la Arquitectura Negra” y, cuando aparcas y empiezas a caminar, te das cuenta de que todo es más oscuro, más silencioso y más de montaña de lo que imaginabas.
Campillo de Ranas está en la Sierra Norte de Guadalajara, a más de mil metros de altura, y ronda los 150 habitantes. Aquí la pizarra manda. Está en los tejados, en los muros, en los bordes de los caminos… prácticamente en todo lo que ves. De hecho, da la sensación de que las casas no se construyeron sobre la montaña, sino con la propia montaña.
Además, está rodeado de otros pueblos de la llamada Arquitectura Negra —Robleluengo o Majaelrayo quedan relativamente cerca— así que el paisaje y la forma de construir se repiten por toda esta parte de la sierra. Cambia el tamaño del pueblo, cambian las cuestas, pero la pizarra sigue ahí como hilo conductor.
Pasear por el pueblo: calles cortas y casas de pizarra
Recorrer Campillo de Ranas no lleva mucho tiempo. Es de esos sitios que se caminan en un rato, pero donde vas bajando el ritmo sin darte cuenta.
Las casas tienen muros de pizarra oscura, balcones de madera y tejados muy inclinados. Todo responde a algo práctico: aguantar nieve en invierno, protegerse del frío y usar el material que había a mano. Nada de grandes plazas ni edificios monumentales. Aquí lo interesante está en los detalles: una puerta vieja, una chimenea de piedra, un tejado irregular que parece puesto a mano.
El centro del pueblo gira alrededor de la iglesia de San Juan Bautista. Es sencilla y bastante fácil de localizar porque la torre se ve desde casi cualquier punto. Si llegas sin mirar demasiado el mapa —que pasa bastante por aquí— suele ser el punto donde acabas orientándote.
El paisaje alrededor: robles, praderas y caminos de sierra
En cuanto sales un poco del núcleo urbano, el paisaje cambia rápido. Aparecen robledales, praderas abiertas y algunos árboles sueltos que marcan las lindes de antiguos huertos o prados.
En otoño el monte se llena de tonos ocres y rojizos; en primavera todo tira a verde brillante. Y luego está la niebla, que en esta parte de la sierra aparece muchas mañanas y convierte los tejados de pizarra en algo casi fantasmagórico. Si te gusta hacer fotos, ese contraste entre negro, verde y niebla da bastante juego.
Desde el propio pueblo salen caminos y pistas que conectan con otros núcleos cercanos. Algunos son senderos tranquilos que siguen antiguos pasos entre pueblos; otros se meten más en el monte y van ganando altura poco a poco. No son rutas especialmente largas, pero sí lo bastante para pasar una mañana caminando y volver con hambre.
Setas, otoño y vida tranquila
Cuando llega el otoño, mucha gente de la zona se echa al monte a buscar setas. Boletus y níscalos suelen aparecer en los robledales si el año viene húmedo. Eso sí, aquí la norma no escrita es bastante clara: si no sabes lo que coges, mejor mirar y seguir andando. La sierra no es el mejor sitio para experimentar.
Más allá de eso, la vida en Campillo de Ranas es bastante tranquila. Hay algún sitio donde comer platos de cocina serrana —guisos de cuchara, cordero, legumbres— que sientan especialmente bien después de caminar por el monte un par de horas. Nada sofisticado, pero suele ser comida de la que te deja listo para una siesta.
Fiestas y ambiente en verano
Las celebraciones del pueblo suelen girar alrededor de San Juan, a finales de junio, cuando se organizan actos religiosos y reuniones entre vecinos. En verano también se mueven algo más las cosas, sobre todo en agosto, cuando vuelve gente que tiene aquí casa familiar y el pueblo gana algo de ambiente durante unos días.
El resto del año el ritmo es otro. Más pausado, más silencioso.
¿Merece la pena acercarse?
Campillo de Ranas no es un sitio de grandes planes ni de pasar el día corriendo de un monumento a otro. Es más bien ese tipo de lugar donde aparcas, das una vuelta tranquila, miras los tejados de pizarra contra la montaña y luego te vas a caminar por algún camino que sale del pueblo.
Si te gusta la sierra y los pueblos pequeños de verdad —de los que siguen teniendo más silencio que tiendas— aquí vas a estar a gusto. Y si vienes recorriendo la ruta de la Arquitectura Negra, encaja bastante bien como una de esas paradas que ayudan a entender cómo se vive esta parte de Guadalajara.